El coronel (retirado) Candil hace una demoledora crítica de las FFAA españolas y de sus altos mandos

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Si todavía existiera la institución del reto a duelo a quien pone en duda el honor de un caballero, no queremos ni imaginar la ristra de lances que se le hubieran podido presentar al coronel retirado Antonio J. Candil, autor de “Los militares en la democracia española” (Almuzara), un demoledor ensayo sobre la situación de las Fuerzas Armadas españolas en la última etapa histórica de nuestro país en el que no duda de enjuiciar tanto aspectos generales de la institución militar, como otros muy concretos sobre conductas y actuaciones personales.


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Portada de Los militares en la democracia española


Según el autor el punto de partida, a la altura de 1976, no era, pese a salir de un régimen con fuerte impronta militar, satisfactorio.  “La realidad es que en 1976 las Fuerzas Armadas española no podían haberse visto implicadas en ningún conflicto de alta intensidad, no hubieran durado más de una semana”. Paralelamente asegura que los militares de carrera y muy especialmente los jóvenes, no tenían ningún interés en participar en el poder y “hubo un importante grupo de la élite que estivo dispuesto a liderar el proceso de adaptación a los cambios que se propugnaron”, pese a que la reformas iniciales del gobierno Suárez, con la creación del Ministerio de Defensa y la Junta de Jefes de Estado Mayor, parecieron inspiradas en las promovidas por Azaña. “Hubo más preocupación por tener a las Fuerzas Armadas bajo control que por aumentar su eficacia, aunque quizá esto fuera un aspecto heredado”. De su ejecutor, el general Gutiérrez Mellado dice que, además de poco o nada conocido en el Ejército, fue “incapaz… (y) destacó por el alcance de su entreguismo, escasa profesionalidad y desmedida ambición política”.


Candil mantiene que las Fuerzas Armadas han quedado no sólo sometidas al poder civil, que era lo constitucionalmente establecido, sino excesivamente condicionadas por los políticos situados tanto al frente del nuevo Ministerio de Defensa, como en cargos importantes de este departamento, situación que facilitó la progresiva intromisión de aquellos en la vida estrictamente militar, con la consiguiente sumisión de los altos mandos porque tanto los gobiernos de un signo como de otro politizaron los nombramientos y los ascensos al generalato, cometiendo innumerables arbitrariedades (saltos en el escalafón, ascensos de individuos que no cumplían las condiciones requeridas, etc). Debela además las “puertas giratorias” que han permitido que algunos de esos altos mandos pasaran a ejercer puestos destacados en industrias militares y sugiere la influencia ha podido tener en su carrera la pertenencia de algunos de ellos bien al Opus Dei, bien a la masonería. 


Paralelamente, la creciente escasez presupuestaria y el desacierto en la elección de los nuevos equipamientos, fruto a veces de razones políticas que se sobreponían a la eficacia y operatividad de estos, desarbolaron las dotaciones, mientras que la desaparición del servicio militar obligatorio y la creación de un ejército profesional no se ejecutó acertadamente, porque el contingente se ha ido reduciendo, al punto de que hoy en día la Guardia Civil dispone de mayores efectivos que los tres Ejércitos juntos. “Nuestros ejércitos se entrenaban y se entrenan poco y quizá no muy bien, sobre todo debido a la carencia de presupuesto, pero últimamente debido también a la falta de personal y a la multiplicidad de misiones que nuestro soldados deben desarrollar”. También ha distraído efectivos en una función que no es estrictamente castrense, la Unidad Militar de Emergencias, lo que acaso constituye una muestra más de la intención de “desmilitarizar” el Ejército.


Candil dispara dardos a tirios y troyanos, y sobre muchos de ellos, altos mandos militares, no ahorra adjetivos francamente descalificadores. También cita a amigos y compañeros de promoción y no elude discrepar a censurar algún aspecto concreto de su actuación, aunque en tales casos siempre les salva diciendo que el interfecto “era un perfecto caballero”. Capítulo aparte son los ministros de Defensa: Narcís Serra “despreciaba claramente al estamento militar y no tenía ningún interés en hacer reformas constructivas”; Eduardo Serra un “oportunista ligado a la industria del armamento”; Bono “consideraba a las Fuerzas Armadas como algo personal suyo y a los generales como poco más que secretarios a su servicio”; y de Carme Chacón citica sus “desvaríos”, sobre todo en nombramientos altos mandos. El que sale más tocado es Federico Trillo, el único titular de esa cartera que, aparte Gutiérrez Mellado, era militar (aunque “aspirino”, porque pertenecía al Cuerpo Jurídico), al que califica como “probablemente el peor ministro de Defensa de la historia” (le acompaña a la par Moratinos, “uno de los peores ministros de Asuntos Exteriores de España”. El único que se salva es García Vargas “probablemente el mejor ministro de Defensa que haya habido dentro de la incapacidad general… (porque) se tomó en serio su cometido”. También Franco recibe su estacazo por su “política de hacer generales a los incapaces”.


De los grandes temas de discusión apunta que la oposición socialista a OTAN fue un grave error y que algunas de las imitaciones que se impusieron al aprobar el ingreso en referéndum fueron luego alegremente sobrepasadas (integración en estructura militar e introducción y almacenamiento de armas nucleares) En cuanto a la catástrofe del Yak-42, critica que se sancionase a tres chivos expiatorios cuando “la responsabilidad mayor estaba, sin duda, en la contratación del vuelo que fue del Estado Mayor Conjunto de la Defensa… (y) que no hizo nada sin contar con la aprobación del Ministerio”.


Hay algunas revelaciones interesantes. Así Bono no cesó a petición propia, sino como consecuencia del incidente producido por el discurso del general Mena; Carrero Blanco protegió y apoyó a Felipe González para que en el congreso socialista de Suresnes se sobrepusiera al PSOE histórico; y el general Aramendi se suicidó en 1981 “aparentemente insatisfecho o decepcionado con el curso que habían tomado los acontecimientos”.


Candil, que se dice discípulo de Stanley Payne y admirador de Julio Busquets y que critica la ley de memoria histórica porque “una ley que reescribe la historia”, considera que “la incompetencia ha venido siendo la tónica habitual de los órganos de dirección de las Fuerzas Armadas y del Ministerio de Defensa”. Y añade: “No hay duda que el alto mando militar se halla inmerso en un profundo fracaso moral… cabe hablar de casi todo, prevaricación, tergiversación, manipulación y corrupción consentida desde el Estado. Todo por la Patria”. Pero quizá todo ello sea consecuencia de que “la opinión pública española ha mostrado tradicionalmente un profundo desconocimiento y desinterés por los asuntos internacionales y de la defensa nacional”.

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