martes, 22 de septiembre de 2020

'Diario de un celador insomne': la lucha contra la pandemia vista por los profesionales modestos no sanitarios

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Todos hemos vivido y seguimos viviendo intensamente la lucha contra la terrible pandemia que ha condicionado nuestra existencia desde hace más de medio año. Y recibimos un bombardeo de noticias que nos hablan de infectados y muertos, pero también de recuperados y de investigaciones y ensayos clínicos en busca de una vacuna. Por lo general, los interlocutores son responsables políticos, autoridades sanitarias o profesionales de la salud, principalmente médicos y personal de enfermería. Pero ¿cómo viven la pandemia los otros profesionales, aquellos que desempeñan funciones modestas, pero sin cuyo concurso sería imposible que los centros sanitarios funcionasen? Por ejemplo, las limpiadoras y los celadores.


Libros Diarios de un celador insomne



Pedro Sáez Serrano es filólogo y en su tiempo libre ejerce como guía de montaña. Pero la pandemia trastocó este perfil profesional y le convirtió en celador de un centro sanitario, oficio que le permitió vivir una experiencia insólita de la que ha querido dejar testimonio en forma de diario. Lo hizo inicialmente utilizando para ello las redes sociales, pero finalmente ha aprovechado tales materiales para reunirlos en el libro “Diario de un celador insomne” (La Vorágine).


Con alusiones a los hospitales rusos en los que pudo trabajar Chéjov que, además de eximio escritor, era médico, Sáez se sumergió en un centro sanitario cuya actividad cambió copernicanamente como consecuencia de la pandemia, habiendo tenido que dedicar al tratamiento de los afectados por el covid-19 todos sus pabellones. Y explica cómo funcionaba aquel hospital, en qué forma se desenvolvían los profesionales que trabajaban en él y cuál era el perfil de los enfermos. Sea porque su función era modesta -aunque desarrolló por necesidad tareas de nivel superior a las que se presumían para un simple celador, como la de dar de comer a algún enfermo-, sea por las circunstancias en que se vio inmerso, en los apuntes que fue tomando el autor hay pocas referencias a los médicos y muchas al personal auxiliar, en particular a las mujeres de profesiones sanitarias o auxiliares, a las que elogia y en la inmensa mayoría de las cuales descubre un trato cariñoso y próximo para con los enfermos (pese a que había algunos difíciles e incluso intratables).


Recuerda la impresión que recibió la primera vez que tuvo que ayudar al traslado de un fallecido, un «exitus» (dice que no entendió el significado de este término, algo que parece poco creíble en un filólogo, aunque no sea clásico) En todo caso “lo mejor es no tener mucho contacto con los pacientes, así duele menos”. Por eso a los «exitus» “los tratamos con respeto, pero también con la mayor distancia emocional”.


Recuerda los trabajoso que era ponerse la vestimenta de protección, los EPI y super EPI -la operativa de estos últimos requería no menos diez minutos para su colocación- y reprocha la escasez de mascarillas y otros materiales. Esta forma de disfrazarse hace que las personas sean a veces punto menos que irreconocibles. “Aquí conoces los ojos de la gente y eso es bueno; y conoces sus voces y sus palabras, y eso es bueno. Pero casi nunca ves los rostros desnudos y, cuando lo haces, resulta imposible transitar desde ciertos ojos y ciertas voces al resto del rostro, como si hubiese una extraña incongruencia entre ellos”.


Recuerda a muchos de sus compañeros y compañeras (por ejemplo, dedica un sentido recuerdo a las coquetas y simpáticas limpiadoras bolivianas) y cita muchos nombres, como el de un tal Mateo, del que dice que era “el héroe que no se consideraba como tal” y, en general, dice que los sanitarios “agradecen los aplausos, pero no porque sean héroes, sino porque son trabajadores al fin reconocidos”.


En las páginas de este diario, escritas a veces desordenadamente a su regreso de interminables y agotadoras jornadas laborales, hay vivencias, sensaciones (como la de la primavera, que emerge en los jardines que rodean el hospital), recuerdos y también anécdotas. Así la del uso de “Fairy” para evitar que las gafas se empañen por el efecto de las mascarillas. Un truco que vale la pena conocer e imitar, habida cuenta del tiempo que vamos a tener que seguir compatibilizando en nuestros rostros ambos adminículos. 

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