Gausú y el recuerdo de Navidad

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

Se llama Gausú. Es negro, analfabeto y debe tener como 32 años, aunque en algunos países de África la fecha de nacimiento es un dato sólo aproximativo. Cuando salió de su pueblo dejó a su mujer con los dos hijos pequeños de ambos a su cuidado. Se fue poco más que con lo puesto. Destino: Europa. Empezó su periplo en Kayes, una ciudad del norte de Mali, donde trabajaba duramente en la búsqueda de oro, el poco que dejó el kankan Musa, el poderoso monarca que viajó en la Edad Media desde aquellos pagos a La Meca con una caravana de miles de camellos cargados del precioso metal.


Gausú atravesó Mauritania y recaló finalmente, después de toda suerte de peripecias, en Noadibú, en el cabo Blanco, junto a la frontera del Sáhara Occidental. Allí buscó la forma de ir en cayuco hasta Canarias y, después de encontrar al traficante adecuado y pagar todo el dinero que tenía, fue recluido en un almacén inhóspito con otros tantos emigrantes ilegales a la espera de que llegara el momento.


Una patera intervenida



Al cabo de más de un mes pudo embarcarse por fin en un cascarón de nuez con varias decenas más de aspirantes al paraíso europeo y una noche de luna nueva empezó la travesía. Casi no tenían espacio ni para moverse. Al tercer o cuarto día, se estropeó el gps y quedaron a la deriva. Al siguiente se acabaron las provisiones y uno más tarde, el agua. Estaban condenados a morir en alta mar sumidos en la desesperación.


Pero sus oraciones llegaron a Al-lah y el Todopoderoso guió la embarcación hasta un puerto de la isla de Gran Canaria, que alcanzaron después de 72 horas muertos de hambre y sed. Tuvieron que ser rescatados del cayuco a brazos de los voluntarios de la Cruz Roja porque eran incapaces de mantenerse de pie e ingresados en un antiguo albergue donde quedaron confinados varios meses por mor de la pandemia.


Gausú logró conectar con tío suyo que vive en Barcelona, que le prometió ir a buscarse cuando la situación lo permitiera. Y cumplió, sólo que no pudo llevarlo consigo en el avión porque a Gausú no se le permitieron acceder a su interior. Su tío tuvo que regresar con las manos vacías. Pero España es un país contradictorio y el viaje que le habían prohibido, no sólo se lo permitieron semanas más tarde, sino que además le dieron un billete gratuito para que pudiera hacerlo.


El caso es que a su llegada a Barcelona le esperaba alguna sorpresa. No podía alojarse en la casa de su tío porque la mujer de éste, española, se negaba a acogerlo. Tampoco quisieron darle techo los hijos del matrimonio, que eran sus primos carnales. El tío tuvo que recurrir a un amigo, que no puso inconveniente en compartir con él su propia vivienda hasta que pudiera desplazarse a París, objetivo final de su viaje.


Estamos cansados de ver uno y otro día por televisión reportajes sobre la llegada de inmigrantes y la verdad es nos dan mucha pena y pensamos que merecerían recibir toda la ayuda que necesitan. Luego, cuando nos piden donativos en forma de alimentos o dinero, solemos hacer alguna aportación cuyo valor suele ser muy inferior al de cualquiera de nuestros caprichos, pero que sirve para calmar nuestra conciencia. Ahora bien, si nos piden que alojemos a uno cualquiera de esos hombres o mujeres, pensamos que hasta ahí podíamos llegar, que para eso están la Cruz Roja y las Administraciones Públicas. ¡Nuestra casa es sagrada!


Estuve con Gausú y advertí en sus ojos la nostalgia que anidaba por el recuerdo de la mujer y los hijos que había dejado en Mali y por los que había arriesgado su vida y también, con toda seguridad, la tristeza que le embargó cuando comprobó cómo su propia familia española le había rechazado. Y me acordé de lo que cuentan que había ocurrido en Belén una noche de hace aproximadamente 2020 años a un matrimonio con su hijo recién nacido. Nihil novum sub sole. 


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