miércoles, 20 de enero de 2021
Phom Pen, Camboya

Los gritos del silencio

José Luis Meneses

Haing S. Ngor, médico y periodista camboyano, sin haber actuado nunca ganó el Oscar al Mejor Actor de reparto por su interpretación del papel de Dith Pran en la película The killing fiels (Los campos de la muerte) o como se tituló en España, Los gritos del silencio. La película está basada en el genocidio cometido por los Jemeres Rojos después de la Segunda Guerra Mundial en Kampuchea, la actual Camboya. Mike Oldfield, padre y madre de Tubular Bells, pone música a las imágenes que todavía anidan en mi cerebro. Os recomendaría, sin pretender entrometerme en el orden y en el quehacer de las vuestras vidas que, mientras leéis este artículo, lo hagáis escuchando un par de piezas de la banda sonora: The boy’s burial y Etude. Si Friedrich Nietzsche, filósofo experto en el análisis de las actitudes, escribió «Sin música la vida sería un error» deberíamos hacer pausas frecuentes para dejar que corcheas y semicorcheas caracoleen en nuestros oídos, alcancen nuestra alma y endulcen la vida, tantas veces suspirada y tantas veces maltratada.

0. Mapa (1)

Mientras escucho una vez más los acordes que Dios susurró a los oídos de este maestro de la música, me pregunto sobre el porqué de mi viaje a Camboya. Creo que la película, con su impactante título y su música, tuvo un papel importante, pero no puedo dejar de lado mi adición a la fotografía, mi interés por descubrir o descubrirme, la necesidad de mantener a raya mis instintos malévolos a base de una incesante actividad o, simplemente, para escaparme de la ciudad, del asfalto, del bullicio y del trabajo. En fin, fuera lo que fuera, viajar siempre ha sido uno de los ungüentos que he necesitado para recuperar la motivación necesaria para seguir batallando. Así lo escribió Séneca «Viajar y cambiar de lugar revitaliza la mente» y yo no seré quién le contradiga. He de reconocer que en la escuela universitaria en la que trabajaba fueron muy permisivos con mis antojos viajeros, cosa que agradezco enormemente, aunque también mis ausencias eran útiles para constatar que mi equipo directivo funcionaba de maravilla tanto si estaba como si no. Una grácil manera de recordarme que nadie es imprescindible en esta vida.


Después de este breve preámbulo que me suelo permitir para irme vistiendo con el respeto que el lector se merece y con el que yo espero estar presentable, llega el momento de pasar a la acción, así que cojamos el autobús y vayamos al destino. Fue así como salí de Vietnam, de Ho Chi Minh City, la antigua Saigón, hacia Phnom Penh la capital de Camboya. Son tantos los recuerdos de Vietnam que golpean las puertas de mi memoria, que habrá que dejarlos entrar más adelante si, “El Que Dispone”, nos concede tiempo para escribir y leerlos.


3. Palacios, templos y bullicio


Palacios, templos y bullicio. Fotografía: José Luis Meneses


El trayecto en autobús, de unos doscientos cincuenta kilómetros, suele hacerse en unas diez horas debido a los trámites fronterizos. Me costó alrededor de cinco euros, aunque no me hubiera importado ir andando y disfrutando del paisaje y de los encuentros con los lugareños. Todavía recuerdo el rostro de uno de ellos, no sé si hombre o mujer porque cubría su cabeza que apoyó sobre mi hombro, cuando nos hacíamos un selfi mientras atravesábamos en una barcaza uno de los ríos más largos del mundo, el Mekong. Nos despedimos cuando llegamos al anochecer a Phnom Penh, poco antes de que un tuc tuc me llevase al céntrico albergue Riverside Backpackers. Impaciente por conocer la ciudad, dejé la mochila y salí a dar una vuelta. Me sorprendió la cantidad de camboyanos que había paseando, practicando el tai chi o sentados en los bancos y malecones del rio, contemplado como el sol se iba pintando con tonalidades malvarrosa un cielo que se posaba sobre las aguas del Mekong. Algunos de ellos, mutilados física y psicológicamente, mantenían su mirada fija en el horizonte probablemente recordando el momento en que una mina, de entre los millones que sembraron los Jemeres Rojos por toda Camboya, les hizo saltar por los aires. Este contraste entre la belleza natural y la maldad humana era la primera pincelada de un cuadro que me anunciaba que, mi sensible corazón, escucharía “los gritos del silencio”. Mientras escribo, aflora en mi mente el canibalismo que Goya reflejó en su obra «Saturno devorando a su hijo». Dicen, que Goya quiso representar a Fernando VII devorando a su pueblo y me hace pensar que, si todavía viviese, representaría en su pintura al pueblo devorando a Felipe VI. Qué más da, la cuestión es devorarnos, aunque solo sea para mantener viva la ley del Talión, la del “ojo por ojo y diente por diente”.


2. Anochece en Phonm Pen


Anochecer en Phonm Pen. Fotografía: José Luis Meneses


Durante un par de días visité la ciudad: el palacio real y su pagoda, el museo nacional, el monumento a la independencia del colono francés, la universidad… Su población, drásticamente reducida (más de un cuarto de ella fue aniquilada), andaba apresurada esperando la noche para encender barillas de incienso por sus seres queridos. Un par de días después, recuperado del primer impacto, paré un tuc tuc y le pedí que me llevase a la aldea de Choeung Ek, a unos diecisiete kilómetros de Phnom Penh, lugar donde se encuentra uno de los numerosos campos de la muerte. Una estupa da acceso al memorial budista que recuerda a los camboyanos que les fue arrebatada la vida. En su interior, alojados en una torre de cristal, se encuentran más de cinco mil cráneos y restos de ropa de personas: de diferentes etnias, de monjes budistas o cristianos, de intelectuales o de aquellos que los Jemeres Rojos decidían que no encajaban en el instaurado modelo comunista de convivencia y desarrollo. Recuperado parcialmente de la conmoción emocional, dejé atrás la estupa y caminé por una superficie ondulada,similar a la del mar cuando soplan los alisios. Ante mis ojos, había una muestra de las más veinte mil fosas comunes que conocieron los últimos hálitos de más un millón y medio de muertos. Unas gallinas camperas acudieron con empatía a distraer mi atención. Las observé coquetear con los gallos e inclinar sus cuellos para rezar quién sabe qué oración. Me senté a reflexionar y acabé de rodillas en los campos de la muerte, sobre restos de ropa y astillas de hueso. En un momento así, o recuerdas el primer padrenuestro o te dices con resignación: “a esta humanidad no la arregla ni Dios”. Como por naturaleza soy optimista, opté por la oración, un mantra que me permite recuperar el control y restablecer una conexión más o menos armónica y solidaria con el mundo.


El segundo plato todavía estaba por comer y como dice el refrán: “si no quieres caldo, dos tazas”. Mis imaginativos ojos, más el izquierdo activo que el derecho vago, me permitieron ver como finalizaba el curso 1975-76 en el prestigioso colegio Tuol Svay Pray. Sueños y fantasías de adolescentes camboyanos huían por las ventanas mientras los Jemeres Rojos ponían barrotes y crucificaban con alambres de espino balcones y muros, transformando el colegio en el centro de tortura y exterminio S-21. Solo cuatro años después de finalizar la guerra, en 1980, se inauguró en el mismo lugar el museo “Tuol Sleng” (Colina de los árboles venenosos), para dejar constancia de las torturas y crímenes más atroces llevados a cabo por la luciferiana mano del hombre, más siniestra que la diestra y más funesta que la zocata.


4. Rezanado a sus muertos


Rezando a sus muertos. Fotografía: José Luis Meneses


A diferencia de otros museos, Tuol Sleng mantiene las instalaciones tal como fueron utilizadas por los Jemeres Rojos, lo que hace que la visita sea más impactante. Me senté sobre uno de los jergones de hierro y escuché los “gritos del silencio” que provenían de cada una de las aulas del colegio. Cerré los ojos y vi a los maestros escribiendo en las pizarras que todavía guardan trazos de tiza, niños aplicados en sus pupitres, otros corriendo por los pasillos o jugando en el patio…, pero al despertar del ensueño veo una portería más alta de lo normal, en ese mismo patio en el que se recreaban los niños, con un larguero que mantuvo suspendidos a hombres, mujeres y niños por sus cuellos hasta ver desaparecer el cielo. Camino apesadumbrado entre aulas vacías, otras convertidas en jaulas, veo diferentes instrumentos de tortura, alambradas en los balcones, en las vallas y en un cielo azul en el que estaba escrito con sangre: “queremos manos sin cerebro para trabajar y solo para trabajar, sin licencia para comer, para pensar, para escribir o amar”. ¡Menuda proclama patriótica!, me digo.


Una vez más, un iluminado político “salvapatrias” de esos que todavía circulan camuflados o sin camuflar por los reinos de este mundo se llevó por delante, en tan solo cuatro años (1975 a 1979), a más de tres millones de camboyanos. El lunático, Pol Pot, inspirado por la ideología comunista, cargó a degüello contra sus compatriotas por el simple hecho de no albergar en sus cabezas las estampas santificadas y preceptos enarbolados por Stalin y Mao Tse Tung. Es curioso, que el hijo de un campesino quisiera convertir en campesinos a todo un pueblo y también me parece sorprendente que, quién ejerció en Phnom Penh la profesión de maestro se ensañase con tanta violencia contra ellos y contra todo aquel que brillase con luz propia por su inteligencia, su arte, su religión, su inclinación política o sexual. O le pagaban muy poco en el colegio o era más tonto que “Piccioto” (apodo de uno de los gánsteres enemigo de Capone que le mataron con un soplo falso). Freud, estaría entretenido abriéndose camino en la jungla de esa mente perversa que dejó tatuada la muerte sobre los campos Camboya en los que hoy, yace el tirano tras ser envenenado e incinerado por sus propios compañeros.


5. Centro de detenciu00f3n y  tortura S 21


Centro de detención y tortura S-21. Fotografía: José Luis Meneses


En esta ocasión, sirva este duro video que adjunto para manifestar mi pesar y respeto a las víctimas del genocidio camboyano. Sucedió hace tan solo cuarenta años y seguimos igual en la actualidad: Siria, Libia, Sudán del Sur, Mali, Niger… Quizás, si mantenemos vivas las imágenes de este tipo de hechos, nos ayuden a sublimar el comportamiento cainita enraizado en nuestro evolucionado cerebro. 



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