viernes, 4 de diciembre de 2020

“El mundo a través de sus cárceles”, un recorrido por algunas de las prisiones más famosas y por el reflejo de la vida carcelaria en la literatura y el cine

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Fernando Gómez, novelista y colaborador habitual de prensa, ha viajado por los cinco continentes, pero no lo ha hecho para visitar los monumentos más emblemáticos y famosos, ni para disfrutar de paisaje paradisíacos, sino con el objeto de conocer algunos de los principales establecimientos penitenciarios existentes, experiencia que ha relatado en el libro “El mundo a través de sus cárceles” (Luciérnaga).


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El caso es que, a través de su singladura, descubrió algunos edificios con valor arquitectónico, situados en parajes que, de haber tenido otra función, resultarían agradables y, por supuesto, evoca numerosos personajes famosos que por una u otra razón permanecieron privados de libertad. Entre ellos, algunos escritores como Cervantes, Dostoievski, el marqués de Sade -éste, con buena parte de su vida entre rejas-, Verlaine, Álvaro Mutis, o Oscar Wilde, cuya celda de la cárcel de Reading visitó. También recuerda el reflejo de la vida carcelaria en el cine con algunas películas tan famosas como “Papillón”, “El expreso de medianoche” -cuyo protagonista real, Billy Hayes, reconoció que el filme había trastocado la realidad de la prisión de Imrali- o “El hombre de Alcatraz”.


Algunas cárceles datan de siglos pretéritos, tales la que se supone que estuvo Jesús en Jerusalén, la Mamertina de Roma, donde se dice que permanecieron presos los apóstoles Pedro y Pablo y Vercingetórix, el castillo de San Jorge de la Mina, en Ghana, antiguo lugar de concentración de esclavos, o el palacio de Lecumberri de Méjico, hoy Archivo general de la Nación, en el que se recluyó a Pancho Villa y Ramón Mercader, asesino de Trotsky. Sin olvidar que toda una isla-continente, Australia, fue repoblada con 166.000 presos y deportados desde 1788.


Muchas cárceles han pasado a la historia precisamente por la fama de los reclusos que permanecieron en sus celdas. Así la de los Plomos de Venecia por Giacomo Casanova, las de Filadelfia y Alcatraz por Al Capone, la isla del Diablo por Henri Charrière y el capitán Dreyfus, Robben Island por Nelson Mandela o la Catedral de Envigado en Colombia por Pablo Escobar.


El siglo XX ha tenido siniestro acomodo en ciertos establecimientos carcelarios: el castillo de Erdody, en el que la Croacia fascista recluyó niños serbios, la cárcel de Hohenschönhausen, utilizada por la Stasi para los disidentes políticos de la Alemania oriental, la prisión de Ebrat (Irán) en la que la Sawak del Sha Reza Pahlevi encerraba a los enemigos del régimen (y que el autor visitó acompañado de un antiguo recluso), la de Montluc, en Francia, utilizada por la Gestapo durante la ocupación o la escuela de Tuol Sleng (Camboya) convertida por los jemeres rojos en el cruel centro S-21de tortura y ejecuciones (con la increíble historia del siniestro verdugo Duch que, tras el desmoronamiento del sangriento régimen comunista, se hizo pasar como amable profesor en ese mismo lugar cuando recuperó su antigua función escolar)

Gómez hace también referencia a la vigencia que hasta ayer mismo tuvo la última pena (en muchos países la sigue teniendo) y recuerda algunos de los verdugos famosos como Bugatti, que lo fue de los Estados Pontificios; Sansou, de Francia, perteneciente a una dinastía de seis generaciones del mismo oficio, al que correspondió ejecutar a Luis XVI, María Antonieta, Robespierre, Saint Just , Danton y Desmoulins; Marwood, de Gran Bretaña, inventor de la técnica de ahorcamiento “long drop” que pretendía ser menos lesiva para el reo; o Pierrepoint, hijo y sobrino de verdugos, que curiosamente fue siempre contrario a la pena de muerte. Y recuerda, para asombro del lector actual, que algunos de ellos eran, al margen de su actuación judicial, personas de buen carácter que trataban de pasar desapercibidos. Y es que “en Inglaterra, desde mediados del siglo XIX, el de verdugo era un oficio muy deseado, que se mantuvo hasta que la pena capital fue abolida en 1964… (y ello) por la ventaja que proporcionaba poder viajar con todos los gastos pagados y visitar lugares desconocidos en los que se realizaban las ejecuciones”.


Un universo siniestro, capaz de avergonzar al género humano, que Fernando Gómez describe muy amenamente y cuya lectura, además de entretener, invita a la reflexión. 


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