La dichosa autoestima

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Autoestima


Se cumplen ahora diez años de la prohibición del cero en las evaluaciones de la secundaria por el Ministerio de Educación. En su momento la novedad despertó poco interés en los medios y, de hecho, hay mucha gente que ignora el dato y se sorprende al conocerlo. Está prohibido como nota final y también como nota de un examen.


¿Qué pasó? ¿Por qué está prohibido? Pues está prohibido como nota final porque las evaluaciones son "continuas y progresivas" y al parecer no cabía en la cabeza de los asesores ministeriales la posibilidad de la existencia de alumnos que pasan tres pueblos de cumplir con ninguna actividad de las propias de tal condición. Tampoco está permitido poner un cero al alumno que deja en blanco todas las respuestas de un examen o que responde incorrectamente a cada una de ellas. El asunto es que el alumno se merece, por lo menos, un 1 porque se ha presentado a la prueba de modo que un cero, además de una injusticia puesto que ha honrado con su presencia el aula del examen, es un grave ataque a su autoestima que puede causarle daños psicológicos.


La prohibición del cero no cambia gran cosa el resultado final, pero resulta una manifestación clara de la pusilanimidad y de la ignorancia de los asesores ministeriales respecto a las consecuencias de esa medida en la imagen de sí de los alumnos. Es casi tan ridículo como aquello de "progresa adecuadamente" o "necesita mejorar", otra manera de mirar a un lado cuando hay alumnos que no aprenden. Diez y cero son hitos simbólicos que contribuyen a que los alumnos sean capaces de situarse en el mundo.


Y así estamos, en un universo donde las tonterías sobre la psicología hacen ley. Si nos centramos en la autoestima veremos que el gran lugar que ocupa en el discurso contemporáneo da pie a enormes confusiones.


Hay que entender que la autoestima no es buena per se aunque hoy sea un lugar común que una elevada autoestima es muy deseable. Pero que eso no es ninguna panacea es fácil de demostrar: el culmen de la autoestima se produce en un estado patológico grave, en aquellos episodios maníacos donde el sujeto se siente maravilloso, potente, capaz de todo y hasta rico lo que -estando tal sentimiento lejos de sus capacidades reales- puede dar pie a grandes descalabros en su vida cotidiana y en la de la su gente cercana. Quién no conoce, por otra parte, a alguna de esas personas encantadísimas de conocerse, insoportables precisamente a causa de su ilimitada autoestima, no hay patología grave en esos casos pero resultan gente muy pesada para aquellos que tienen que aguantarla.


La autoestima se mide por la distancia que hay entre el Yo y el Ideal del Yo y conviene no olvidar que ambas instancias son, en mucho, inconscientes. A mayor cercanía entre Yo e Ideal del Yo mayor autoestima y viceversa. Digamos solamente que una alta autoestima será una buena cualidad solamente si va acompañada de la capacidad para la autocrítica.


El cultivo de la dichosa autoestima por el método de no exigir nada a los alumnos y a las alumnas contribuye a confundirles sobre el lugar que ocupan en el mundo donde se encontrarán más de una vez con que no basta con creerse guay para lidiar con la vida.


Muchos y muchas docentes encuentran progresivamente difícil y hasta imposible el ejercicio de su profesión, así se explica el gran número de bajas por depresión que se dan entre los y las enseñantes que, maniatados ante las ocurrencias pedagógicas de los burócratas, ven cómo se va imponiendo la idea de que si en una clase suspende mucha gente la culpa será del profesor porque no ha logrado “motivar” lo necesario a sus alumnos.


Es obvio que cada docente tiene una enorme responsabilidad en el logro de la transmisión de conocimiento de una materia pero no debería ser menos evidente que “enseñar” requiere de un correlato que es “aprender” y que quien debe hacerlo son los alumnos. Pues no, porque, al parecer, los alumnos son espíritus delicados que aprenden por ósmosis o cosa semejante y estudiar está fuera de sus frágiles funcionalidades…


Un respeto, por favor: si a estos mismos alumnos y alumnas se les tratara desde el parvulario como a personas responsables y capaces, en la medida que su edad lo permita, mucha gente se sorprendería de los resultados.


La prohibición del cero - un invento de una ministra de Zapatero que ninguno de sus sucesores ha cuestionado - se da en un universo en el que docentes y discentes se encuentran demasiadas veces con programas y programaciones inadecuados, currículos poco interesantes, intrusiones directivas de las diversas autoridades educativas, expresiones de deseo y/o hasta exigencias de porcentajes de aprobados, una enorme precariedad de medios… eso es lo que hay en demasiados lugares y en ese marco hay que hacer el trabajo. Habrá sitios en los que todo esto no suceda o no suceda todo al mismo tiempo, aunque es seguro que muchos docentes reconocerán el cuadro.


Todo ello no obsta tampoco para que la vida diaria en escuela pueda ser hasta entusiasmante y haya momentos donde esos mismos docentes y discentes disfrutan de experiencias enormemente satisfactorias y significativas - placenteras, interesantes,divertidas, vivificantes, conmovedoras, cómicas, dramáticas, estimulantes…-.


La educación, que empieza en la familia, es un camino que debe llevar a un sujeto desde la dependencia absoluta a la autonomía de pensamiento y de acción. La escuela es el lugar delegado por la sociedad donde debe asegurarse que ese camino se pueda andar. No se consigue eso prohibiendo el cero ni dando aprobados por un colador - se puede llegar a pasar un curso tras otro con cinco materias suspendidas... - de manera que tenemos a demasiados jóvenes ignorantes a quienes se les ha fomentado una alta autoestima, una combinación que puede llegar a devenir peligrosa para sí mismos y también para la sociedad.


A veces el resultado de la actual deriva insensata de la educación es sobre todo triste: la cajera del súper pareció fundirse al mismo tiempo que se averió la caja registradora, con 40€ en la mano no sabía dar el cambio porque el aparato falló y aunque mostraba el total (24'38€), no indicaba la suma del importe a devolver. La muchacha, inerme frente al fallo del sistema, no se aturulló ni poco ni mucho. Entre risas aceptó la exacta cuenta de su cliente -un señor mayor risueño y amable- y le entregó los 15'62€ que éste le apuntaba; cerrada así la transacción la cola se trasladó a otra caja.


No es un caso aislado, escenas de este tenor no son insólitas por más que se suponga que se sale de la Primaria sabiendo restar, del mismo modo se suponen conocimientos jamás adquiridos a jóvenes que han obtenido sus diplomas de secundaria. Podemos suponer también que la nulidad de sus conocimientos no habrá afectado a su autoestima. Un gran éxito de nuestra educación obligatoria.

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