José Sacristán (84 años) reaparece en el teatro Romea con un texto de Delibes

Si en esta última obra era la mujer la que velaba los restos mortales de su marido, en la que interpreta Sacristán es el hombre el que acompaña a su esposa en los últimos momentos de su vida.

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Teatro.Señora de rojo sobre fondo gris.Foto Pablo Sarompas

 


Teatro.Seu00f1ora de rojo sobre fondo gris.Foto Pablo Sarompas

@Pablo-Ignacio de Dalmases


La verdad es que la temporada teatral barcelonesa ha entrado con muy buen pie. Por una parte, grandes musicales –“Cantando bajo la lluvia” y “Billy Elliot” en cartel y pronto “Fama”- y por otra, la presencia de grandes personajes de la escena como Echanove y Sacristán. El caso es que si hace unos días nos llegaba la noticia de la retirada, más que justificada cuando está a punto de cumplir los 82 años, de Concha Velasco en Logroño, nos asombra comprobar la autoridad con la que se mueve frente al público del Teatro Romea un José Sacristán, que en septiembre alcanzó los 84.


El actor de Chinchón ha traído a Barcelona “Señora de rojo sobre fondo gris”, uno de esos monólogos teatrales que acreditaron la versatilidad de Miguel Delibes y que, como “Cinco horas con Mario”, enfrenta a un cónyuge con la muerte de su pareja. Si en esta última obra era la mujer la que velaba los restos mortales de su marido, en la que interpreta Sacristán es el hombre el que acompaña a su esposa en los últimos momentos de su vida. En ambos casos, una pieza basada en sendas narraciones literarias, lo que ha obligado a comprimir el texto para que pueda tener una duración apropiada a la de los actuales montajes teatrales: noventa minutos. Pero “Señora de rojo sobre fondo gris” tiene, además una particularidad que le imprime carácter y es el hecho de que el autor vivió por experiencia propia la pérdida de su mujer, de modo que esta obra fue, de alguna manera, el reflejo de su propia tragedia íntima.


Pero hablemos de ese actor de 84 años llamado José Sacristán. De no haber consultado su biografía, no hubiéramos sido capaces de adivinar su edad, tal es la soltura con que desenvuelve, el dominio que manifiesta en escena, la autoridad con que “dice” el texto de Delibes, con esa vocalización que lo hace perfectamente inteligible y con una modulación que va cambiando de tono según cada momento concreto del desarrollo de la acción dramática. Sacristán es un actor de la vieja escuela, y lo decimos a título de máximo elogio, es decir, un actor al que se le entiende siempre, que no trastabilla el lenguaje, que no se equivoca nunca. Algo que en estos tiempos que corren no puede decirse de todo el mundo.


Habida cuenta de su presencia única en el escenario teniendo que moverse entre unos elementos escenográficos indicativos, pero austeros, el principal acompañamiento de su actuación es la luminotecnia que ha articulado Manuel Fuster, subrayando los movimientos del actor, la mayor o menor intensidad de su recitado -que puede ir del susurro al grito exasperado- y sugiriendo el estado de ánimo de personaje y el sentido de la situación. Un elemento siempre importante tanto en teatro, como en cine o televisión, pero al que no siempre atinamos en ponderar adecuadamente.



Sólo me reta añadir una cosa más: pocas veces he visto en estos últimos tiempos un público más enardecido al final de la función. Un público que no era el complaciente de los estrenos oficiales, sino el que se sienta en su butaca después de haber pasado por taquilla y que, puesto en pie, ovacionó a Sacristán, que recibió tan entusiastas plácemes visiblemente complacido, pero a la vez con la humildad suficiente como para dedicar la función a la memoria de Miguel Delibes y de su esposa Ángeles. ¡Qué actorazo, caramba! ¡Y con 84 años! 


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