“Jesús por Mariñas”: el intrépido periodista escribe sus memorias y recuerda su vida y sus personajes

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Conocí a Jesús Mariñas en el vespertino “La Prensa” de Barcelona torno a 1965. Él había llegado poco antes desde el diario “Mediterráneo” de Castellón y empezaba a desenvolverse de la mano de quien sería durante años su pareja, el inteligente, sensible y culto librero Isidro Pí Caparrós. Con él se introdujo en los ambientes elegantes y divertidos de aquella época que “no era triste y aburrida” como dice en “Jesús por Mariñas, memorias desde el corazón”, un libro de recuerdos escrito al alimón con Pedro Narváez (La Esfera de los Libros) que es una verdadera crónica rosa y algo más de la España del último medio siglo.


A la hora de recapitular sobre una vida se tiende a dulcificar las aristas que ésta tuvo y a crear la mejor imagen posible de uno mismo. Pero, aún cuando es seguro que ha callado muchas cosas (no hace referencia, por ejemplo, a las numerosas demandas que tuvo que padecer), Jesús ha optado por explicar lo que vivió con notoria sinceridad, empezando por sus propios orígenes familiares, como hijo extramatrimonial, algo que entonces se decía en voz baja y hoy no tiene la menor importancia y en el seno de una familia con parvos recursos económicos, lo que le obligó a trabajar inicialmente en empleos modestos. Pero supo desde muy joven abrirse camino, hacer amistades que le ayudaron, y desarrollar unas dotes innatas que acabarían haciendo de él un periodista admirado por unos, temido por muchos, vilipendiado por otros y casi siempre envidiado. Como aquella tropa que en sus primeros años en la ciudad condal le denunció como “intruso” porque no había hecho la carrera de periodismo. Mariñas llegó donde sus denunciantes, hoy olvidados, nunca pudieron conseguir hacerlo.


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Jesús por Mariñas, memorias desde el corazón” puede leerse de diversas maneras. La más relevante y la que atraerá a mayor número de lectores, es la que se refiere a la crónica rosa de medio siglo en la que trató con personajes tan relevantes como Monteserrat Caballé, la persona que más admiró y con cuya amistad se honró, o Sara Montiel (“sexualmente fría”), pasando por la hoy olvidada Celia Gámez. El retablo es relevante y no carece de morbo porque salvo a las tres citadas y alguno o alguna más, con las que tuvo una relación excelente, pone a cada cual en su sitio. Por citar unos nombres, Julio Iglesias (“su vida y su obra han sido una gran mentira”), Cayetana Alba (“comehombres” que “pasaba por el quirófano casi cada seis meses”), Isabel Pantoja (“oportunista, trepa vestida con bata de cola”, que se enemistó con él porque habló de su bigote), Carmen Sevilla (“muy atractiva, pero con poca calidad artística”), Juan Gabriel (gran dama, viborina y algo patética”, que envidiaba a Rocío Dúrcal por su vestuario y su marido), Camilo Sesto (al que deja en buen lugar, pero critica su tocado: “no era una peluca, era un sombrero”) o la madre de Marisol, a la que acusa de haber transigido en la manipulación de su hija. Tampoco se escapan algunos compañeros de profesión como Encarna Sánchez (“personaje siniestro, astuto, singular extraño, contradictorio, que no se aceptaba a sí misma por ser lesbiana”, que estuvo enamorada de la Jurado y mandó que le dieran una paliza), José Manuel Parada (con quien, sin embargo, compartió amante) y, sobre todo, Karmele Marchante. Y, en general, fustiga a la burguesía barcelonesa del tardofranquismo por su hipocresía y amoralidad y a las folklóricas en general por su servilismo con el régimen y su cambio de chaqueta posterior (aquel Juan Pardo orgulloso de ser el “El Ferrol del Caudillo” o Julio Iglesias con el retrato del generalísimo en el cabezal de la cama) Pero también defiende a quien cree que debe hacerlo y sobre el hoy denostado Plácido Domingo afirma que “más que conquistar, era conquistado” y, en fin, ahora que nadie se atrevería a hacerlo, recuerda que Carmen Polo, clienta de Pertegaz, “pagaba religiosamente” al modisto.


Y es que Mariñas es sincero hasta consigo mismo. En sus afecciones políticas, puesto que no esconde su participación en actividades del Frente de Juventudes, ni su sintonía con el régimen anterior (“fui franquista, como mi madre y mi hermano”), pero también en su identidad sexual, por lo que no elude hablar de algunos de sus numerosas relaciones, empezando por Vicente Parra y terminando en su marido actual, Elio Valderrama, cuya libérrima vida matrimonial describe con todo detalle. Hubo quien coqueteó con él, como Junior, tonteó con Jesús como Rafael Amargo o le tiró los tejos, como el conde Lecquio y muchos más con los que tuvo relaciones a dos, hizo tríos cuando se presentó la ocasión, aprovechó platos de segunda mesa y hasta se permitió algún escarceo hetero.


Tras todo este elenco de recuerdos, evocaciones, chismes, maledicencias y amores subyace algo mucho más importante en forma de apuntes sobre la metodología profesional de Mariñas en cuyo ejercicio tenía “apreciaciones absolutamente subjetivas y resultado de mis observaciones. Había que estar muy ojo avizor para captar esos detalles. Los que teníamos esa mirada, luego lo transportábamos al folio. He sostenido que hay que contar lo que ves y lo que sabes. También, de forma velada, dar a entender lo que crees que existe porque, claro, te exponías a una demanda. En aquellos tiempos, igual que ahora, siempre corremos ese peligro… de ahí salían mis crónicas, de estar, mirar, reparar, observar, aplaudir sin juntar las manos. Antes, esos detalles se cuidaban mucho” añade con cierta nostalgia.


Todo lo cual le ha llevado a conformarse: “He admitido la condición de malo de la película”, pero pese a ello “la vida fue un banquete en el que me invité mientras los emperadores y las fulanas, o quizá era al revés, mordían las uvas”, lo que le permite reconocer que “duermo con la conciencia tranquila, porque no he pateado a nadie… que no se le mereciera”. ¡Temible Mariñas! 

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