​La Convención del PP debe acabar bien

Manuel Fernando González Iglesias

La Convención del PP de este fin de semana, no es una reunión más de militantes destacados del primer partido de derechas de este país porque, por la expectación que despierta y, sobre todo, por el momento político en el que vivimos, se asemeja más a ese punto de inflexión en el que un grupo ha de elegir el camino que va a seguir en un futuro inmediato, sin que le quede demasiado margen de maniobra para cometer una equivocación histórica.


Desde que Manuel Fraga cambió la Alianza Popular de los Siete magníficos por las siglas del Partido Popular, la derecha de este país nunca se había sentido tan observada por la opinión pública que forman sus conciudadanos, tanto votantes como no votantes, en sus treinta años de vida. La presencia en el recinto de IFEMA, juntos pero no revueltos, de adversarios e incluso enemigos encarnizados, habla a las claras de que de allí tiene que salir algo diferente a lo que hay, y que si eso no es así, en las próximas elecciones habrá batacazo seguro.


De entrada, al actual líder Casado Blanco le conviene no plantear la Convención contra ninguno de sus opositores internos, porque si lo hace, la estampida hacia Ciudadanos o hacia VOX puede ser histórica. Al país nos conviene un partido de derechas organizado y solvente, donde la corrupción desaparezca de verdad de su ADN y la crispación se re-direccione hacia el debate interno y no hacia los titulares de los diarios.


Muchos somos los que afirmamos que VOX nace de la discreta y ya histórica labor de Fraga de remansar las reaccionarias ideologías franquistas que él mismo representaba junto a los otros seis magníficos, adornadas por la "fiel espada triunfadora" del Maestro Guerrero, dentro del inmenso habitáculo que era la casa común de la derecha española. Allí, para entendernos, ya nadie era facha y todos podían presumir de nuevo carnet de demócrata, fueran ex procuradores del movimiento, ex falangistas carlistas, liberales o democratacristianos. La ruptura insospechada del bipartidismo, con todos sus escándalos y enfrentamientos, ha acabado con ese paraíso esparciendo los restos del naufragio en varias pateras, algunas de las cuales han vuelto a aparecer en la apacible costa de la calle Génova.


Pablo Casado Blanco no es Aznar, ni mucho menos Rajoy, y esta Convención es la suya. La que de verdad puede otorgarle el marchamo de líder en los próximos años o, por lo contrario, enviarlo al limbo donde Hernández Mancha levita en soledad eterna. A todos nos conviene que la Convención del PP salga bien. Y eso escrito por un periodista republicano de izquierdas puede sonar a sarcasmo. No lo es porque, tal y como podemos observar en el auge de la ultraderecha en Europa, uno actúa por puro interés colectivo, pero también individual. Por eso, en nuestro titular nos mojamos abierta y contundentemente: la Convención del PP debe acabar bien. 


Y señores, aquí pasa como en aquel chiste que me contaron de niño sobre un padre que quería que su hijo aprendiera a nadar, y que para conseguirlo no se le ocurrió mejor método que lanzarlo, sin demasiado recato, a las frías aguas del Padre Miño, con el inquietante consejo: ¡Manolito, dale a las manitas que te conviene!

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