Víctimas y clasismo
Resulta adecuado traer aquí unos versos escritos al poco de acabar la Primera Guerra Mundial y la Revolución bolchevique, su autor es el poeta y dramaturgo irlandés William B. Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.
Quienes apuestan sus vidas por el ejercicio sistemático de la violencia se aficionan a embriagarse con sus acciones, y se caracterizan por su ansia de dominio, intimidando y maltratando; el goce de ganar dejando víctimas en la cuneta o donde sea. Ante este tipo de agresiones, no se puede ahuecar el ala como si nada pasara, so pena de degradarse y hacerse cómplice. ¿Hay algo que se pueda hacer ante lo que parece irremediable?
Resulta adecuado traer aquí unos versos escritos al poco de acabar la Primera Guerra Mundial y la Revolución bolchevique, su autor es el poeta y dramaturgo irlandés William B. Yeats:
“Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.
La ferocidad de los violentos, y de la gente de la peor calaña, contrasta con la pusilanimidad de buena parte de los mortales, cuya ‘alma pequeña’ y apática les impide activar una inteligencia previsora y reaccionar con oportuna firmeza ante los ataques de quienes están desprovistos de todo miramiento con la realidad de la vida humana.
¿Y qué pasa cuando entramos a distinguir clases de víctimas: los ‘buenos’ y los ‘malos’? Otro clasismo, tan frecuente como inaceptable, que es un fraude. Veamos este caso: El historiador Gaizka Fernández Soldevilla, responsable del archivo y documentación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, situado en la ciudad de Vitoria, ha rescatado del olvido a Dionisio Medina Serrano y lo ha hecho en la revista Andalucía en la Historia. Lo presenta como el primer andaluz víctima del terrorismo. ¿Quién era este hombre?
De familia muy humilde, trabajó como temporero en las campañas del arroz y la fresa. Ya casado y teniendo una hija, entró con 31 años de edad en la Guardia Civil. Tres años después murió asesinado, el 7 de marzo de 1971. La tarde anterior a su muerte, estuvo destinado en el puesto de vigilancia de la estación de tren de La Sagrera, en Barcelona. El servicio se desarrolló con normalidad y sin incidencias. Al concluirlo a las siete de la mañana, Dionisio se dirigió a su casa, ya solo, sin su compañero de trabajo, y al pasar al lado de la Agencia de Recaudación de la Diputación de Barcelona se percató de un bulto en la ventana de la oficina (o bien vio que alguien lo dejaba), lo cierto es que entonces se produjo una explosión y la onda expansiva lo lanzó varios metros más allá y se estampó contra la pared (la potencia de una bomba equivalente a dos kilos de TNT); una muerte instantánea que lo dejó amputado e irreconocible.
Se sabe que el artefacto fue puesto por el Front d’Alliberament de Catalunya (FAC), grupo ultranacionalista que apostó por las bombas. Estaban influidos por la revolución cubana y el Vietcong, y, al igual que los etarras, exhibían un antifranquismo no democrático. Rechazaban el capitalismo y la democracia liberal. Creían que el fin utópico justificaba los medios sangrientos.
Dionisio Medina fue su primera víctima mortal. Cuenta Gaizka que el hecho de que se tratara de un guardia civil fue un alivio para los terroristas, pues “temían haber matado a uno de los niños que habían visto pasar al lado del artefacto justo después de colocarlo”. En 1972, al año siguiente, la policía detuvo a nueve miembros del FAC y dos de ellos fueron condenados a penas de veinte y treinta años ‘por un delito continuado de terrorismo’. El tribunal no consideró probado que hubiesen estado directamente implicados en la muerte del joven guardia civil. El grupo se autodisolvió a comienzos de 1977. La Ley de amnistía de octubre de ese mismo año eliminó la responsabilidad penal por los delitos de terrorismo cometidos antes de las primeras elecciones democráticas en España (15 de junio de 1977). Ni juicio, ni sentencia, ni condena. No solo esto, nadie quiere tener presente que la mujer de Dionisio Medina debió esperar un año para recibir una escasa paga de viudedad. “Como era común durante la década de los setenta y los ochenta –dice Fernández Soldevilla-, la familia quedó prácticamente abandonada por las instituciones”.
El historiador bilbaíno concluye su artículo resaltando que esta víctima es un ejemplo de desmemoria colectiva. “¿A qué viene recordar —dirán algunos— a un número de la Guardia Civil de la época de Franco?”. Por aquí se cuela la sordidez clasista que hace caso omiso de la condición personal de alguien como Dionisio Medina (y su familia). Una discriminación que, en cambio, muestra interés, simpatía y evidente comprensión hacia los victimarios. Se da a entender que a la víctima le tocó serlo, porque pasaba por allí, qué le vamos a hacer: Mala suerte.
Efectivamente, queda mucho por hacer para poner en el centro del relato histórico a quienes sufrieron la violencia terrorista. Ante todo, indignarse por respeto y humanidad: una empatía profunda .
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