Total, por cuatro votos...

Lluís Rabell
Traductor, activista y político

Con el paso de los días - pronto hará tres meses que se celebraron las elecciones autonómicas - y las negociaciones para la investidura de Pere Aragonés aún encalladas, va instalándose en la opinión pública el sentimiento de que nos llevan de cabeza a una repetición de los comicios. Podría ser. En su particular "juego de la gallina", los partidos independentistas no han destacado precisamente por su pericia a la hora de frenar. Sin embargo, en medio de un profundo hartazgo ciudadano, tentar de nuevo la suerte en las urnas sería para ellos muy arriesgado. No hay que tomar, por tanto, al pie de la letra las declaraciones altisonantes, las rupturas "definitivas", las amenazas, ni los anuncios de "vías alternativas" que estos días se lanzan a la cabeza los portavoces de ERC y de JxCat. Esta gente "negocia" así. Aunque el derrapaje sea posible, también podría darse un giro de guión de última hora que llevase a la formación de un gobierno de coalición de los hermanos enemigos. Cualquier pronóstico resulta azaroso.


Resulta interesante, sin embargo, observar algunos comportamientos que se han dado en este capítulo del culebrón postelectoral. La lucha por la hegemonía y el poder dentro del campo soberanista no podría ser más enconada - y desestabilizadora de cualquier acuerdo, si llegase a alcanzarse. Puigdemont quiere imponer a todo precio su tutela sobre el Govern y sobre la actuación de los grupos parlamentarios independentistas en el Congreso, algo decisivo para seguir marcando los tempos de un "procés" inacabable. Y ERC desearía zafarse de ese control, deseosa de ocupar una centralidad nacional, pero se revela hoy por hoy incapaz de rebasar el marco mental establecido por el independentismo a lo largo de la última década. Ayer, grupos de "hiperventilados" se manifestaban ante las sedes republicanas al grito de "¡Junqueras, traidor, púdrete en prisión!". Todo un anticipo de la fiesta que esperaría a ERC si por ventura osase mandar a la oposición a sus actuales socios de gobierno.


El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès, ante la sede de ERC en Barcelona

Pere Aragonès en la sede de ERC @ep


¿Es seria la búsqueda de un acuerdo con los comunes por parte de ERC... o quizás está jugando a "poner los cuernos" a los post convergentes? Los comunes, en cualquier caso, más que tomárselo en serio se han agarrado a la hipótesis de entrar el gobierno de la Generalitat como a un clavo ardiendo. Gesto imprudente donde los haya. Pero que, indirectamente, ha tenido un efecto clarificador sobre las intenciones de unos y otros. Jordi Sánchez se ha apresurado a decir que Junts estaría dispuesta a ceder los votos necesarios para un gobierno ERC- Comunes -CUP... si En Comú Podem se declarase a favor de la independencia. Es decir, si aceptase suicidarse. Ante tan sombría perspectiva, parece que los comunes han decidido proponer que sea el PSC quien se ahorque, colgándose de algún árbol del Parc de la Ciutadella. Así, en los últimos días, se han multiplicado los llamamientos a la "generosidad", dirigidos a Salvador Illa, para que facilite sin rechistar la formación de tal ejecutivo.


Pero, como bien ha recordado la propia Jéssica Albiach, el PSC ganó las elecciones del 14-F. Y lo hizo con una propuesta de dejar atrás la confrontación con el Estado que ha dividido a la sociedad catalana y de abrir una etapa de reencuentro ciudadano y de "gobierno de las cosas", ante las urgencias sanitarias, económicas y sociales del momento. Ese discurso fue escuchado ante todo por la gente trabajadora del área metropolitana. ERC, por su parte, firmó con el resto de fuerzas independentistas - y sigue manteniendo - un inaudito "cordón sanitario" en torno a la socialdemocracia. Sergi Sabrià declara sin ambages que "antes que llamar a la puerta del PSC, volver a las urnas". Por otra parte, ERC mantiene su pacto de investidura con la CUP; un acuerdo que fija de antemano los plazos de "un nuevo embate democrático" por la independencia - y que, sorprendentemente, no parece incomodar a los comunes. Así pues, los socialistas deberían facilitar cuatro votos - ¡cualquiera diría! ¡cómo se ponen por cuatro votos de nada! - para que gobernase un partido que ni se atreve a dirigirles la palabra por miedo a qué dirán los guardianes de las esencias patrias. Es decir, deberían avalar todo lo contrario de aquello por lo que fueron el partido más votado, mientras que el independentismo perdía 700.000 votos, visibilizando de este modo un deseo de cambio en la sociedad. ¿De verdad consiste en eso la "responsabilidad de país" que debiera mostrar el PSC? Si acaba produciéndose una repetición electoral, no hay garantías de que surja de ellas un mejor escenario. (Junts especula con la posibilidad de recuperar los 70.000 votos que se llevó inútilmente el Pdcat para volver a poner a ERC "en su sitio": según la derecha, el de los cortijeros de toda la vida). ¿Es acaso responsable el PSC de la guerra agotadora que se libran los independentistas?


Sí, el desenlace de los próximos días es impredecible. Pero, en lugar de especular con combinaciones aritméticas que enmascaran cuál debería ser la agenda de un gobierno verdaderamente útil para la gente, las izquierdas deberían unirse; deberían configurar un polo progresista que señalase el nuevo rumbo - ese que, hoy por hoy, ERC no se atreve a contemplar. Sólo tal espacio, apoyándose en sindicatos, movimientos y asociaciones democráticas, puede acabar decantando otra mayoría social. Mariposear en torno a los diletantes no hace más que diferir esa tarea, dejando el futuro en manos de una derecha nacionalista soberbia y aventurera, muy parecida a la que acaba de ganar las elecciones en Madrid, totalmente ajena a las necesidades la Catalunya trabajadora.


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