El largo y enrevesado caminar hacia el “no a la guerra”
El "no a la guerra" no es una ocurrencia del gobierno español, sino una aspiración de la gran mayoría de los ciudadanos europeos y de este complejo mundo en el que vivimos. Parece mentira que esa experiencia temporal, la vida, que Dios nos regala y el Diablo nos quita, esté ensombrecida por el humo de las bombas y el plomo de las palabras.
La belicosidad es un rasgo que caracteriza a los que transitaron y transitamos escribiendo la historia por los senderos de este mundo . Desde que Caín le soltó un garrotazo a Abel, su hermano, la humanidad no ha dejado de poner en valor este adjetivo que tanto nos define. Se ha instalado en nuestro ADN y, todavía, no se ha encontrado la fórmula para desalojar a este peligroso ocupa. Todo lo contrario, el garrote ha ido evolucionando, transformándose en artilugios cada vez mas sofisticados hasta convertirse en armas de destrucción masiva.
Se dice que fueron los celos los que desataron la cólera de Caín, por haber encontrado Abel una forma más inteligente de agradar a Dios. Esto me lleva a pensar que lo que provoca la cólera, y como consecuencia las guerras, es la utilización de fórmulas poco inteligentes. ¿Somos inteligentes?, me pregunto y la respuesta es que sí y prueba de ello es que somos capaces de enriquecer el uranio para fabricar armas de destrucción masiva. La culpa no la tiene el uranio o su enriquecimiento, ya que hacerlo puede tener muchas aplicaciones para el bien de la humanidad. La palabra, como el uranio, cuando no se enriquece inteligentemente se convierte en el arma de destrucción más poderosa .
Cuando decimos “no a la guerra”, estamos diciendo “no” al enriquecimiento estúpido de la palabra. La estupidez humana no es patrimonio de unos o de otros, sin darnos cuenta la engrandecemos todos cuando decimos lo primero que nos llega al cerebro. Ya sabemos desde donde nos llega, quizás yo lo esté haciendo en estos momentos, pero procuro impedir ese fluir del lenguaje poniéndome una compresa. El “no a la guerra” no necesita compresa y me satisface escuchar que Europa, y más allá de nuestra comunidad, se esté diciendo o, por lo menos, pensando lo mismo.
Me satisface escuchar una noticia de última hora en la que Wang Yi, ministro de asuntos exteriores de China, posiciona a su país como “garante de la estabilidad global y de la justicia” y se suma, con claridad, al “no a la guerra”. Estoy convencido de que dormiremos más tranquilos, sobre todo los taiwaneses. Pienso poner una vela a San Judas Tadeo, abogado de las cosas imposibles, con la esperanza de que “los Cainitas” se sumen a esta pacífica cruzada.
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