Gilipollas

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Miraba por la ventana la ciudad vacía cuando se me apareció la idea de que lo único a lo que debería aspirar una persona en su vida, además de ganarse el pan honradamente, es no ser gilipollas. Quise ahondar un poco en el concepto y hallé un documental titulado Gilipollas: la teoría, basado en el libro homónimo del filósofo estadounidense Aaron James. En él se analizan la personalidad y el comportamiento del gilipollas desde distintas perspectivas y en diferentes contextos como la escuela, la vida social, los negocios o la política.


Los autores del documental establecen dos grandes grupos de gilipollas: los de pura raza y los que, sin ser gilipollas integrales, se comportan como tales durante una época o en momentos puntuales de sus vidas. Toman a Berlusconi como ejemplo de gilipollas de pura raza. No se atreven con Trump, pero sutilmente dejan caer que es otro magnífico ejemplar de esta especie. Con il Cavaliere como referente, van desgranando las características fundamentales del gilipollas (en inglés, asshole), a saber:


El buen gilipollas se siente superior, cree estar por encima de los demás y tener privilegios por el mero hecho de existir. Para asegurar dicha posición, se esmera en señalar los supuestos defectos de los demás y los evidencia en público con el único fin de aupar su prestigio a costa del hundimiento del del otro. Es profundamente irresponsable, él nunca tiene la culpa, es el otro quien la tiene. Se siente el ombligo de Dios y, por tanto, considera que puede decir y hacer lo que quiera, por ejemplo, tomar a las personas como objetos, sin sufrir consecuencias negativas. No solo cree tener razón, sino derecho a actuar como lo hace. Le encanta escucharse y jamás atiende al otro. No siente empatía, es narcisista, abusón, chuleta, fardón, provocador, pretencioso, histriónico y su única misión en el mundo es llamar la atención, buscar la admiración de los mortales, sacar el máximo beneficio y joder la vida a los demás. Pero, de entre todas las características anteriores, la que define plenamente al gilipollas de pura raza y lo diferencia del gilipollas a tiempo parcial es que no es consciente de que es gilipollas.


Cara boba


Los rasgos de hiper-narcisismo, falta de empatía y ausencia de sentimiento de culpa, me hicieron dudar de si el auténtico gilipollas sería, en realidad, un psicópata. Pero no, a diferencia del gilipollas, el psicópata sabe que es un mal tipo y actúa su maldad de forma más inteligente y discreta, no con la ostentosidad y torpeza del primero.


En el segundo grupo de gilipollas, que podríamos llamar de pacotilla, cabemos o hemos cabido todo el mundo. Si usted considera que nunca ha sido gilipollas lo más seguro es que sea un pura raza. Siendo niños, sobre todo adolescentes y en otros momentos de nuestra juventud y adultez nos hemos comportado, en cierto grado, como gilipollas. Pero es justamente este “como” lo que nos coloca en el grupo de los meros imitadores.


Puntualmente, nos hemos permitido juguetear con algunas de las características del gilipollas auténtico o, de manera indirecta, le hemos reído las gracias o nos hemos quedado callados ante sus exhibiciones de poder, lo que nos convierte en partícipes de su gilipollez. Sin embargo, el gilipollas de pacotilla sabe, aun en el fondo, que lo es, acabará arrepintiéndose de sus gilipolleces y, si tiene el coraje deseable, pedirá disculpas.


Entonces, concluye el documental, si uno es capaz de decirse a sí mismo “soy un gilipollas” está salvado, no tiene el bicho arraigado. Como mucho es un capullo, un pobre tipo, un infeliz que intenta compensar su inconsistencia haciendo un poco el bobo.


Estaría bien que reconociésemos que llevamos ese pequeño capullo dentro. Quizás así, seríamos capaces de localizar antes a los gilipollas auténticos, no prestarles atención y aislarlos. Porque ellos también son un virus contra el que aún no hemos encontrado la vacuna.

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