domingo, 17 de noviembre de 2019

El orangután

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Hay quienes quieren pensar que los seres humanos somos buenos por naturaleza. Otros consideramos que virtudes como la solidaridad, el respeto o la empatía, sólo pueden adquirirse a través de la cultura entendida como la interiorización de las reglas básicas que nos ayudan a vivir en sociedad. Como en los juegos, ninguna sociedad ha perdurado sin reglas. La anarquía es una bella utopía que los humanos sólo somos capaces de imaginar.


Toda regla contiene la restricción de ciertos deseos individuales en favor del funcionamiento del juego grupal. Pero, si las reglas no gustan a un amplio grupo de jugadores, pues las consideran injustas, dejan de ser útiles y el juego acaba de mala manera.


Imaginemos un juego cuyas reglas se establecieron hace mucho, mucho tiempo. En él participan doce individuos divididos en dos equipos de seis miembros. No solo entre los equipos, sino también dentro de ellos, hay fuertes disputas sobre la utilidad de las reglas vigentes. En el equipo A hay tres participantes que insisten, a pesar de la incesante bronca, en mantener las reglas antiguas y, a quien no le guste, que se aguante; y otros tres que preferirían seguir jugando todos juntos, por lo que proponen la idea de cambiar las reglas de tal forma que la mayoría de los jugadores esté de acuerdo. Exactamente lo mismo ocurre en el equipo B: unos están por la ruptura y otros por el acuerdo. De tal forma que tenemos tres del equipo A y tres del B que no quieren saber nada del otro bando, y seis, entre los dos equipos, que quieren intentar seguir jugando todos juntos. Los jugadores se encuentran estancados ya que cualquier decisión perjudicaría a la mitad de ellos.


El malestar y la tensión siguen creciendo entre los jugadores. Comienza, así, una escalada de insultos y descalificaciones hasta que, un día, dos de ellos se enzarzan en una pelea de la que salen malheridos. Ante lo insostenible de la situación, deciden, por fin, votar y aceptar la decisión apoyada por una mayoría significativa. Proceden, entonces, a debatir en el seno de cada grupo. 


Los tres del equipo A dispuestos a mantener las cosas como están por encima de todo y los tres del equipo B dispuestos a cortar en seco con los del A y montar su propio juego intentan convencer a sus otros colegas de equipo de las bondades de su posición y de lo malvados que son los del otro bando. A su vez, los seis que buscan un acuerdo intentan convencer a los inmovilistas de sus equipos de las ventajas de mantener la relación con los del otro consensuando unas nuevas reglas.


Al fin, cierto número de participantes en cada grupo acaba cambiando de postura. Se produce la votación y los resultados son: 4 a favor de la ruptura y 8 a favor del acuerdo. Es decir, que esta posición obtiene un respaldo del 66%, dos tercios del total de los votos. Estos resultados muestran, a ojos de todos, la existencia de una mayoría cualificada. Entonces, los miembros de ambos grupos proceden, algunos a regañadientes, a debatir las nuevas reglas partiendo de cero. Los dos individuos que se habían enzarzado a golpes aún intentan meter bronca pero, poco a poco, se dan cuenta de que los demás no los escuchan porque ya están a otra cosa y acaban solos un rincón.


Sí, siempre hay una minoría cuya única misión en la vida es imponer su criterio a la fuerza y fastidiar a los demás. ¿Recuerdan aquel compañero del colegio dueño de la pelota de fútbol, quien, consciente de su poder, imponía reglas caprichosas del tipo «ha sido gol porque lo digo yo» y si no se acataba su orden zanjaba el tema con un autoritario «pues me llevo la bola»? Estos abusones no quieren jugar. De hecho, no quieren que nadie juegue. Entonces, lo apropiado es que los demás junten algo de dinero para comprar una pelota nueva, dejando al protestón impenitente solo con su pataleta de niño malcriado.


Lo que han hecho los jugadores de esta historia ante el mal rollo creciente es solucionar el problema de forma pacífica, pragmática y democrática. La cuestión no ha sido si debían someter el asunto a votación (hace tiempo que se dieron cuenta que no les quedaba otra), sino qué se vota, quién vota y qué porcentaje de votos es necesario para considerar a la mayoría como cualificada o, lo que es lo mismo, qué porcentaje de votos es necesario para considerar a la minoría como no cualificada. Y, desde ahí, pactar unas nuevas reglas para lo cual, quizás, haya que modificar, incluso, normas de nivel más alto que afectan a diversos juegos del mismo tipo.


La primera norma de convivencia entre humanos emanó del pacto yno fue dictada por ninguna autoridad ni escrita en ningún código. Se la dieron nuestros peludos antepasados, no porque eran almas puras y bondadosas, sino con el único fin de sobrevivir como especie. Se denomina la ley de oro y tiene dos posibles formulaciones: en positivo, «trata a los demás como quieras que te traten a ti»; o en negativo, «no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti». Aunque en apariencia ambas dicen lo mismo, George Bernard Shaw nos previno de la acepción positiva y nos aconsejó irónicamente: «No hagas a otros lo que quisieras que te hagan a ti. Sus gustos pueden no ser los mismos». En fin, a partir de estas cuestiones han surgido debates interminables, pero creo que podemos estar de acuerdo con la idea principal: nos conviene respetarnos mutuamente para no acabar todos en el hoyo. Este simple pacto de no agresión es el primer esbozo de civilización, o sea, lo que nos hace trascender la condición de mamíferos y convertirnos en personas.


Sin embargo, la Historia (la pasada y la de estos días) demuestra que seguimos siendo muy burros como jugadores y nos empeñamos en amargarnos la vida los unos a los otros de forma violenta y suicida.Ya lo decíaMakinavaja que, además de ser el último chorizo, fue el último filósofo: «A poco que rajcas el fino barnís de sivilisasión, sale el urangután que llevamos dentro». Ojo, que la bestia se nos está escapando e igual nos vamos todos al carajo.


Digo yo que en cada conflicto la razón debe de ser, al mismo tiempo, de todos y de ninguno y que, antes o después, habrá que entender, como hicimos en la infancia, que para ganar mucho no queda otra que perder algo. En eso consiste toda negociación encaminada a establecer nuevas y mejores reglas que permitan a los jugadores seguir jugando.


En determinados juegos complejos que tienen implicaciones en otros juegos que afectan a la vida de las personas, es preferible que los negociadores no sean adolescentes de sangre caliente, sino adultos sensatos y, sobre todo, humildes. Gente que empiece a hablar y a escuchar partiendo de la idea loca de que quizás el otro tenga razón.


Ustedes ya saben a lo que me refiero con todo esto y yo ya sé que la solución no es tan sencilla como en el ejemplo que describo. Pero, quizás, no es tan difícil como lo quieren hacer ver los actuales representantes de cada equipo. 

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