jueves, 22 de octubre de 2020

Superar el peligro que acecha

José Molina Molina
Doctor en Economía y Sociólogo. Miembro de Economistas Frente a la Crisis y de Transparencia Internacional y expresidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia

En el Palacio de la Ciudad de Siena hay una pintura de Lorenzetti conocida como Alegoría del buen y del mal gobierno. El buen gobierno se representa con una escena en la que la organización y la cooperación son los ejes principales del funcionamiento de las ciudades. Y en su réplica, el mal gobierno o cautivo -qué acertada expresión- la imagen muestra el desorden y el desenfreno, un caos en el que no es posible poner orden. Una imagen alejadísima de las reflexiones de Tito Livio: “gobierno y pueblo peligran con la discordia, pero con la concordia gozan de buena salud”.


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Hoy hay muchos intentos loables para que avance el buen gobierno, pero que se lanzan desde plataformas poco apropiadas: los Boletines Oficiales. Las instituciones públicas deberían hacer menos ostentación de proyectos y aplicar más acciones compartidas, como aconsejaba Tito Livio: “gobierno y pueblo”.


Así lo han entendido los que han dejado las declaraciones y propuestas oficialistas y se han puesto a dialogar con la ciudadanía. En el Reino Unido y en Francia han sido los Parlamentos -y no el ministro de turno- los que han tomado la iniciativa y empezado a buscar el contacto directo. Lo han hecho con un método de selección aleatoria para tener una muestra de toda la población incluyendo sus diferentes situaciones, profesiones, etnias o lugares de residencia. Con una muestra inicial de 30.000 personas se llegó a seleccionar a un centenar de más de 16 años que desearan participar, excluyendo a quienes tuvieran relación con las instituciones o el poder. Han estado escuchando, han realizado preguntas y han señalado respuestas. La democracia es posible siempre que de verdad la queramos poner al día.


¿Tenemos gobiernos capaces de avanzar? Por muchas declaraciones que hagan, si no existe unión con el pueblo la democracia no funciona. Y hay gobiernos incapaces de mejorar porque su motor, la función pública, no sintoniza con estos retos. Es la entropía que se observa en la réplica del mal gobierno: un sistema sin estímulos para integrar gobierno y pueblo, que impulse nuevas formas de organizarse de modo acorde a los Objetivos 2030. Y si no sabemos orientarnos por las sendas de la participación estaremos abocados a un mercado y un consumo entrópico, lo que es antesala del malestar social, las desigualdades y el desempleo. Y se mantendrán gobiernos cómplices del recorte de los servicios públicos, de la sanidad pública y de la educación pública.


El Postcovid-19 necesita respuestas, y antes de responder hay que pensar. Pensar en común, porque las respuestas deben ser colectivas si se aspira a una sociedad con una nueva cultura y un sistema diferente de vida, que se aleje de especulación y pelotazo, y se base en la inteligencia colectiva.


Con el paso del tiempo, generación tras generación, evolucionamos como individuos: el desarrollo de las tecnologías nos va cambiado, nuestro cerebro evoluciona y cambiamos nuestra forma de ver la vida porque hay nuevos estímulos. Vidas diferentes y cerebros diferentes, que generan nuevas brechas que hay que suturar. Y una brecha importante es que mientras que los poderes públicos hablan de buen gobierno, la ciudadanía piensa que sus prácticas son corruptas: algo está fallando y lo peor es que no se toma nota para rectificar.


Vivimos a una velocidad de vértigo, pero las estructuras públicas son obsoletas, y mientras no solucionemos esa brecha estamos en el dilema de ¿Progreso o regresión? Que es lo mismo que hablar de gobiernos competentes o incompetentes, de sumisión de los más débiles o de ciudadanos fuertes que saben defenderse del despotismo. Se habla mucho de libertad, pero solo somos libres cuando la sociedad defiende sus derechos y sabe que es fundamental no dejarse seducir por quien no gobierna para que todos progresen.


El Covid-19, al cerrar fronteras y confinarnos, nos ha dejado un mundo atravesado por las redes, el ordenador, el móvil y la televisión inteligente, y estamos descubriendo que sin necesidad de salir podemos ser más cosmopolitas. Como Kant, quien jamás salió de su ciudad natal y fue uno de los filósofos de pensamiento más universal. Asumamos que el reto es precisamente no cerrar nuestras mentes y saber que, si queremos ponernos a salvo, no se puede aceptar que haya duda sobre la respuesta al dilema progreso o regresión. Y, en consecuencia, que se ponga en suspenso la democracia, por muy justificado que esté el estado de emergencia.


Un desastre sanitario se ha convertido en una ruina económica, y las consecuencias políticas de esta crisis son increíblemente difíciles de predecir. Para no desintegrarnos y autodestruirnos, debemos adoptar políticas de lo común, con el objetivo de acercarnos a lo que aconsejaba Tito Livio: pueblo y gobierno en concordia. Esa es la clave. Las vacunas son una solución, pero aprovechemos para pensar también que hay que evitar los procesos destructivos que abocan a la depresión y a la autodestrucción. Y para eso no hay vacunas.


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