Relatos inventados y ética periodística

Genís Carrasco
Médico y escritor

Fake


Los relatos inventados para manipular los ciudadanos han sido algo muy habitual durante la historia de la Humanidad. Hay infinidad de ejemplos que van desde el incendio de Roma -atribuido falsamente a los cristianos por Nerón- hasta la falsa y siniestra propaganda de la prensa nazi del periodo entreguerras mediante la que diarios como Der Stürmer y Der Angriff aseguraban que los judíos eran los responsables de todos los males que sufría la sociedad alemana.


Con todo, en nuestra sociedad digital -accelerada, deshumanizada y obviamente manipulada-, los relatos engañosos pueden lograr efectos aún más dramáticos, debido a su facilidad para difundirse sin freno por todo el tejido social. En la Sociedad de las TICs, la desinformación vuela a velocidades hiperlumíniques por canales más vistos con anterioridad: redes sociales, como Facebook, Youtube, Whatsapp, Twitter y Google+, que compiten sin complejos con los medios de comunicación tradicionales.


La historia reciente muestra inequívocamente como los efectos incendiarios de esta información deliberadamente falsa, creada y difundida por desinformar, han alcanzado dimensiones críticas manipulando ilegítimamente la opinión del ciudadano. La lista de casos es interminable.


Algunos de los más conocidos internacionalmente fueron el del gabinete Bush que difundió 935 declaraciones falsas sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak o las noticias sobre las inventadas bondades del Brexit británico que influyeron maliciosamente en el referéndum.


Otros casos más cercanos han sido la invención de un falso relato de violencia durante los acontecimientos de 2017 en Catalunya o la espuria estrategia del partido de Albert Ribera para intentar generar -afortunadamente sin éxito- un clima de confrontación en una sociedad intrínsecamente pacífica y democrática como la catalana.


El fenómeno ha llegado a tal extremo que se ha acuñado el término "posverdad" fundamentado en que no importa que lo que se difunde sea una burda mentira siempre que satisfaga las creencias y deseos del público ingenuo. Esta falacia la aplican tanto algunos políticos como comunicadores que actúan como si su opinión valiera más que la verdad, como si su ficción fuera más importante que la realidad.


FAKE NEWS


Las fake news -informaciones difundidas a través de redes sociales con el objetivo de desinformar y engañarse, los trolls -personas que publican groserías, ofensas y mentiras difíciles de detectar con la intención de generar enfrentamiento y violencia- han apoderado de las redes sociales gracias a su capacidad de "viralizar" -publicar contenidos en redes sociales capaces de suscitar el interés de muchas personas- contenidos ficticios a costa de la ingenuidad de muchos internautas.


El hecho de que fake news, trolls y relatos engañosos, manipulados o directamente inventados por internautas aficionados infecten las redes sociales es despreciable y muy lamentable. Pero cuando esas mentiras las inventan profesionales relacionados con la comunicación -como periodistas y políticos- y los publican en medios de comunicación supuestamente serios, el resultado es sencillamente repugnante y absolutamente intolerable. Un ejemplo entre miles fue el de los medios de información periodísticos que publicaron la foto de una paciente norteamericana sometida a una septoplastia (corrección del hueso nasal) asegurando que era la de una persona agredida por retirar lazos amarillos.


Mentiras burdas como ésta no sólo dañan y desprestigian irreversiblemente el medio que lo ha difundido sino que nos hacen dudar de los valores éticos y morales de algunos políticos y de ciertos medios profesionales de comunicación.


Tal y como está el panorama político y social, tal vez sea ilusorio pedir a los políticos que respeten las más elementales normas éticas. Sobre todo en algunos partidos como Ciudadanos que han basado su única estrategia en generar falsos relatos mediante una maniobra de "Trumperización" de la política. La maliciosa estrategia de populistas radicales sin un ideario político sólido como Albert Ribera e Inés arrimada -afortunadamente no secundada por los políticos serios que son mayoría- que han pretendido generar conflicto, violencia y discordia donde no hay para obtener réditos electorales , es mezquina, miserable y totalmente reprobable y debería ser castigada enérgicamente por los electores. En consecuencia, los ciudadanos deberíamos exigir un Código Deontológico en política igual a los que existen en otras profesiones, como el de la Medicina, la Psicología, la Abogacía, la Psicología o el Periodismo. Pero tal vez sea pedir peras al olmo. Quizá sería demasiado ingenuo, ilusorio y quimérico exigir que la clase política no engañe más a los ciudadanos, no dé razones o argumentos falsos y no invente relatos ni los utilice contra los valores éticos y morales de nuestra sociedad.


Pero lo que no debe considerarse ni ilusorio ni quimérico, sino totalmente prosaico y racional, es exigir que profesionales como los periodistas -que sí disponen de Código deontológico- lo respeten y cumplan siempre y que, de lo contrario, sus colegios profesionales los sancionen proporcionalmente. No olvidemos que el Código Deontológico Europeo de la Profesión Periodística -en el que se basan la mayoría de códigos de Ética vigentes en esta profesión- tiene plena vigencia en Europa. Es un magnífico código con directrices que incluyen el respeto a la verdad, el contrastar los datos con todas las fuentes periodísticas que sean necesarias, el diferenciar con claridad entre información y opinión y la obligatoriedad de rectificación de las informaciones erróneas o infundadas.


El código deontológico es la mejor garantía para asegurar la libertad de acción del periodista, que le permite defender sus criterios ante las presiones externas. Debe proteger y avalar su legítima actuación independiente al tiempo que debe sancionar rigurosamente toda conducta reprobable. Sólo asegurando su cumplimiento evitará el desprestigio de la profesión y la desconfianza de la ciudadanía.

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