Teatro Gaudí: el drama de “María Antonieta” al desnudo

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El Teatro Gaudí dispone, como tantos otros locales y además de la sala principal, otra de menor tamaño que en época anteriores hubiera estado dedicada a acoger, muy posiblemente, un saloncito o ambigú. Pero ahora las cosas han cambiado y los teatros optimizan el espacio disponible y crean, como los cines, multisalas, con lo que pueden presentar a la vez diversos espectáculos. 


De este modo, estos espacios menores resultan muy adecuados para montajes de pequeño formato cual es el caso de “María Antonieta”, un “monólogo de teatro físico”, en la definición que le da su intérprete única, la actriz uruguaya Analía Puentes.


Tal como el nombre sugiere, la pieza está dedicada a evocar la figura de la desafortunada reina de Francia que fue la herramienta con cuyo matrimonio se quiso consolidar la relación entre dos casas reinantes europeas, los Borbón y los Habsburgo, y que murió dramáticamente engullida por la revolución. 


Sobre María Antonieta se han escrito muchas biografías y los historiadores han ofrecido interpretaciones diversas y hasta contradictorias, por lo general sesgadas por condicionamientos de tipo ideológico. 


En este caso, Analía y Camilo Zaffora, que son los responsables de la dramaturgia, han trabajado sobre la muy respetable obra de Stefan Zweig, así como con alguna correspondencia mantenida por la reina con su familia, pasquines periodísticos y proclamas de la época revolucionaria, lo que les ha servido para profundizar, sobre todo, en lo que su peripecia personal tuvo de drama humano.


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Teatro Gaudí: el drama de “María Antonieta” al desnudo


Todos estos materiales han sido instrumentados en función de una puesta en escena rupturista en la que los autores de este montaje, que ha dirigido Jessica Walker, pretenden desnudar a María Antonieta no sólo en sentido metafórico, sino literal. Porque Analía Puentes desnuda, en efecto, la personalidad de aquella mujer desafortunada y lo hace sin ocultar las anfractuosidades de su cuerpo.


De tal forma que cuando el espectador llega a la sala, da con una mujer que no lleva prenda alguna que la cubra y a la que rápidamente identifica con María Antonieta por la peluca dieciochesca que luce. La actriz, caracterizada de este jaez, se mueve, evoluciona, gesticula y habla sobre una gran cama metálica, que constituye el decorado de la función, del mismo modo que las sabanas son, en algunos momentos, y con la ocasional presencia de un miriñaque, el único vestuario de la protagonista.


Analía Puentes agudiza inicialmente el tono histriónico del personaje para ir evolucionando paulatinamente en un mayor dramatismo con el fin de llevar hasta el espectador el triste sino de una mujer que estuvo llamada rodeada de glorias y oropeles, pero a la que un siniestro albur acabó condenando a la guillotina. En este orden de cosas, la interpretación exige un notable esfuerzo por parte de la actriz uruguaya que acredita su versatilidad vocal y gestual con el fin de conseguir el tono apropiado a un texto que no es precisamente fácil. Un ejercicio, pues, de preciosismo interpretativo muy bien resuelto.

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