martes, 29 de septiembre de 2020

El príncipe saudí Mohamed Salman representa una ruptura con el pasado, pero está poniendo en peligro los equilibrios del sistema

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Nuestra perspectiva de los problemas de Oriente Medio es algo lejana y no acabamos de interpretar adecuadamente las noticias que nos llegan de aquellos países por falta de información suficiente. El príncipe Mohamed bin Salman, heredero al trono de Arabia Saudí, se ha convertido en un referente conocido en los entresijos actuales de la política regional e incluso en la internacional, pero ¿quién es exactamente? ¿y cómo es ese país desértico, inmensamente rico por sus recursos petrolíferos y gasísticos, y en el que se encuentran los lugares sagrados del islamismo? El doctor David Hernández Martínez trata de explicarlo con nitidez en “El reino de Arabia Saudí y la hegemonía de Oriente Medio” (Catarata)


Libros El reino de Arabia Saudi.


Con precedentes en los sultanatos de Diriyah y Nechd, que estuvieron situados en la misma península arábiga, el actual reino Arabia Saudí alcanzó su independencia en 1932 como resultado de la victoria del clan Saud sobre otras tribus. Surgió así un Estado que se configuró por la confluencia de tres elementos: la corona y su entorno, monopolizada por la familia Sudairi, el wahabismo, como expresión rigorista de la religión musulmana y el petróleo


El virtuoso triángulo -dice Hernández Martínez- permite la configuración de un país que responde exclusivamente a los intereses del rey” y da un carácter acusadamente patrimonial al Estado, con un sistema jurídico basado en la sharía. En este contexto funciona una especie de «contrato social» en virtud del cual “el Estado se encarga de garantizar un mínimo bienestar material a la población, eximiéndola de obligaciones fiscales, asegurando su seguridad y estabilidad interna, a cambio de que los nacionales renuncien a derechos y libertades”. 


Todo ello lo convierte en un país “rentista” porque vive de la renta que produce la explotación de los hidrocarburos y el gas. La estabilidad interior del sistema ha sido alterada en estas últimas décadas por la presencia de la minoría chiita -los saudís son mayoritariamente sunitas-, la emergencia del islamismo político, la aparición de ciertas aspiraciones de aperturismo y democratización y, a la vez, el nacimiento del radicalismo religioso y el terrorismo yihadista.


En este tiempo de cambio aparece la figura del príncipe Salman, designado por su padre, pese a su situación menos favorable en la línea hereditaria, como sucesor, que ha irrumpido con un mensaje de modernidad y de ambiciosa recuperación del protagonismo saudí en la política exterior, aunque su papel ha quedado seriamente dañado por el asesinato del oposito Kashogi. El joven príncipe, promotor del programa Visión 2030, pretende “combinar medidas aperturistas y liberales dentro de los márgenes del aperturismo monárquico”.


Todo ello se enmarca en un contexto que tiene varios círculos concéntricos: los países del golfo, Oriente Medio, el universo musulmán y el resto del mundo. Arabia Saudí, que siempre ha revindicado un papel protagonista, sobre todo entre los musulmanes, por su custodia de los Santos Lugares, ha tenido que asumir una serie de hechos que le han obligado de refundar su política internacional, tradicionalmente pro occidental. Entre ellos las “primaveras árabes” y la cada vez mayor competencia con otros países de la zona con aspiraciones igualmente hegemónicas, como Catar e Irán. Salman intenta “dar una respuesta diferente para garantizar que el reino siga siendo el líder del nevo orden regional que emerge” y para ello se reafirma en su tradicional alianza con Washington -y también con Egipto y Jordania- frente a los citados países y a Turquía y su acercamiento a Israel, aunque el empantanamiento en la guerra de Yemen constituye un lastre del que le resulta difícil liberarse.


Y concluye el autor: “La respuesta del reino saudí está siendo vehiculizada y dirigida por el príncipe Mohamed bin Salman, quien está asumiendo la máxima responsabilidad de todos los cambios que desde la élite estatal se están introduciendo en el interior, así como hacia Oriente Medio y en la escala internacional. No obstante, existen dos características que marcan la volatilidad de las medidas la corona frente a las diferentes coyunturas abiertas. Por un lado, la formulación y la ¡implementación de los planes se está realizando de una forma muy personalista y discrecional. Por otro, los posicionamientos que el régimen adquiere resultan en numerosas ocasiones imprevisibles e incongruentes”.


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