sábado, 7 de diciembre de 2019

​Recuperar lo perdido

Lilia Cisneros Luján

DIOS


Frente a desgracias, que implican grandes pérdidas –sismos, incendios, naufragios, explosiones–,  muchos optimistas se congratulan por continuar con vida “de lo perdido lo que aparezca” sentenciaban en los ranchos, después de la helada o la tormenta. En el siglo XXI[1][1] la mayor pérdida parece relacionarse con los sistemas informáticos: un archivo, el correo electrónico, el documento que no guardamos, parecen ser lo más valioso que no estamos dispuestos a perder a dos mil dieciocho años de la era cristiana[1][2]. ¿Cuánto has pagado para que un joven técnico recupere lo que un virus informático corrompió en tu computadora?



Si de placer o satisfacción se trata, son miles los artículos y opiniones que sistematizan las causas de la pérdida de felicidad: ¿Te sientes infeliz porque terminaste con el amor de tu vida? Si el defraudador profesional te robó el ahorro de toda tu existencia ¿Es por exceso de ingenuidad o de ambición de tu parte? ¿Qué pasará con tu independencia vital ahora que se terminó tu empleo y por ende el salario fijo que recibías? ¿Que se extravía dentro de tía cuando descubres que tu mejor amigo o tu familiar más cercano en realidad solo están interesados en tu riqueza material?


El día de ayer, reconocido por la comunidad cristiana mundial como domingo de ramos o de palmas pone en el centro de la reflexión un momento en la vida de Jesús de Nazaret en el cual las masas le vitorean y reciben con júbilo, según se relata en los evangelios del nuevo testamento. El de Lucas es digno de reflexión sobre todo, cuando se puntualiza que el entraba a Jerusalén, para “recuperar y salvar lo que se había perdido”. 


¿Cómo recuperas la música favorita que te fue robada hace años por el acomodador de tu auto en un estacionamiento? 


¿Te preocupa el destino final de las miles de fotos que tomaste en el viaje de aniversario y que se fueron en la cámara -celular o tradicional- que alguien sustrajo durante el trascurso de días de felicidad? ¿Por qué abruma más la desaparición de tu vástago que su misma muerte? Frente a la multiplicación de “bacterias raras” sin que alguien pueda decir cual es su identidad -mutación, origen químico, guerra bacteriológica- que están dejando al borde de la muerte o en la misma tumba a miles de seres humanos.


¿Qué es lo que la humanidad ha perdido y cual el valor que se tiene que salvar?


En el lapso de una semana, donde compiten la tradición –cultural e incluso la fe de muchos- y la modernidad turística, apenas emergen casos bíblicos de hijos perdidos o bienes robados[1][3], justo a personas pertenecientes al “pueblo escogido” por un Dios de amor que nunca deseaba la muerte del ser humano sino su vida, extraviada a fin de cuentas por un mal uso de la libertad que otorgó desde el inicio de los tiempos a sus criaturas.


Si alguien sabe del dolor de dejar de tener lo que más se ama es justamente Dios, de ahí su búsqueda constante para evitar a todos lo que por Fe, creyendo en su hijo primogénito, no se pierdan sino que gocen de vida eterna. Tratar de experimentar esto no es fácil en una época del mundo donde lo material prevalece sobre lo espiritual, etapa que caracteriza al creyente tachándolo de loco, anticuado, fanático e irracional. Categoría histórica en la cual parece más relevante TENER que SER; posibilidad de salvación que pretende resolverse con autos blindados, sistemas de imagen indispensables para identificar a los mafiosos y cuartos cerrados para esconderse de quien desea dañarnos.


SEMANA SANTA


Semana Santa, donde mientras unos recuerdan el sacrificio del hijo para cubrir la deuda acumulada de nuestra faltas pontificando la sangre y la injusticia, otros perpetúan la criminalidad robando casas habitación, negocios y transeúntes. Semana mayor donde se despliegan centenares de guardianes del orden, algunos de los cuales dejarán de disfrutar del gozo familiar mientras que otros se sumarán a la criminalidad como halcones y buitres deseosos de comer carroña.


Semana donde con todo y las campañas de inclusión e igualdad serán muy pocos los cortos de estatura -física o resultado de su apego a las riquezas materiales- dispuestos a subir a un árbol para ver más de cerca al único Dios que busca recuperar la vida de los extraviados. Semana de oportunidad para volverse a la casa del Padre, dispuesto siempre a recibir al pródigo aun cuando sus equívocas decisiones le hayan dejado en la pobreza y marginación más vergonzosa. Semana en la cual hasta hoy han convivido en uno de los ejercicios laicos más exitosos, judíos, cristianos, evangélicos y musulmanes. Ciudad a la cual Cristo arribó en medio de palmas y desde donde fue juzgado para su sacrificio. ¿Estará el actual presidente de los Estados Unidos, consciente del valor histórico de una Jerusalén, que pretende cambiar por sus decisiones de pretendida salvación de…..?


[1][1] Se considera que estamos en el siglo XXI de la era cristiana, cuyo inicio es el nacimiento de Cristo. Se supone que Dionisio el Pequeño –monje y astrónomo de una población del suroeste de Rusia- realiza un trabajo de recopilación de fechas para la pascua en los albores del siglo VI después de cristo. Era el 248 del año Dioclesiano, convertido en 532. Esta medición no se aceptó de inmediato más allá de los círculos eclesiásticos. Es hasta la edad media que empieza a usarse como era cristiana después de Cristo.
En realidad ni Dionisio, ni nadie puede establecer de manera clara el nacimiento de Cristo, se toman para aproximarse fechas como la muerte de Herodes (antes del 4 anterior a Cristo), las referencias a la visita de los magos de oriente etc.
[1][2] Se denomina “Era” a un periodo –histórico o social- donde nuevas cosas marcan la diferencia. Es era cristiana porque el referente es el nacimiento de Cristo. Para los creyentes lo importante no es la fecha exacta sino el hecho del nacimiento, de una persona que habitó en el planeta con el propósito fundamental de salvar a una humanidad perdida.
[1][3] María Y José perdieron por tres días a su hijo Jesús, luego de asistir a las fiestas de pascua en Jerusalén. Un exitoso hombre perdió a su hijo –el pródigo porque despilfarró toda la herencia del padre- y el propio pueblo de Israel perdió durante algunos meses el arca del pacto rabada por los Filisteos: Juan 9:4; Lucas 15:11-32 y Samuel 4: 1-18

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