¿La caída de Jamenei en Irán provocará una escalada bélica global? El dilema moral

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Manifestación por la muerte de Alí Jamenei REMITIDA / HANDOUT por IRNA Fecha: 01/03/2026.

 

​Las significativas manifestaciones callejeras contra el régimen iraní, junto con la confirmación de la muerte de Ali Jamenei y el inicio de la operación "Furia Épica" han colocado al mundo en el umbral de un reordenamiento forzoso. 

Lo que comenzó como un ataque contra el programa nuclear iraní, liderado por la administración Trump y el gobierno israelí, parece haber mutado en un intento de desmantelamiento total de la República Islámica.

Si lo vemos en perspectiva, la situación actual en Irán no debería considerarse como un evento aislado, sino más bien como una suerte de segundo frente de un conflicto geopolítico global que tiene años gestándose.

Esto no solo nos pone en el umbral de una guerra híbrida global, sino que, además, plantea un dilema a todas las potencias mundiales, pero principalmente a Rusia y China.

Moscú podría perder a su principal aliado logístico (drones y misiles) para su guerra en Ucrania y, aunque pudiera reforzar sus bases en Siria para contener la influencia de EE. UU., una intervención directa en suelo iraní resulta improbable mientras sus recursos sigan comprometidos en el frente ucraniano.

Al mismo tiempo, la vulnerabilidad de China como principal consumidor y casi dependiente del crudo iraní, podría constituirse en una amenaza para su seguridad energética. El envío de escoltas navales chinas para sus petroleros, situaría a las dos armadas más grandes del mundo en un curso de colisión frontal.

Y no hablemos de lo que Norteamérica y Europa estarían poniendo en juego en una confrontación de esta naturaleza. Y es que las acciones de Washington e Israel han generado grietas en la alianza atlántica. Así, mientras el Reino Unido ofrece un respaldo silencioso, el eje Francia-Alemania-España observa con alarma la falta de consenso en la ONU. Y si eso fuera poco, la Unión Europea teme que el colapso de Irán provoque un éxodo masivo que eclipse la crisis de 2015, convirtiendo a Irán en una nueva Libia o Siria, pero con armamento y tecnología mucho más avanzada.

Así que, el riesgo de una conflagración global depende de un "punto de no retorno": el enfrentamiento directo entre activos de las grandes potencias. Por ejemplo, en el caso de un ataque ruso a aviones, barcos e instalaciones de los EE.UU. obligaría a Europa a entrar en guerra abierta; y si China aumenta su presión o ataca a Japón o Taiwán, se esperaría que la respuesta armada norteamericana fuera inmediata.

Habría que agregar las respuestas de Irán, atacando las bases militares norteamericanas en Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, y el cierre del Estrecho de Ormuz, a través del cual circula cerca del 25 % del petróleo mundial.

​Faltaría considerar el “Factor Nuclear”, pues el punto más crítico es la doctrina rusa que permite el uso de armas nucleares tácticas ante cualquier acto que consideren una amenaza a su existencia. Una "detonación de advertencia" rompería el tabú nuclear vigente desde 1945 y nos llevaría al terreno de la posible destrucción mutua asegurada, y con ella a casi toda la humanidad.

Estamos pues, a las puertas de un conflicto que podría dejar de ser una disputa regional sobre el programa nuclear, el terrorismo o los derechos humanos, para convertirse en una lucha final por la supremacía global, ya que, sin canales diplomáticos de emergencia inmediatos, la escalada amenazaría no solo el orden político, sino la propia supervivencia de la humanidad.

No obstante, y más allá de los asuntos de la geopolítica o las ideologías, subyace aquí un problema más profundo, el cual tiene que ver con las bases morales, los principios éticos y los niveles de conciencia que han permitido la trasmutación de la ciencia y la tecnología en un instrumento totalmente descontrolado al servicio de la guerra híbrida, en vez de una herramienta para elevar el nivel de conocimiento de la humanidad sobre si mismas y se entorno de vida, así como para resolver los problemas urgentes que la agobian y amenazan. 

Lo que está ocurriendo ahora mismo en el Medio Oriente parece estarse convirtiendo en un “laboratorio sangrante”, tal como nos refiere el científico venezolano Oscar Fernández Galíndez, en su ensayo titulado “El canto de sirenas tecnológico”, pues lo que nos muestran las noticias y las redes, “no son batallones marchando, ni soldados en trincheras, llenos de lodo, sino sabotaje económico, ciberataques, y misiles hipersónicos y drones teledirigidos, lo cual difumina por completo, la línea entre estar en paz o estar en guerra, sin distancia entre apretar un botón y causar daño en el mundo real”.

El resultado es haber echado por tierra la promesa de que la ciencia y la tecnología no llevarían “por el camino que conduce a la felicidad”. 

Él explica en su ensayo, que los misiles y los drones crean una violencia totalmente asimétrica, o sea, una violencia sin riesgo para el atacante, lo cual termina cosificando al enemigo, es decir, tratándolo como un objeto sin humanidad. Así, la ciencia ha sido secuestrada para servir a mitos intersubjetivos como proteger al Estado Nación, mantener el flujo económico o buscar una seguridad absoluta imaginaria.

En una analogía brillante, Fernández Galíndez utiliza el mito de Prometeo, pero con la diferencia de que es la tecnología la que ha robado el fuego a los dioses (la capacidad de destrucción instantánea, sin compromiso moral o ético) y que, además, no son los tecnólogos los que sufren el castigo, sino la propia humanidad, pues se les permite “lavarse las manos argumentando que ellos solo escriben (0 y 1) ceros y unos”.

Frente a esta situación, el autor culmina ofreciendo algunas propuestas alternativas: a) La necesidad de una ciencia abierta y participativa, donde no existan laboratorios secretos, inescrutables para la ciudadanía. Y es que la gente común debe tener voz y voto en el futuro tecnológico que se está construyendo porque nos afecta a todos; b) establecer un nuevo contrato social para los científicos y tecnólogos, pues ellos deben tener el deber moral e ineludible, de negarse a crear armas de destrucción masiva y además que existan comités de ética en las instituciones con verdadero poder de veto capaces de frenar Investigaciones peligrosas y que puedan cancelar cualquier proyecto de esa índole; c) recuperar el humanismo en la educación para crear técnicos con la capacidad de interrogarse y actuar cuando considere que no está bien hacer lo que se les pide, lo que Edgar Morin denominaba “Ciencia con consciencia”; y finalmente, d) actualizar con urgencia, el derecho internacional. Las convenciones de Ginebra y La Haya fueron escritas para otro mundo; uno de uniformes, trincheras y fusiles convencionales, pero que no sirven para regular ciberataques, armas biológicas o invisibles, enjambres de drones autónomos y misiles hipersónicos. Total, ya tenemos un arsenal de armas nucleares capaces de destruir el mundo seis veces, y no necesitamos las armas letales autónomas; debería establecerse la regla de oro de que siempre debe existir un control humano significativo, de modo que una máquina jamás pueda decidir quién vive y quien muere. 

Pensemos por un momento qué sucederá cuando la inteligencia artificial sea capaz de escribir por sí sola los códigos para la guerra. ¿A quién le pediremos rendición de cuentas? 

Estamos pues, sin duda alguna, en un momento de extrema tensión, pues las acciones del 28 de febrero de 2026 marcan uno de los puntos más críticos en la dinámica geopolítica reciente. 


 

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