“Los Borbones y el sexo”: una historia documentada y entretenida sobre los amores y desamores de la dinastía reinante

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No hay tema más apasionante para determinados mentideros y, sobre todo, cierto tipo de medios informativos, que las venturas y desventuras de las testas coronadas y sobre ellas se han forjado, muchas veces con muy escaso o nulo rigor y excesivo sensacionalismo, textos que tienen más de leyenda que de realidad histórica. Cuando tuve entre mis manos el libro “Los Borbones y el sexo” (La Esfera de los Libros) firmado con el seudónimo de Marta Cibelina, me temí lo peor. Pero debo reconocer honestamente que me hube equivocado.


Libros. Los Borbones y el sexo

"Los Borbones y el sexo" de La Esfera de los Libros.


En efecto, se trata de un libro de divulgación escrito con buena pluma y por tanto de lectura fácil y entretenida, pero no por ello desprovisto de excelente documentación que la autora ha manejado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Nacional de España. Contiene, pues, desde luego muchos datos conocidos, pero también algunas novedades e incluso ciertas presunciones no descabelladas. De todo ello se deduce un retrato bastante fiable de la vida sentimental de los monarcas españoles de la casa de Borbón en la que ha habido de todo, aunque por lo general casi todos resultaron bastante o muy apasionados por el sexo, porque “la monarquía española siempre ha sido muy tolerante en asuntos de bragueta y los españoles también”.


Como toda regla tiene sus excepciones, también la ha habido en esta dinastía con un Fernando VI que, pese a padecer priapismo, era impotente y para colmo se casó con Bárbara de Braganza, “la reina más fea de historia de España”,  mientras que su hermano Carlos III, al que califica de “el rey más casto de Europa”, fue feliz en su matrimonio con María Amalia de Sajonia y “nunca sacó los pies del tiesto” (la autora reproduce la carta que remitió a sus padres en la que explicaba cómo la desvirgó) También fue fiel a sus dos esposas Felipe V, pero en su caso castigándolas con una incontenible voracidad sexual, lo que no le eximió de obsesión por el pecado. “Aspiraba -dice- a ser casto, pero no célibe”.


Los demás ya fueron harina de otro costal. Fernando VII, “el peor gobernante que hemos tenido en España” y poseedor de un pene elefantiásico, que quiso casarse con una hija de José I, fue cliente asiduo de burdeles, mientras que su hija Isabel II “hizo el mayor favor que podía hacerse a la monarquía, renovando la sangre de la dinastía borbónica. De todos los hijos y abortos que tuvo, los que gozaron de buena salud y alcanzaron una edad aceptable ninguno era de su marido… Sólo podemos ser conscientes del enorme servicio que la ruina hizo a su estirpe si recordamos el dato de que los hijos de Isabel y su primo hermano por partida doble llevaba el apellido Borbón ¡hasta seis veces consecutivas! ¡Cómo no iban a morir los pobres infantes!”. Además, la reivindica recordando que “no hay ni una sola anécdota de mezquindad en esta mujer, que siempre fue mucho más desprendida que su ilustre descendiente Juan Carlos I…”.


Alfonso XII fue “un amante cariñoso y generoso con las mujeres con las que se cruzó, ya fueran solteras, viudas o casadas” … “pero la mujer de su vida fue María de las Mercedes”. Considera que “era un ejemplo del tipo de hombre capaz de practicar el poliamor sin grandes problemas” y afirma que “fue uno de los Borbones más amados y que supo ganarse el cariño de los militares y del pueblo”.


Por su parte, Alfonso XIII “era gracioso, divertido, pero guapo, lo que se dice guapo... no lo era”. “No tenía un tipo de mujer preferido como su padre. Le gustaban rubias, morenas, gordas, delgadas, altas, bajitas, pero tenían que tener algo en común: debían ser apasionadas en la cama… era machista, valoraba la virginidad de las mujeres y no contemplaba con buenos ojos los desmanes libidinosos cometidos por sus antepasados mujeres”. Pero todo ello carece de importancia gracias a su acción durante la guerra europea, cuando con sus propios fondos facilitó el canje de prisioneros enfermos, el traslado 70.000 civiles y la liberación 20.000 franceses, por lo que “fue considerado un héroe de guerra en el país vecino e hizo más que cualquier otro monarca por intentar salvar la vida de la familia imperial rusa. Ello le valió ser candidato al premio Nobel de la paz, por lo que bien “se merece un libro solo por esta labor y no por los asuntos de cama”.


Y en fin la autora llega al rey emérito del que "la lista de amantes que se le atribuían a su majestad en los ochenta y noventa era interminable; ni en siete vidas podía haber dado cuenta de tantas reales hembras, aun siendo el más Borbón de los borbones”. Claro que hoy en día “muchas de las que antaño presumían en público de su relación con don Juan Carlos a día de hoy negarían incluso bajo tortura que llegaran a acostarse con ese octogenario que pasará a la historia como el hombre que cambió nuestro país”. Y añade: “Juan Carlos I ha sido el último rey que ha servido para algo, el último que ha cambiado la vida de muchas personas. Si hubiera sido un hombre de principios muy acendrados tal vez no hubiera aceptado presuntamente comisiones, pero tampoco la corona”. A mayor abundamiento, aluda a algunas otras testas coronadas actuales o recientes y pregunta: “¿Hay alguien impecable por aquí debajo de esas coronas? Por favor, que levante la mano”.


La autora incorpora su propia experiencia como periodista cuando escribe del monarca reinante (“dicen que nuestro rey es galante, tierno y cariñoso en la intimidad, pero que le gustan las mujeres con carácter”) y sorprende con lo que dice de dos de sus novias: cree que Isabel Sartorius hubiera sido una mala reina por falta de autocontrol y no por la supuesta oposición de Doña Sofía y en cambio defiende a Eva Sanum, a la que considera que se la maltrató muy injustamente.


Hemos dicho que había alguna revelación inédita y acaso la más relevante sea la que recoge de su amiga Isabel López de Cagigas, bisnieta del secretario y administrador de Montpensier, para quien María de las Merced murió por culpa de un error médico (la taponaron para evitar un aborto) y no por el tifus que se le atribuyó.


Marta Cibelina sentencia que, pese a quien pese, “una monarquía sale mucho más barata que una república”.

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