El Adriano de Marguerite Yourcenar es Lluis Homar

Romea presenta la versión dramática que hizo Julio Cortázar de la biografía novelada del emperador hispánico.

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Lluis Homar en Memorias de Adriano
Lluis Homar en Memorias de Adriano

 

Pablo-Ignacio de Dalmases

 

Pocas ciudades, fuera de Roma, Constantinopla o Viena, pueden enorgullecerse de haber dado a luz a tres emperadores, como es el caso de la sevillana Itálica. Con toda seguridad Trajano, pero muy posiblemente también su sobrino Adriano e incluso Teodosio el Grande –de quien, aún reconociendo su origen hispano, algunos consideran oriundo de Coca- nacieron en la ciudad fundada por Escisión el Africano para solaz y descanso de los valientes soldados que lucharon a sus órdenes en la segunda guerra púnica y que en su mayoría eran procedentes de la península italiana. De ahí el nombre que adquirió esta colonia latina que fue la primera de España. Adriano, como su antecesor y sucesor -Marco Aurelio-, aparecieron en un tiempo que marcó el cénit del poderío del imperio romano de occidente y, como ellos, ejemplifica el paradigma de las mejores artes del buen gobierno que compatibilizó con una sólida cultura, fuertemente enraizada en la herencia griega. Todo lo cual le convirtió en un personaje fascinante, capaz de subyugar a la escritora francesa Marguerite Yourcenar que, en su novela “Memorias de Adriano”, imaginó la confesión epistolar que podría haber dirigido en su ancianidad a su amigo Marco para reflexionar sobre su peripecia vital y describir su pensamiento.

 

A la excelente obra narrativa de la escritora belga le cupo el honor de ser traducida y adaptada al español por otro gran escritor, Julio Cortázar, que compartió con Yourcenar un curioso hecho biológico: ambos habían nacido en Bruselas (este último, por la profesión de su padre, diplomático argentino) Dicho texto, con dramaturgia de Brenda Escobedo y dirección de Beatriz Jaén, fue una coproducción entre el Festival Internacional de Teatro de Mérida que llega ahora mismo al coliseo de la calle del Hospital.

 

Las “Memorias de Adriano” de Yourcenar/Cortázar son en realidad un largo monólogo, género que exige, si no se quiere incurrir en el ridículo, disponer de un gran actor y Lluis Homar lo es. Tiene, por otra parte, el punto cronológico de madurez que cabría imaginar en el momento en que el emperador hispano hubiera podido expresar sus vivencias en la forma en que lo hizo la autora del texto, detalle que contribuye a darle credibilidad. A partir de ahí, es Homar quien tiene que poner en ejercicio sus acreditadas capacidades dramáticas y su dominio de la expresión oral para hacer viable la transformación de Adriano de persona física de carne y hueso en uno de esos personajes que dejan huella en la historia. Homar convierte el monólogo en un ejercicio de arte interpretativo, con voz audible -mérito hoy infrecuente en muchos profesionales de la escena- y una portentosa gana de registros. 

 

Se ha querido aliviar la soledad del único intérprete del monólogo con la compañía de una serie de personajes secundarios, todos ellos mudos, que invitan al espectador a contextualizar a Adriano en la intemporalidad y que, a fuer de sinceros, diríamos que son prescindibles, salvo el caso del interpretado por Álvar Nahuel, que induce a corporizar el recuerdo que Adriano tuvo hasta el final de sus días de Antínoo, el gran amor de su vida. 

 

En “Memorias de Adriano” y tal como dice Beatriz Jaén, “pasado y presente se acercan más que nunca a través de las luces y sombras de un emperador que al igual que los líderes políticos de ahora sabía muy bien que el poder requiere de una gran ficción que le dé forma y lo impulse. Todo líder que quiera trascender más allá de su tiempo y quiera alcanzar la eternidad, ha de construir su propio relato. Más allá de una toga o un traje de chaqueta, Adriano, diecinueve siglos después, nos resulta actual como líder y alto mandatario pues en cuestiones de liderazgo hay muchas cuestiones que no han cambiado como la ambición o el posicionamiento ante un conflicto bélico. Pero también nos resulta actual por cómo Adriano despliega su pensamiento ante nosotros. Y es que la capacidad reflexiva de Adriano, que se toma el tiempo y el espacio necesarios para su desarrollo, más que distanciarnos y resultarnos demasiado clásico y poético, nos acera a él y nos atrapa. Ese tiempo y espacio que conquista sin miedo Adriano para poner en el centro el pensamiento resulta hoy en día totalmente revolucionario y, por supuesto, totalmente teatral”. 

 

No hace falta añadir ni una coma para concluir que esta versión dramatizada de la novela de Yourcenar es un gran texto que vale la pena escuchar con delectación y en respetuoso silencio.

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