“Pijos. Guía práctica”: “Los pijos catalanes siempre están a punto de convertirse en independentistas” (Marc Giró)

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Cada época tiene su propio lenguaje y hay palabras que en un momento determinado se imponen y otras que desaparecen. Por ejemplo, ahora mismo casi nadie recordará a quien se aplicaba hace unos años el calificativo de “pollo pera”. Pues muy fácil, a las mismas personas a las que hoy denominamos “pijo”. Pero ¿qué es exactamente un pijo? Según el diccionario de la Real Academia, “dicho de una persona: que en su vestuario, modales, lenguaje, etc, manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada”. Y subrayamos lo de “dicho de una persona” porque el término también significa “miembro viril”.


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Sea como fuere, esa palabra es hoy de uso generalizado y siempre con carácter despectivo o despreciativo, como forma de identificación de individuos, de uno u otro sexo caracterizados por ciertas peculiaridades que el periodista Marc Giró estudia con desenfado en su libro “Pijos. Guía práctica. Qui són, que fan i on trovar-los” (Univers).


Dice Giró que “ser pijo es una manera de estar en el mundo, no es una cuestión de estilo, es un destino”. Así los pijos no nacen en hospitales, sino en clínicas, son ricos o muy ricos, hablan exagerando las adjetivaciones, “siempre visten como si tuvieran un pie en la oficina y otro en el campo de golf, la pista de tenis o la cubierta del barco”, no se avergüenzan de ser incultos (si son chicas y de provincias, sus papás las mandan a estudiar a la capital), sus principales delitos están relacionados con la imprudencia en el manejo de armas de fuego y en la evasión fiscal, son tirando a maleducados (el autor sólo ha conocido tres o cuatro que no lo sean), les excita la aristocracia, viajan mucho y tienden a ser más de beber que de comer.


En todo caso, hay algo imposible: ser pijo y homosexual (o al menos eso dice Giró, aunque nos permitimos ponerlo en duda) y tampoco es concebible un feminismo pijo.


Desde el punto de vista político, “los pijos catalanes siempre están a punto de convertirse en pijos independentistas, de hecho, lo desean; pero claro, no les gusta la clandestinidad”. Pese a ello, prefieren hablar en castellano y sólo lo hacían en catalán con Jordi Pujol. Claro que son independentistas porque intuyen en ello una posibilidad de negocio, aunque los que se consideran pijos auténticos no son independentistas porque prefieren ser “cosmopolitas”.


También se refiere a los pijos socialistas, sobre todo a los que hubo en los años noventa, como “resultado de una alquimia que combinaba el cristianismo troncho del Ballarín y la mística de los hermanos Vila de Abadal con la fórmula integrada de gurús francamente simpáticos, unos más famosos (de Ventós, Bohigas, Riviere...), otros más austeros (Campmany, Mata, González Casanova..) y todo el aderezo posible en forma de diseño, edición, periodismo y performance forjado años atrás en la calle Tuset, Eina, de forma más canalla en la Massana o directamente en Manhattan”. Pero no faltan los eclécticos que dicen: “Yo, cariño, estoy del lado de los políticos que hacen bien las cosas, no soy ni de los unos, ni de los otros ¿sabes?”.


La gran desgracia de los pijos es que “follan entre ellos por compromiso y mal” practicando un sexo heteropatriarcal en el que los roles de hombre y mujer están perfectamente establecidos y son inmutables, aunque el desinterés de los dos miembros de la pareja garantiza “el equilibrio perfecto del matrimonio” en el que la mejor virtud de la esposa es siempre la dote.


Giró dedica las páginas finales a los nuevos ricos, a los que preconiza como los pijos del futuro y detalla las formas más frecuentes que tienen de morir. Una de las más elevadas en porcentaje, la edad -¡entre 90 y 110 años!-, lo que nos hace desear secretamente convertirnos algún día en pijos, como lo era aquel inolvidable Tito B. Diagonal.


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