El Maldà: “Mistela, Candela, Sarsuela” reivindica el género lírico autóctono y el catalán popular

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¿Qué es más correcto? ¿Decir guixeta o taquilla, xarrup o sorbete, octaveta o bien octavilla, peta o porro? Cuestiones que parecen baladíes pero que para algunos parecen fundamentales en la conservación de las mejores esencias de la lengua catalana. Una obsesión que Enric Gomà ha puesto en tela de juicio con ironía en su libro “El català tranquil” y que los componentes de Epidèmia Teatre, un grupo surgido entre antiguos alumnos del Instituto del Teatro han asumido para ridiculizar, como lo hizo hace siglo y medio Serafí Soler “Pitarra”, la ”culta latiniparla” catalana utilizando la herramienta que mejor conocen, el teatro, y mediante la exhumación de algunas obras de un género casi olvidado pero que fue muy popular: la zarzuela.


Teatro   Mistela Candela, Sarsuela


En base a tres obras del inmenso patrimonio lírico autóctono, “El punt de les dones” y Si us plau per força”, ambas del propio Pitarra y “La gran sastressa de Midalvent” de Isidro Llaurador (que se inspiró en una opereta de Offenbach) Silvia Navarro ha articulado la dramaturgia de un musical de pequeño formato titulado “Mistela, Candela, Sarsuela. Sarsuela però no massa” que han dirigido Gemma Sangermán y Joel Riu y que interpretan Aida Llop, Mireia Llorente Picó, Lluis Oliver y Joan Sáez con coreografías de Anna Rosell.


Todo ello tiene como escenario El Maldà que, como los que hayan estado allí saben, es una sala minúscula situada en las Galerías del mismo nombre de la calle del Pino. Público e intérpretes comparten el mismo espacio, porque no es que no haya separación entre unos y otros, es que no existe escenario. Resulta, por tanto, un local propicio para montajes intimistas que esta ocasión se convierten en una verdadera fiesta porque “Mistela, Candela, Sarsuela. Sarsuela, però no massa” se trasforma en un verdadero popurrí de canciones divertidas, músicas trepidantes, coreografías excelentemente concebidas para un espacio limitado pero muy bien ejecutadas y todo ello enhebrado gracias a un modesto hilo argumental que se basa en los inevitables y eternos problemas amorosos de dos parejas.


Un espectáculo cálido, trepidante, en el que los artistas cambian de vestuario una y otra vez y el escenario se transforma con el movimiento de dos modestos mostradores de tienda, un par de sillas y un mueble colgador. Todo ello para conseguir con la máxima brillantez lo que los miembros del Epidèmia Teatre confiesan como su objetivo: dejar de lado el imperio de los musicales anglosajones y los sueños de Broadway para revindicar lo que nos es propio y hacerlo con una forma de hablar normal, como hacemos por la calle.


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