La pastilla de la felicidad

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Sabemos que los diagnósticos psiquiátricos se han desmadrado en las últimas décadas y que medicar es, a veces, más nocivo que no hacerlo. Conocemos también el perverso negocio que hay entorno a los psicofármacos del que se lucran las grandes corporaciones farmacéuticas. A pesar de estas pruebas, las empresas del Big Pharma siguen creando alegremente más diagnósticos psiquiátricos y, por tanto, fomentando más prescripciones y obteniendo más ventas de psicofármacos con la connivencia de los Estados.



Los médicos de familia, principales prescriptores de psicofármacos, se justifican en la saturación de sus consultas y la escasez de tiempo para atender a cada paciente, lo cual es, sin duda, una realidad dramática. Pero, por más que nos solidaricemos con los médicos y denunciemos la tremenda presión a la que están sometidos, tales argumentos no son aceptables como justificación. Definirse como víctima de un sistema opresivo no exculpa al ciudadano de sus acciones y decisiones, cuánto más si éstas sirven a la perpetuación del sistema. Uno, casi siempre, puede decir no. Entiendo que las consecuencias de semejante valentía pueden ser dolorosas y, por tanto, que la sumisión pueda llegar a ser un modo de supervivencia, pero llamemos a las cosas por su nombre: si un médico receta un medicamento ineficaz o perjudicial amparándose en tal o cual motivo estará realizando mal su labor y, además, estará siendo cómplice de un sistema perverso.


Medicalizar problemas cotidianos (que es de lo que tratan la mayoría de las consultas médico-psicológicas) da alas al consumo y a la dependencia de los psicofármacos. Ante la queja y la angustia del paciente, se tiende a dar algo, lo que sea, antes que no hacer nada y ayudarle a generar recursos personales para salir adelante. Los críticos del sistema sanitario hablan de prevención cuaternaria, es decir, de no intervenir para preservar el principio de primum non nocere (lo primero, no dañar). Pero eso ya lo dijo un sabio chino hace milenios: “Pocos en el mundo llegan a comprender la utilidad del no hacer nada”.


Aquí entraríamos los psicólogos, conocidos por ganarnos la vida sin “hacer nada”. 

Justamente, los psicólogos somos expertos (o deberíamos serlo) en no actuar, en dejar hablar para, así, comprender el conjunto de factores que inciden en la subjetividad del paciente y desde ahí ayudarle a cambiar de posición y dejar de sufrir. Sí, “solo escuchamos y hablamos”, no operamos, ni recetamos, ni reparamos. Pero nos comprometemos con el paciente y caminamos junto a él a pelo, con las manos casi vacías. Nos ocupamos de aquello que muchos médicos no soportan: la queja no fundamentada en un problema físico.


Si tuviéramos más psicólogos en la seguridad social, todos saldríamos beneficiados: los psicólogos porque tendríamos más trabajo, claro; los médicos de familia que dispondrían de más y mejor tiempo para realizar su labor; los pacientes que serían más y mejor escuchados y ayudados; y, finalmente, el país (o sea, todos nosotros) que se ahorraría una pasta indecente en gasto sanitario. Piensen a quién no beneficiaría que en la seguridad social se escuchara más a los pacientes y se les recetara menos medicamentos. Yes: Big Pharma.


No demonizo el uso de medicamentos siempre y cuando no suponga una coartada para no hacerse cargo de la propia vida, para saber quién es uno y qué responsabilidad tiene en cuanto le ocurre. Es cierto que, en determinados momentos, un psicofármaco puede actuar como una muleta que puede ayudarnos a salir del paso. Pero el uso continuado de muletas, cuando en realidad somos capaces de caminar, termina por atrofiarnos convirtiéndonos en inválidos dependientes del medicamento. Así se crea y cronifica mucho de lo que se denomina “enfermedad mental”.


Medidas como la propuesta, que favorecen la escucha y restan poder al medicamento, supondrían un saludable cambio de cultura en la población respecto del malestar psicológico: de la dependencia a la autonomía, de la debilidad personal a la valentía, de la ignorancia a la sabiduría.


Quizás, poco a poco, dejarían de escucharse declaraciones como ésta que pillé al vuelo y ha inspirado este artículo: “Estoy muy sociable, he perdido la timidez con la pastilla. La llaman la pastilla de la felicidad. ¡Y que dure!”. Un mundo feliz, sumiso y terrible.

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