sábado, 25 de septiembre de 2021

Rafael Dávila revela cómo su abuelo hizo a Franco jefe del Estado

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Se ha dicho que sobre la guerra civil española se han escrito y publicados más libros que sobre la segunda guerra mundial. Sea o no verídica esta apreciación, lo que si es cierto es que a nuestra ultima contienda interior se han dedicado miles de estudios y, lo que resulta más notable, pese a ello aún quedan documentos por exhumar y aspectos por reinterpretar porque todavía subsisten prejuicios y axiomas harto discutibles. Como dice en su libro “La guerra civil en el Norte”, el general Rafael Dávila Álvarez, nieto del de su mismo empleo y apellido que figuró en el núcleo inicial del Ejército insurrecto en 1936, “muchos de los hechos que se toman como dogma de fe, pilares de tantos y tantos libros, no son exactamente como se reflejan, no sé si con alguna intención”. El autor ha tenido el privilegio de encontrar y trabajar con los papeles, instrucciones militares, directivas de operaciones, datos estadísticos, apuntes y documentos de su abuelo procedentes del archivo familiar y los ha completado con documentación de los archivos públicos, con lo que ha elaborado una visión de aquel enfrentamiento que aporta algunos datos novedosos.


Franco


Resulta particularmente interesante la pormenorizada descripción que hace, con base documental precisa, sobre el desarrollo de los hechos que llevaron a la proclamación de Franco como jefe del nuevo Estado. Planteada la guerra en sus inicios con dos grandes fuerzas operativas, una en el norte y otra en el sur, que iban avanzando hacia su convergencia, pocos días después del iniciado el conflicto se había improvisado un órgano político, la Junta de Defensa Nacional, cuya presidencia se adjudicó al general Cabanellas por ser el más antiguo. Pero lo cierto era que “la falta de coordinación entre sus mandos y sus diferencias de criterio, en algún caso enfrentado, no era lo más apropiado para la coordinación de una guerra que ya se vislumbraba larga; se hacía necesario un mando único” razona el autor. 


De este modo tuvieron lugar las primeras conversaciones entre los miembros de dicha Junta que había ido incorporando nuevos miembros en el transcurso del verano. Hubo una primera reunión para afrontar este problema el 21 de septiembre de 1936 en el aeródromo de San Fernando, aledaño a Salamanca, en la que “no se tomó decisión sobre el mando único, la Presidencia del Gobierno o la Jefatura del Estado”. Fue en el siguiente pleno, celebrado el 28 de es mismo mes, cuando se acordó encomendar esta función a Franco (el autor dice que algunos miembros de la Junta habían pensado en su abuelo, propuesta que el interesado declinó por su edad) Se decidió su nombramiento como generalísimo “sin que sobre el mando y atribuciones del general Franco hubiese ningún acuerdo” porque “la Junta no habló del mando político… se entendía que debía ser el único jefe de los Ejércitos en guerra, pero la Junta seguía siendo el máximo órgano de gobierno”.


Esta situación evolucionó muy rápidamente en las siguientes 48 horas. Un documento del abuelo del autor revela la insatisfacción que produjo haber dejado en el aire tan capital cuestión. Según dichas notas, Dávila comentó la situación con Mola y reunidos seguidamente ambos con Franco, éste aceptó asumir también esta otra función como jefe del Gobierno. Con tal preacuerdo en sus manos, se desplazó Dávila a Burgos para comentarlo con Cabanellas, que se opuso, y Gil Yuste, quien arguyó que no cabía tomar decisión alguna porque no se había tratado en la reunión citada.


Otro miembro de la Junta, el coronel Moreno Calderón, quedó encargado de contactar con Queipo de Llano, que “se oponía terminantemente”. Al final se había conseguido la conformidad de Orgaz, Saliquet, Ponte y Moreno Calderón, por lo que Dávila, sabiendo la aprobación de Mola y la aceptación del interesado, fue de nuevo a despachar con Cabanellas quien, aunque se seguía oponiendo a la designación de Franco como autoridad política, acabó aceptándola como algo inevitable. En consecuencia, se llamó de inmediato a Yanguas Mesía para que redactara la disposición que había se publicarse en el Boletín de la Junta de Defensa Nacional.


“La iniciativa del general Dávila -dice su nieto- constituyó realmente un cambio de escenario porque en la reunión de Salamanca solamente se limitó a decretar el mando único para las operaciones militares por el general Franco, sin que ello afectase a las atribuciones y funciones de la Junta de Defensa”. Aun así, quedó por concretar un detalle nada despreciable: si el nombramiento debía ser el de “jefe del Gobierno del Estado” o “jefe del Estado” como propugnaba Nicolás Franco. En puridad, una discusión bizantina porque en el texto de la disposición se aclaraba que asumiría “todos los poderes del nuevo Estado”. Así se anunció en prensa y radio y con esa denominación se le conoció desde el 2 de octubre de 1936 hasta su muerte.


Todavía hay muchas cosas más en la obra del general Dávila Álvarez que merecen un comentario. Valgan dos muestras. El autor desmiente la imputación que se hizo a Franco de haber sido el primero en propiciar el uso de tropas marroquíes en un conflicto interior -la revolución de Asturias de 1934-, puesto que Azaña ya se había anticipado utilizando a los Regulares en la represión de la intentona monárquica de Sanjurjo del 10 de agosto de 1932. Más aún, distanciándose de la mayor parte de los autores, Dávila valora muy tímidamente las capacidades del general Vicente Rojo del que dice que “militarmente era un buen oficial de Estado Mayor, pero nunca fue un general capaz para el mando; nunca planteó una acción ofensiva de envergadura, ni fue capaz de asumir la iniciativa en ningún frente que condujese a sus hombres a objetivos adelantados que pusiesen en grave riesgo al contrario”.

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