“Calladitas estáis más guapas”, un divertido show feminista (Aquitania)

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Hace muchos, muchos años, vi al inefable Joselito como protagonista de su primera película titulada “El pequeño ruiseñor”. Fue en un cine llamado Infanta, situado en la carretera de Sarriá junto a la avenida de la Infanta Carlota. Pero la carretera se ha convertido en avenida, la Infanta Carlota cedió su calle a Josep Tarradellas, Joselito peina canas y aquella mamá de su película, que era campanera de la iglesia de su pueblo, ya no tiene que andar escondida, ni ha tenido que pintar sus ojeras porque “dicen que no eres buena y a la azucena te pudieran comparar”. ¡Ah! Y el cine cedió su espacio a un teatro llamado Aquitania.


Teatro.Aquitania.Calladitas estu00e1is mu00e1s guapas


En la misma sala en la que corrían las lágrimas por las desventuras de aquella pobre mujer que había quedado embarazada sin haber pasado por el altar, suenan ahora las carcajadas con “Calladitas estáis más guapas”, en espectáculo que se define como show feminista y cuyas protagonistas son todas ellas mujeres: Sil de Castro -a la que en temporadas anteriores vimos en El Molino-, Jessika Rojano y La María Rosa, acompañadas en cada función por otras artistas invitadas, que en el estreno fueron cuatro.


Pocas veces hemos visto tan llena la sala del Aquitania y añadimos que no sólo de mujeres, son también de muchos varones que seguían y subrayaban con aplausos las ocurrencias, gags, canciones y despropósitos de este espectáculo desopilante, divertido, irreverente, iconoclasta, deslenguado, con ninguna escenografía porque deviene innecesaria, que se desarrolla a un ritmo endiablado y con muchas ganas de enviar, entre bromas y veras, un claro mensaje de reivindicación feminista. Todo ello lo convierte, como dicen las propias intérpretes, en un verdadero “akelarre de la risa” que dura dos horas largas sin que a nadie se le haga pesado.


“Calladitas estáis más guapas” se desarrolla además con la frescura propia de una improvisación que estamos seguros resulta más aparente que real, puesto que tras esa superficie no es difícil adivinar muchas horas de laboriosa preparación. Todo ello hace que sea un espectáculo absolutamente imposible de clasificar, pero rotundamente divertido en el que, por cierto, Sil de Castro confiesa cuáles fueron los dos días más felices de su vida: el primero, el de su matrimonio ¡por la Iglesia! Y el segundo… el de su divorcio. No fue la única.


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