​Independencia no es anticapitalismo

Antonio Antón

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La relación entre el nacionalismo y la izquierda siempre ha sido conflictiva. Aquí solo me voy a detener en la valoración, dentro del actual procés catalán, en la posición defensora de la independencia desde argumentos estratégicos anticapitalistas.


LA INDEPENDENCIA SE SUBORDINA A LA HEGEMONÍA NACIONAL, NO AL ANTICAPITALISMO


Aunque exista una diferencia entre nacionalismo e independentismo que, por ejemplo, afecta a sectores de la CUP, anticapitalistas, o de la anterior dirección de Podem (A. D. Fachín y su equipo), su participación en la dinámica de confrontación independentista ha estado subordinada al proceso de antagonismo nacionalista impulsado por Puigdemont. La apariencia de conflicto radical del marxismo revolucionario de esos sectores es lo más asimilable a su nacionalismo antagonista, aunque se justificase como paso intermedio hacia la revolución social.


Efectivamente, la mayoría de esos sectores se declara formalmente ‘internacionalista’, no nacionalista, y su proyecto dicen que es anticapitalista o revolucionario: ya sea desde el enfoque leninista de la revolución por etapas, una primera democrática y otra segunda socialista, o para aprovechar el (supuesto) eslabón débil de la cadena imperialista de la UE; ya sea por la doctrina trotskista de la revolución permanente, integrando los dos componentes en un programa de transición hacia el socialismo. Pues bien, su estrategia está fundamentada en un error analítico favorable al voluntarismo y una actitud seguidista tras el nacionalismo, verbalmente rupturista con el Estado, pero con un poder institucional regresivo y exclusivista que queda embellecido.


No está claro que una República catalana hegemonizada por la derecha neoliberal esté más cerca de la revolución social, incluso de un Estado de bienestar más avanzado. Ni que la prioridad independentista y el antagonismo identitario genere unos valores y vínculos solidarios y una experiencia compartida para incrementar la relación de fuerzas para vencer a las derechas y generar la capacidad conjunta para avanzar en un Estado renovado y plurinacional más justo y, en todo caso, democrático. Ni que la acción propagandística para construir realidad política transformadora sea asimilable y capaz de contrarrestar la acción discursiva del gran poder mediático y cultural del bloque neoliberal que dirige el independentismo.


O sea, si el procés independentista, para la derecha neoliberal catalana, es una dinámica de afirmación de su poder de clase frente al Estado y contra el riesgo popular de desestabilizar su hegemonía; la versión izquierdista del procés pretende independizarse del Estado para, seguidamente, desbordar a su derecha nacionalista neoliberal. Hasta ahora es más demostrable lo primero que lo segundo.


Es decir, hay una ruptura entre la supuesta estrategia revolucionaria anticapitalista y una táctica subordinada a la tarea independentista. Aparte de la dificultad de que sea factible la independencia, queda por demostrar el realismo y la coherencia de ese supuesto paso, como positivo o transitorio para pasar a la siguiente fase de desplazar a las élites nacionalistas neoliberales y sustituirlas por la auténtica representación popular que dirija un proceso hacia una República socialista. Incluso si ese primer proceso diese indicios de desestabilización social o rebelión popular abierta se enfrentaría al objetivo principal del bloque de poder independentista: reforzar su hegemonía de clase dominante. En todo caso, desde un mayor aislamiento nacional todavía sería más difícil superar las constricciones fácticas y económicas, estatales, europeas y mundiales.


Desde luego, las diversas experiencias históricas de enlazar la lucha democrática o de liberación nacional con procesos revolucionarios pro-socialistas no tienen nada que ver con la situación catalana. Ni la posibilidad inmediata de construir una democracia socialista en el actual corazón europeo capitalista. Las estrategias de cambio de progreso son más complejas y, sin desconocer la historia, presuponen un esfuerzo teórico y, sobre todo, práctico, de experiencia y convergencia de las fuerzas progresistas y alternativas.


En ese sentido, hay que distinguir las distintas situaciones de poder y el papel de la acción político-discursiva o de propaganda electoral. Las clases dominantes tienen un gran control del poder económico e institucional (el Estado, que solo parcialmente es un instrumento neutro). Necesitan legitimación social y ahí tiene un papel crucial su capacidad para inculcar su relato, mantener su hegemonía cultural y su versión del sentido común. La burguesía ascendente ya tenía el control de muchos recursos económicos y mercantiles y su revolución era ‘política’, y asentada en el poder económico, social y cultural, contra la aristocracia del Antiguo Régimen.


No obstante, las capas populares, sin casi control económico ni de poder gubernamental e institucional (o muy poco y periférico como la representación parlamentaria, la gestión de algunos municipios y la participación, cogestión o gobernanza dependiente en algunos organismos y empresas públicas…), tienen que construir ese (contra) poder relacional, esa capacidad transformadora y de influencia que deviene de su masividad cívica y su posición activa y democrática en las relaciones sociales, político-electorales y económicas. La vía ordinaria es acceder al poder institucional por la legitimidad democrático-electoral, con los discursos y programas representativos de su base social. Pero como están más en desventaja en las relaciones de poder, deben contrapesarla con mayor participación y activación democrática que la simple expresión electoral.


Por otro lado, las sociedades asisten a distintos cambios socioculturales en muchos campos, a veces, por delante de sus clases gobernantes y de su poder institucional. Se abren brechas de legitimidad de las élites dominantes y dinámicas de cambio. Pero estamos hablando de cambios estructurales del poder estatal, de bloques históricos alternativos, de la contrahegemonía popular frente a los poderosos; y eso son palabras mayores para la permisividad del potente bloque de poder neoliberal y reaccionario.


En los procesos de descolonización y de movimientos populares de liberación, aparte de ciertos apoyos económicos internos, recibían el apoyo de otro gran poder fáctico internacional: el bloque soviético, comandado por la URSS (y China). 


Hoy día, los movimientos progresistas europeos no cuentan con el aval significativo de poderes estatales e internacionales, económicos y políticos. Desde el punto de vista geoestratégico no hay aliados fiables, ni siquiera para una transformación profunda hacia una Europa social avanzada. O sea, la base fundamental del cambio es la propia gente común de cada país y la solidaridad europea, así como su capacidad de activación democrática y alternativa.


HACIA UNA VÍA CON CREDIBILIDAD TRANSFORMADORA


Quizá, la experiencia más avanzada en el cambio político pacífico y democrático, en las últimas décadas en Europa, aparte de los intentos de la socialdemocracia clásica con el capitalismo de ‘rostro humano’ y el Estado de bienestar, ha sido el eurocomunismo de los años setenta, especialmente el italiano en el culmen de su influencia, y el programa común de izquierdas francesas (PSF y PCF) en los primeros años ochenta. Como se sabe, esas estrategias de cambio gradualista no fructificaron ante la contraofensiva neoliberal, la financiarización de la economía y la globalización desbocada, promovidas por el bloque de poder mundial (y europeo).


Su idea de conseguir, poco a poco, capacidad representativa y hegemonía cultural para trasladarla o convertirla en hegemonía política fue frenada por las fuerzas liberal-conservadoras y los poderes fácticos. Es decir, hubo una sobrevaloración del cambio político a través del programa o el relato de una élite política y su traducción electoral, así como de la eficacia legitimadora del desplazamiento hacia un discurso más centrista y de alianza de compromiso histórico con las derechas para (supuestamente) ampliar el campo electoral y acceder al poder gubernamental. Esas estrategias fracasaron.


Son aspectos que luego reeditaron la tercera vía (laborista) o nuevo centro (del SPD alemán y luego del PD italiano), desde el socioliberalismo y la gestión institucional; pero tampoco les permitió reforzar su representatividad y su capacidad de cambio progresista. Y ya con la crisis económica llevó a la mayoría de la socialdemocracia europea, especialmente la gobernante como en los casos de Grecia, Francia o España, a abrazar o acatar las políticas neoliberales antisociales y gestionar, con grandes déficits democráticos, los planes regresivos con una profunda crisis estratégica, de relato y de legitimidad.


En definitiva, para las capas dominantes la actividad cultural, discursiva o mediática es un complemento a su poder efectivo, a efectos de cohesión nacional y legitimación social. Es lo que, hábilmente, ha sido capaz de desarrollar la derecha independentista. Y, en otro sentido, las nuevas derechas extremas (empezando por Trump) o los nuevos centros (Macrón).


Para las capas populares, ante la ausencia de poder económico-institucional alternativo, la subjetividad es todavía más importante, en la medida en que la integran en sus vidas, porque es una vía para conformar sujeto de cambio y fuerza sociopolítica. Pero con una función más compleja y difícil, así como con la exigencia de insertarla en las condiciones, experiencias y cultura de la gente. Las ideas y sentimientos deben estar conectados e incorporados por sectores relevantes de las clases subalternas que son las que construyen, con su práctica relacional, su capacidad transformadora.


El (contra)poder no lo construye el discurso, sino la gente con su acción cívica. Y como tiene sus dificultades por sus desventajas respecto de su menor poder económico y con solo un poco de poder institucional, debe aprovechar al máximo sus ventajas: su masividad, su interacción y su expresión democrática. La subjetividad, la razón y la pasión, los discursos, teorías y relatos interactúan con su experiencia vivida e interpretada, con su comportamiento y sus sueños y aspiraciones. El dilema estructuralismo / posestructuralismo ha envejecido, es rígido y hay que superarlo con un enfoque más relacional, interactivo e histórico.


Lo importante es la experiencia relacional de las mayorías ciudadanas, no solo vividas sino también pensadas, interpretadas y compartidas; es la existencia lo que conforma el sujeto, no su supuesta esencia o su posición objetiva. Su interacción o práctica sociocultural construye vínculos, experiencias y demandas compartidas, superando su fragmentación y conformando objetivos y dinámicas comunes. Es la combinación de la diversidad de unas realidades muy singulares y específicas con trayectorias y retos compartidos por intereses comunes frente a poderosos y dominadores.


Entre las izquierdas hay dos tipos de errores contrapuestos. Por un lado, el posibilismo adaptativo a la dinámica impuesta por el poder, el socioliberalismo a veces complementado o disfrazado de idealismo culturalista y transversalidad centrista. Por otro lado, el idealismo discursivo y el voluntarismo irrealista, en sus distintas versiones populistas, eurocomunistas o marxistas radicales.


En resumen, la solución viene desde el realismo crítico, la superación del idealismo y el determinismo o materialismo vulgar (también idealista), poniendo en primer plano al actor o sujeto social, a la gente real y concreta, a sus condiciones vitales, experiencias relacionales, culturas compartidas y aspiraciones comunes, así como a su diversidad y su plural interpretación.


En conclusión, aunque desde cierta teoría populista se llame a este proceso ‘etnopopulismo’, para demostrar su máxima aplicación empírica al incorporar los conflictos nacionalistas, esos sectores marxistas partidarios de la lucha de clases tampoco la han reivindicado. Les bastaba el eclecticismo entre su marxismo (de clase) y su prioridad al objetivo independentista hegemonizado por el nacionalismo radical, y sin interés identitario en esa simbología populista.


El formalismo populista, su lógica de antagonismo nosotros / ellos y la construcción discursiva de la política y su sujeto, ha estado asociado a varios proyectos políticos nacionalistas, principalmente a la derecha neoliberal de Puigdemont. Además, la reacción españolista de las derechas unionistas también ha recurrido a esa polarización nacionalista excluyente. E incluso la izquierda radical independentista, desde su marxismo revolucionario, también la ha practicado.


Pero reivindicar ese enfoque populista, cuando su contenido sustantivo principal es el antagonismo nacionalista con la construcción de un ‘pueblo’ homogéneo definido por su identidad catalana o española, no clarifica la interpretación de la realidad y no ayuda a la estrategia doble de las fuerzas del cambio y de progreso en Cataluña, integradora en lo nacional y de confrontación respecto de lo social.


No es de extrañar que la hipótesis Podem no se haya podido consolidar bajo la hegemonía de ese plan de etnopopulismo independentista. Así, el nuevo liderazgo de Catalunya en Comú-Podem, en torno a figuras como Xavi Domènech, Ada Colau o Viçens Navarro o, en otro sentido, con la participación de ICV, se ha conformado desvinculado, práctica y teóricamente, de esos enfoques etno-populistas o nacionalistas exclusivistas. En todo caso, todavía queda un trecho para desarrollar una teoría alternativa crítica y realista que supere el marxismo economicista y determinista y el etnopopulismo antagonista e idealista y, por supuesto, diferenciado del socioliberalismo dominante en la socialdemocracia.

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