“Arte secuestrado”:de los mármoles del Partenón al busto de Nefertiti
Catherine Titi y Katia Fach Gómez estudian el problema que plantea la restitución de tesoros artísticos expoliados por las potencias coloniales que detentan, con harto discutible legalidad, entre el 90 y el 95 por ciento del patrimonio cultural africano
Los mármoles del Partenón, extraídos por lord Elgin, y transportados hasta Gran Bretaña, o el busto de Nefertiti, exportado subrepticiamente de Egipto para recalar en Berlín, ambos casos en el siglo XIX, constituyen, sin duda, los ejemplos más palmarios de un problema que había permanecido soterrado durante varios siglos, pero que al final ha emergido con fuerza: el derecho de los territorios originarios a la recuperación de sus tesoros artísticos que fueron decomisados por las potencias coloniales. Se trata sin duda de un problema complejo, puesto que a lo largo de los siglos los expolios han constituido un botín habitual de los ejércitos vencedores en cualquier conflicto armado, pero Catherine Titi y Katia Fach Gómez se circunscriben a ciertos casos concretos en los que tales incautaciones se produjeron como resultado de determinadas actuaciones de expansión colonial al punto de hacer posible que entre el 90 y el 95 por ciento del patrimonio cultural africano se encuentre actualmente en instituciones europeas y norteamericanas, tal como indican en su libro “Arte secuestrado” (Península)
Las autoras estudian, además de los ya citados casos, los referidos a los restos del príncipe Alemayehu y los tesoros etíopes de Magdala, los bronces de Benín (ciudad situada hoy en Nigeria, no el país que actualmente ostenta dicho topónimo), los objetos procedentes de Java o el penacho de Moctezuma. Y explican que cada caso tiene su propia problemática. Así cabe poner en tela de juicio la veracidad del firmán o documento que el diplomático inglés ante la corte otomana utilizó para su saqueo particular de la Acrópolis, así como el destino que tales mármoles tuvieron puesto que, arruinado Elgin, acabaron en parte diseminados por varias propiedades particulares inglesas y en parte en el British Museum. Parecido fue el caso de los tesoros etíopes que resultaron parcialmente subastados, mientras que otros acabaron en aquel mismo museo; o los bronces de Benín, un “ejemplo de arte grandioso que se encontraba entre las más altas cumbres de la escultura en vaciado”, en algunos casos devueltos por Francia y Alemania, pero no por Gran Bretaña. Notable fue el caso de los bienes expoliados por los holandeses en las Indias Orientales (Indonesia) o el del llamado penacho de Moctezuma, hoy en el Museo del Mundo de Viena, que ofrece dudas tanto sobre su verdadero origen, como acerca de la legalidad de su posesión.
Titi y Fach Gómez subrayan las diversas reacciones habidas en los países que actualmente detentan estos tesoros. Aunque la actitud inicial es de evidente resistencia a la restitución, esta va acompañada sin embargo de declaraciones favorables, más o menos explícitas, de los respectivos organismos oficiales que, sin embargo, no suelen ir acompañadas de actuaciones efectivas o las retardan. Elogian, en cambio, la postura de los Países Bajos, donde la voluntad de restitución va acompañada del reconocimiento expreso de los errores cometidos.
Todo ello conduce, quiérase o no, a un proceso cada vez más inevitable de devolución que, sin embargo, plantea numerosos problemas. Entre ellos el de dilucidar a quién corresponde la propiedad legal de los bienes expoliados en el pasado, el reconocimiento de que la vía judicial no es la única, la elusión de componendas como el préstamo, depósito o intercambio, o la constatación de que la restitución constituye una obligación moral que no necesariamente asociada a una ideología política concreta.
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