Cambio climático, ándeme yo caliente…

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Y ríase la gente.

Traten otros del gobierno

el mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y las mañanas de invierno,

naranjada y aguardiente.

Y ríase la gente.”

(Luis de Góngora y Argote, 1581)



La letrilla satírica del poeta culteranista del Siglo de Oro español no atañe a los peligros del sobrecalentamiento planetario. En realidad, con el proverbio suele significarse la prevalencia del interés propio frente a lo que les pase a los otros. Un modo de conducta que se refleja, en el mejor de los casos, en el pasotismo egoísta de las gentes y, en el peor de las situaciones, en el fatalismo impotente de quienes piensan que poco o nada puede hacerse frente a lo difícil o complicado. Nada que ver, por lo tanto, con el empeño de nuestro universal Alonso de Quijano.


De la amenaza del cambio climático parece tomar creciente conciencia la ciudadanía, especialmente la correspondiente a edades más tempranas. El fenómeno mediático protagonizado por Greta Thunberg ha puesto en candelero para el gran público los efectos deletéreos del crecimiento descontrolado y nocivo del envenenamiento de nuestro planeta Tierra. La joven de 16 años desarrolló su preocupación por las consecuencias del cambio climático tras la serie de incendios que devastaron en 2018 ciento veinte mil hectáreas en Suecia. Desde entonces la singular Juana de Arco medioambientalista se ha empecinado en una cruzada internacional de sensibilización para protestar en contra del cambio climático y para exigir que se cumplan los Acuerdos de París.


Recuerde el lector que con las resoluciones parisinas, las Naciones Unidas auspiciaban la reducción de las emisiones de los gases de efecto invernadero (GEI) con el propósito de su plena aplicabilidad para el año 2020. La Unión Europea tomó el liderazgo en las negociaciones que superaron momentos críticos de desacuerdo entre algunos de los 174 países participantes. Y no pasó mucho tiempo para que el presidente Donald Trump anunciase la retirada de EEUU del Acuerdo de París, para facilitar sin restricciones el proteccionismo industrial estadounidense. El America first (“Primero los Estados Unidos”) se impuso a los deseos posibilistas de la gran mayoría de los países firmantes.


No debe extrañar que el Viejo Continente haya tomado iniciativas para contener la marcha ineluctable hacia la destrucción de nuestra querida madre Gaia. Es precisamente en la Europa de las diversas revoluciones industriales donde los efectos "colaterales" de un crecimiento desaforado se han manifestado en una contaminación de negativo impacto en nuestro medio ambiente. Algunos países europeos han tomado con celeridad medidas para contener el deterioro de nuestros aires, aguas y tierras.


Piénsese, por ejemplo, que en Suecia, el país de Greta Thunberg, una cantidad menor al 1% de la basura doméstica acaba en vertederos gracias a su sistema denominado "de desecho de energía", el cual convierte la basura en energía (centros Waste to Energy). Pero lo que realmente llama la atención del éxito de este programa es que ahora necesita importar basura del Reino Unido, Italia, Noruega o Irlanda para mantener operativos los 32 centros WTE que existen en el país escandinavo.


Poco recomendable es, sin embargo, la autoindulgencia europea por loables sean algunas de las iniciativas individuales de algunos países. Hace unos días aparecía en los medios españoles una notica a la que poca relevancia se la ha dado. La inauguración el pasado diciembre de una planta de generación de energía eléctrica a partir del carbón en Safi (Marruecos) parece que ha agitado el equilibrio del sistema eléctrico español. Desde entonces, España importa energía más barata del país vecino, cuyas empresas no tienen que soportar los costes por emitir CO2 fijados en el sistema europeo de comercio de emisiones (ETS). Es decir que se pasan a nuestros vecinos del sur los efectos colaterales de emisiones contaminantes y limitadas en el Viejo Continente, en aras de mejorar las cuentas de resultados de las compañías energéticas españolas. El business es el business, se justificará.


Análoga argumentación concierne al caso de Alemania, el país de mayor peso económico de Europa, y también el mayor contaminador del medio ambiente continental en lo que hace a las emisiones de gases de efecto invernadero. Sus emisiones per cápita (11,4 toneladas al año en 2016) son una vez y media más altas que las de Francia o Italia. La razón es simplemente la utilización del carbón como generador energético. Los yacimientos de carbón de la antigua Alemania del Este junto con los de Renania del Norte-Westfalia concentran el mayor sector de minería de lignito y electricidad generada en centrales térmicas de carbón de toda Europa.


Cierto es que la producción de energía renovable en Alemania se ha multiplicado por seis desde el año 2000. Sin embargo, si la UE de verdad quiere cumplir con los objetivos de los Acuerdos de París y los objetivos fijados por las instituciones europeas para liberarse de la electricidad generada por carbón en el año 2030, todos los estados miembros y, muy especialmente, Alemania, deberán hacer un considerable esfuerzo.


Es impensable ponerle puertas al campo, porque el medio ambiente no conoce de fronteras y afecta a todos los países europeos y al conjunto mundial. Los más jóvenes, a quienes deseamos larga vida y mejor salud, son los primeros que deberían movilizarse para que puedan disfrutar en el futuro de un medio ambiente sano y vivible. De momento el partido de Los Verdes, auténtico paladín de la causa medioambientalista, ha visto aumentar exponencialmente su respaldo electoral en la última consulta europea en Alemania. Otros partidos harían bien en tomar nota.



Artículo original publicado en Pressdigital

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