Flying Dutchman y UE

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Hay diversas versiones. En esencia la leyenda del ‘holandés errante’ (Flying Dutchman) es que el capitán de un barco holandés hizo un ‘pacto con el diablo’ para poder surcar los mares sin limitaciones y a su antojo. Dios le castigó por su altivez a vagar eternamente sin rumbo.


El rumbo de Holanda ahora es el de ir a la suya sin prestar atención a sus socios meridionales europeos. De mutualizar fondos a escala continental, por tanto, nada de nada. Pero no piense el lector que ello sólo se debe a un tacticismo político de algunos políticos holandeses en el poder para ganar capacidad de influencia como mamporreros políticos de su vecino teutón. No. Hay una corriente popular en la que se sostiene tal autointerés rampante que da alas a la insolidaridad neerlandesa reacia a los Coronabonos.


Según datos que me hace llegar desde Ámsterdam mi buen amigo y colega sociólogo, Quentin van Dongen, quien es miembro de un panel societario bastante representativo en los Países Bajos (N= +4,500 personas), el 53 por ciento de los intervinientes han manifestado su oposición a apoyar financieramente a los PIGS sureños que más sufren las consecuencias letales de COVID-19. Y, en paralelo, manifiestan su determinación a que las fronteras de las tierras bajas se mantengan cerradas y sus capitales y fondos dinerarios ‘congelados’ en la patria de Erasmo y Spinoza. Su lectura de tal encuesta, más allá de su representatividad y robustez metodológica, es pesimista. Incluso aventura Quentin, quizá en un momento de bajón anímico, que ello puede indicar el fin de la UE tal y como hoy existe.


Puede que el 53% no sea un porcentaje de oposición tan determinante y si considerásemos una desviación estándar de más o menos 3,5%, según las encuestas telefónicas tan al uso últimamente, no todo estaría ‘perdido’. Algunas diferencias raquíticas en el voto popular (52% frente a 48%) han legitimado decisiones trascendentales, tal como lo sucedido con el Brexit. La jornada anterior a la celebración del referéndum no pocos de mis colegas británicos estaban convencidos de que la consulta validaría el rechazo popular a la salida del Reino Unido.


En un editorial redactado hace tres años criticaba amargamente el comentario extemporáneo de Jeroen Dijsselbloem, presidente a la sazón del Eurogrupo, de que: "No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda. Este principio se aplica a nivel personal, local, nacional e incluso a nivel europeo". La referencia se dirigía, naturalmente, a los países PIGS del meridión continental (Portugal, Italia, Grecia y España).


En otra columna de estos días, mi admirado colega politólogo Víctor Lapuente reaccionaba a las últimas negativas de la Europa del Norte a solidarizarse con la Europa del Sur aseverando que “… Holanda yerra hoy. Pero nosotros también estamos errantes”. Hacía justa referencia al temor de que los países septentrionales, con Estados del Bienestar que han construido con mucho esfuerzo y sostenido durante decenios de sacrificios internos nacionales, tienen de que los aprovechados países mediterráneos se beneficien ‘inmerecidamente’ de los logros que a ellos tanto les costado conseguir.


Pero Víctor, si me permite la amable reconvención, se olvida que los escandinavos, por ejemplo, tan socialmente avanzados y generosos con sus imposiciones progresivas, son enormemente individualistas. Su colega de Gotemburgo, Bo Rothstein, ha atinado analíticamente en resaltar el ‘individualismo social’ de los ciudadanos que viven mayormente de ‘puertas adentro’ pero que están dispuestos a pagar muchos impuestos para trasvasar al Estado del Bienestar una organización altamente compasiva y racional que evite la vulnerabilidad de las gentes y acreciente sus capitales humano y social. Pero es una solidaridad vicaria justamente en el Folkhemmet, casa común el pueblo sueco.


No es justo, como ilustra la viñeta que acompaña este artículo, acusar a España como cerdo holgazán. Tras la Segunda Guerra Mundial, si acaso ha sido un alumno aventajado de desarrollo económico tras 1959, como demuestra su impresionante esfuerzo de alcance (catching up) por igualarse como un país europeo ‘normal’. La macroeconomía, por reduccionista que pueda ser su uso, habla por sí misma.


Desde la Transición Democrática, la economía española creció más que la de los países centrales europeos (Alemania, Francia o el Reino Unido, pongamos por caso). En su conjunto, la España de 1976-2007 ofrece un buen ejemplo de una transición desde estructuras preindustriales a otras postindustriales en un breve lapso de tiempo. Durante ese período y medido en PPPs (unidades de paridad de compra), España pasó de un porcentaje de renta per cápita del 70% al 94% de la media europea (UE-15). Entre 1945 y 1960, durante la dictadura del General Franco, dichos porcentajes habían sido del 49% y 57% respectivamente. Ya en 2007, y considerando al conjunto de EU-27, España había superado la media europea con un 102,6%. El esfuerzo de la sociedad española por normalizarse, trabajando y produciendo más comparativamente que sus socios europeos, ha sido incuestionable.


Ciertamente el axioma de la solidaridad en la Unión Europea comporta transferencias de rentas de los países más ricos a los países menos ricos (generalmente del sur y del este europeos). Tal regla de solidaridad se legitima en la actitud mayoritaria de los europeos a favor del modelo social europeo, el cual se institucionaliza en un Estado del Bienestar que protege a los ciudadanos de las consecuencias perversas de las fuerzas del mercado, y de episodios estocásticos letales como la pandemia del COVID-19. Si no, ¿para qué ser miembros de un mismo club?


Y en un tono menor, permítaseme concluir estas reflexiones aludiendo a la famosa viñeta de Forges, en el que un españolito catatónico envuelto con la bandera responde a cualquier pregunta que le hacen con un ‘¡Gol de Iniesta...!’. El lector puede cambiar la pregunta del periodista por cualquier comentario actual sobre Holanda. :-)


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NOTA: Viñeta cómic publicado en septiembre de 2011 en el diario holandés, de Volkskrant.
“Mientras tanto en la soleada costa del Mediterráneo…”:
“Günter, tráenos cuatro cervecitas heladas de tu nevera y cógete una para ti”

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