miércoles, 23 de octubre de 2019

Si votas el 28A, no te quejes después

Manuel I. Cabezas González

Ya estamos en precampaña y, dentro de unos días, entraremos en la campaña para renovar a los parlamentarios nacionales. Y, según una expresión políticamente correcta y al uso, el sábado 27 de abril será el "día de reflexión", previo a las elecciones del 28A. Ahora bien, para reflexionar, es necesario haber alimentado adecuadamente nuestro cerebro con datos fidedignos, con informaciones veraces, con argumentos sólidos. No basta con que los políticos den la palabra al pueblo; tienen que darle también la información objetiva y pertinente para que vote con conocimiento de causa. Si tenemos en cuenta la anorexia informativa a la que los distintos partidos y también la mayoría de los medios de comunicación someten a la ciudadanía española (y no sólo durante la campaña electoral), no parece que tengamos, el "día de reflexión", materia para rumiar.


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Y luego pasa lo que expresó magistralmente Ramón y Cajal cuando escribió aquello de que "el cerebro es como una máquina de acuñar moneda. Si echas en ella un metal impuro, obtendrás escoria. Si echas oro, obtendrás moneda de ley". Por este motivo, me permito poner negro sobre blanco algunos apuntes que podrían alimentar nuestra reflexión para participar o no, como hubiera dicho M. Rajoy, en eso que la casta política denomina, interesadamente, "la fiesta de la democracia".


Para J. Joubert, "como la dicha de un pueblo depende de ser bien gobernado, la elección de los gobernantes pide una reflexión profunda y reposada". Por eso, en las elecciones del 28A y también en el superdomingo de mayo (elecciones europeas, autonómicas y municipales), los ciudadanos deberíamos regirnos por el "principio de la racionalidad" y el de "lo políticamente incorrecto"; y no por el de la "oportunidad" y el de lo "políticamente correcto", que son el santo y seña de los "políticos profesionales", preocupados sólo por llegar al poder, sin hacer ascos a ningún medio. W. Churchill tenía esto muy claro cuando escribió aquello de que "el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones". Y también E. Kennedy cuando aseveraba que "en política pasa como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto está mal".


Estas citas de autoridad son muy exigentes tanto para los candidatos como para los electores. Los electores debemos juzgar o valorar a los candidatos no por lo que dicen que van a hacer ("verba") sino por lo que han hecho y hacen ("facta"). Además, no debemos olvidar esa verdad de Perogrullo (aquel que a la mano cerrada llamaba puño) según la cual los políticos, una vez elegidos, sufren una metamorfosis amnésica, que hace que olviden lo prometido durante la campaña electoral y que sus "facta" estén a mil años luz de las promesas ("verba") que hicieron a la ciudadanía. Y, por eso, cuando las cosas vienen mal dadas, como sucede desde el inicio de la crisis de 2007, por dar sólo un ejemplo, los electores somos siempre los que pagamos los platos, rotos por la casta política, elegida "masoquistamente" por nosotros mismos. Estos rasgos descriptivos de la casta política, muestran que, en general, carece de músculo ético, de honestidad y de vergüenza; y está obsesionada, ocupada y preocupada únicamente por la conquista del poder y por la permanencia en él, para disfrutar, sine die, de un pesebre y de un cubil seguros.


Por lo tanto, los electores sólo seremos libres de votar con fundamento por una u otra lista de candidatos, si estamos debidamente informados; y si nuestra elección ha sido hecha sobre la base del "principio de la racionalidad" y de "lo políticamente incorrecto", que creo que es lo correcto. De todas formas, incluso en este caso (voto meditado y ponderado), creo que da lo mismo a quién se vote. En efecto, en general, la casta política elegida olvida rápidamente todas las promesas; hace de su capa un sayo; y convierte a sus propios electores en paganos de los desaguisados y errores provocados por el disfrute y el abuso del poder, que hemos depositado en sus manos.

Por eso, si votamos el 28A, no tenemos derecho a quejarnos, ya que nosotros mismos nos hemos puesto en manos de esos desvergonzados de la casta política. Los únicos que podrían protestar, llegado el momento, serían los que no han participado en esa mal llamada "fiesta de la democracia": los que se han abstenido, los que han votado en blanco o han depositado un voto nulo en las urnas o aquellos que han votado por candidaturas marginales o emergentes, sin posibilidades de conquistar el poder.


Desde hace muchos años, la casta política española tiene muy mala prensa entre los españoles: según el CIS, es uno de los problemas más importantes de la sociedad española; por otro lado, según el verbo certero (por una vez) de Pilar Rahola, sale del "todo a cien" de los partidos; y, finalmente, según José Saramago, que nunca fue sospechoso de ser antidemócrata, la casta política no es la solución a los problemas de ninguna sociedad, sino parte de sus problemas, cuando escribió que "sin política no se puede organizar una sociedad. El problema es que la sociedad está en manos de los políticos". En resumidas cuentas, ante la proximidad del 28A y del superdomingo de mayo, yo me pregunto e invito a los lectores a que se pregunten, como lo hacía, muy atinadamente, hace algunos meses, J.J. Millás: "¿Quién iba a decirnos que el mejor modo de votar sería no hacerlo?". Una descalificación de la casta política por una ausencia masiva de electores, ¿no podría ser el principio de una regeneración real y total de la desprestigiada y "sanguijuelesca" clase política española?

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