sábado, 25 de septiembre de 2021

Isabel Allende: “No hay feminismo sin independencia económica”

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Cada uno de los últimos siglos ha tenido su principal revolución. El XVIII fue el de la revolución burguesa, el XIX la proletaria y el XX la feminista. Tal como dice Isabel Allende en «Mujeres del alma mía» (Plaza y Janés) “Se podrá decir que la revolución rusa de 1917 fue la más notable pero la del feminismo ha sido más profunda y duradera porque afecta a la mitad de la humanidad”. Más aún, resulta imposible negar que la revolución rusa pasó como un soplo -largo, pero soplo al fin- y ya no se acuerdan de ella más que los historiadores, mientras que la revolución feminista ha llegado para quedarse, entre otras razones porque todavía no se ha culminado ni en nuestro mundo, ni en el resto del planeta.


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Pero ¿qué es eso del “feminismo” del que tanto se habla? Tal como dice la escritora de origen chileno, autora de una copiosa y celebrada obra narrativa, ”es una postura filosófica y una sublevación contra la autoridad del hombre; es una manera de entender las relaciones humanas y de ver el mundo, una apuesta por la justicia, una lucha por la emancipación de la mujer, gais, lesbianas (LGTBIQ), todos los oprimidos del sistema y los demás que deseen sumarse”.


Allende recuerda su entono familiar, con la influencia de su madre Panchita, que padeció las consecuencia de los convencionalismos de la época (con su gran amor, Ramón -el tío Ramón para Isabel- no pudo llegar a casarse nunca), también de su abuelo, en el que reconoce la mentalidad machista propia de aquel tiempo, pero con el que estableció una profunda complicidad. Y, en fin, de sus diferentes parejas. “En Chile – recuerda- el pilar de la familia y la comunidad es la mujer, sobre todo en la clase trabajadora, donde los padres van y vienen, y a menudo desaparecen sin acordarse de los hijos”. Porque en los años sesenta el suyo era “un país socialmente muy conservador y de mentalidad provinciana donde las costumbres no habían cambiado mucho desde el siglo anterior” y no había ni divorcio, ni estaba regulada la interrupción del embarazo.

Consciente de esta situación, la autora reconoce que “no siempre me gustó ser mujer, de chica quería ser hombre porque era evidente que mis hermanos tenían un futuro más interesante que el mío” por lo que su proceso de concienciación no fue inmediato y se produjo a medida que se fue dando cuenta de muchas cosas, sobre todo de la violencia y de la falta de autonomía de las mujeres. “Si un hombre es golpeado y privado de libertad es tortura; si lo mismo lo soporta una mujer, se llama violencia doméstica y todavía en la mayor parte del mundo se considera un asunto privado”. Y resalta un dato importante: “el indicador más importante del grado de violencia de una nación es la que se ejercita contra la mujer”.


Ello no le impide reconocer su asendereada vida amorosa, incluso las locuras que cometió entre los 30 y los 50 años “Admito que a veces el corazón apasionado nubla el entendimiento” como cuando se enamoró en Venezuela de un músico argentino o en Estado Unidos de un abogado de California. Claro que a medida que pasan los años todo es diferente. “A mi edad ya no se vive la pasión como en la juventud, pero antes de cometer una imprudencia lo pienso durante un tiempo, digamos dos o tres días…”.


Recuerda a alguna mujer que influyó mucho en su vida, la agente Carmen Balcells, a la que debió un atinado consejo: “Cualquiera -le dijo- puede escribir un buen primer libro, el escritor se prueba en el segundo y en los siguientes”. Y le advirtió: “a ti te van a juzgar muy duramente, porque a las mujeres no nos perdonan el éxito, escribe lo que quieras, no permitas que nadie se meta ni en tu trabajo, ni con tu dinero; a tus hijos los tratas como príncipes, lo merecen; cásate, un marido, por tonto que sea, viste”.


Termina exigiendo “basta de eufemismos, basta de soluciones parciales. Se requieren cambios profundos en la sociedad y nos toca a nosotras mismas imponerlos”. Pero pone los pies sobre la tierra y es perfectamente consciente de que “no hay feminismo sin independencia económica”.


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