sábado, 27 de noviembre de 2021

Josep Lluis Martín biografía a Porcioles, un alcalde “incómodo” de Barcelona

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La “memoria histórica”, que la escritora francesa Yasmina Reza desvela en su obra y declaraciones, produce efectos curiosos y hace que determinadas situaciones históricas no admitan matizaciones. De este modo sabemos que, a partir de la legislación actual, el franquismo fue un régimen deleznable en el que nada fue bueno, ni nadie hizo nada positivo. Lo cual crea situaciones surrealistas, particularmente en una Cataluña que trata de olvidar el compromiso con el régimen anterior de ilustres catalanes (Franco tuvo numerosos ministros de dicho origen, tales como Joaquín Bau, Eduardo Aunós, Demetrio Carceller, Pedro Gual Villalbí, Laureano López Rodó, Enrique Fontana Codina o Cruz Martínez Esteruelas) amén de numerosos beneficiarios de altos cargos a nivel nacional e incluso diplomático. Y, claro está, una larga nómina de cargos provinciales y locales (gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento, presidentes de Diputación, alcaldes, alguno de ellos reconvertido luego en nacionalista y conseller de la Generalitat) De ahí que sea tan difícil descalificar sin más a todo el mundo tan sólo por su relación con el régimen franquista, algunos de cuyos servidores resulta que desempeñaron su cargo con un resultado que el tiempo ha demostrado eficaz.


Libros.Josep Maria de Porcioles


En Sabadell se presenta este problema con el alcalde Marcet y en Barcelona con Josep María de Porcioles Colomer, que fue alcalde de la ciudad condal entre 1957 y 1973 y en cuyo haber constan las llamadas tres “C”: carta municipal, compilación del derecho civil catalán y cesión a la ciudad del castillo de Montjuic, éxitos que le han convertido, en la visión de algunos historiadores, en un alcalde “incómodo” porque el desarrollo de su gestión, que no dejó de tener carácter controvertido en algunos aspectos, fue en otros sumamente brillante y en general ambiciosa con la pretensión de organizar una exposición universal o promover unos juegos olímpicos.


Porcioles nació en Gerona, aunque la profesión de notario le llevó a Balaguer, donde se casó y vivió hasta que tuvo que huir durante la guerra civil a causa de la persecución que sufrió por su militancia en la Lliga Catalana y su compromiso con entidades sociales católicas. Pasado a la zona nacional, se puso al servicio del nuevo régimen en el que desempeñó la Dirección General de los Registros y del Notariado bajo el ministerio de Aunós e hizo carrera dentro del sistema pese a que su antigua adscripción catalanista le causó dificultades a causa de las trapisondas y zancadillas que le pusieron los sectores más inmovilistas. Su fuerte personalidad se sobrepuso a todas ellas y le convirtió como alcalde de Barcelona en una autoridad de primera categoría dentro del régimen franquista, que tenía enlace directo, por encima de gobernadores y ministros, con El Pardo, al punto de que ha habido quien ha dicho de él que “más que un alcalde y algo menos que un ministro”.


En el debe de su gestión, la especulación inmobiliaria, el desarrollo urbanístico desaforado sin el complemento de los necesarios servicios y otros muchos y no menores errores que provocaron críticas, insidias, descalificaciones y campañas de desprestigio culminadas con un desafortunado monumento ofensivo que ideó el artista Joan Brossa. ¿Suficiente todo ello para descalificar al alcalde de Barcelona durante el franquismo que mereció elogios de su sucesor Pasqual Maragall y del presidente Jordi Pujol? La lectura de la biografía que Josep Lluis Martin i Barbois ha publicado con el título de “Josep Maria de Porcioles. Biografía d’una vida singular” (Base) puede orecer las claves oportunas para dilucidarlo.


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