miércoles, 2 de diciembre de 2020

Adolescentes del siglo XXI, padres del siglo XX

Román Pérez Burin des Roziers

Adolescentes


Nunca fue fácil para los padres criar y convivir con adolescentes, me refiero a eso en lo que se transforma un niño a partir de completar el desarrollo sexual biológico. Y más concretamente, a los procesos de autonomía y de construcción de una identidad propia ligados a la metamorfosis corporal y al crecimiento en general. Un cuerpo que no es el del niño, que hace evidente que la infancia llegó a su fin, es un hecho para nada intrascendente. Es punto final y punto de inicio, cosa que tendrán que tramitar y elaborar tanto los padres como el adolescente.


Nunca fue fácil crecer y atravesar los procesos de la adolescencia. El reconocimiento del final de la infancia, los duelos, van de la mano de la búsqueda de una nueva imagen en la que reconocerse. Lo mismo que hicieron sus padres en el siglo XX, pero con la abismal diferencia de hacerlo en una época en la que la imagen ocupa un lugar preponderante, al punto que también necesitarán construirse una identidad virtual. Los adolescentes miran y se hacen mirar, como lo hicieron sus padres, pero ahora los adolescentes son suscriptores y seguidores de redes sociales, de canales, de blogs en los que la imagen tiene una función de nuevo lenguaje. Un lenguaje que a los padres les resulta extraño y poco conocido, diferente, en unos tiempos en los que las diferencias tienden a diluirse.


En esta época en la que la brújula de los padres ya no señala al norte parece justo que el adolescente-protagonista asuma más responsabilidades respecto a su vida, que construya su propio criterio y que siga con un mínimo de coherencia sus propias elecciones. Los aciertos y los errores serán propios, como también lo serán sus consecuencias, de manera que le permitan regularse en sus búsquedas de vivencias y de experiencias.


Necesitan de la ayuda de sus padres y de los adultos que le rodean, más en función de acompañantes que de directores de la película. Ni encima, ni detrás, ni estirando, ni empujando; solamente a su lado, junto, haciendo compañía. Los padres siguen siendo un puntal fundamental en la construcción psicosocial del adolescente, una referencia fundamental para contenerle y protegerle, en el seno de un vínculo único aunque cambiante, matriz de otros vínculos. Una referencia vital también para que el adolescente pueda discrepar, diferenciarse, oponerse, para así poder separarse y crear una identidad propia. Entre tantas miradas, la de los padres tiene una función estructurante también en este momento de la construcción subjetiva del hijo.


Seguramente esto requiera de los padres una mayor disposición a escuchar y a querer saber que a dar largos discursos y explicaciones, estar más próximos a hacer preguntas que a dar respuestas. Ello exige renuncias narcisistas, renunciar a saberlo todo, incluso a pretender saber lo que le conviene al adolescente para su vida. Es decir, poder soportar ese no saber, más próximo al dicho socrático que a la ignorancia propiamente.


También para el adolescente es dura la caída del pedestal, los padres ya no son seres fantásticos, omnipotentes y omnisapientes, sino personas con sus limitaciones, sus defectos, sus errores y sus incongruencias. Como dijo un adolescente sorprendido por su descubrimiento: yo no sabía que los padres tenían miedo.


Continuando con las renuncias narcisistas, resulta saludable aceptar que estos procesos puedan requerir de ayuda externa, como es el caso de una consulta con un psicoanalista, tanto para los padres como para los adolescentes. A veces, como titulaba en este blog nuestro compañero José Leal su artículo de octubre, “querer no es poder; hace falta la ayuda”. La complejidad y la vertiginosidad de los cambios puede resultar desconcertante, generar sensaciones de impotencia y de frustración. Incluso puede producir la tentación de abandonar, de claudicar, de dimitir, lo cual resultaría nefasto tanto si sucede en los padres como en el adolescente.


Los adolescentes de 16 o 17 años, que van a la cabeza de la generación del siglo XXI, se encuentran con una encrucijada de caminos, eso si ya no han descarrilado del sistema por problemas de índole psíquica, social, económica, cultural. A los caminos tradicionales se suman las nuevas profesiones y ocupaciones, así como aquellos más alternativos. Y la expectativa -más o menos fantaseada, más o menos virtual- de abrir un camino nuevo y propio, como hacerse famoso (sin más) o crear una start-up. Ello requerirá que sean sujetos capaces de analizar y procesar creativamente la información, sujetos activos, curiosos, con criterio propio. Para conseguirlo, una de las claves radica en que lo puedan desplegar en el contexto familiar, y que los padres lo puedan soportar, tanto en el sentido de dar soporte como en el de tolerarlo.


A los padres y a los adolescentes actuales les ha tocado vivir en una época marcada por el predominio de la imagen, que junto a su función constructiva y creativa, también es laberíntica y engañosa. La imagen no es la cosa.

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