Albert Woodfox denuncia en “Celda de aislamiento” el racismo y la corrupción que impera en la justicia de Estados Unidos

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Los medios de información se hacen eco reiterado de los numerosos ejemplos de la violencia policial que se ejerce en Estados Unidos con carácter indubitablemente racista y que afectan de forma principal a los ciudadanos de raza negra. Un inexplicable rezago en pleno siglo XXI de los prejuicios propios del XIX que tiene particular reflejo en los estados meridionales y que constituye una flagrante e inexplicable contradicción en un país que constituye por muchas razones una de las principales democracias del mundo. Pero no sólo existe violencia policial -a veces mortal, como sabemos-, sino que existen otras situaciones degradantes que afectan al funcionamiento del sistema judicial y penitenciario de forma tan grave que bien parece, según el testimonio de Albert Woodfox, que las cárceles y tribunales del Norteamérica se asemejan más a las de cualquier país del tercer mundo que a los de los considerados civilizados.


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Así lo relata en “Celda de aislamiento” (Alianza editorial) este ciudadano de raza negra nacido en el barrio de Temé de Nueva Orleans en una familia desestructurada y que empezó a cometer pequeños delitos siendo un adolescente. “Centré mi atención en la calle -dice- y allí aprendí rápidamente que todo el mundo tenía una elección: ser un conejo o ser un lobo. Yo elegí ser un lobo”. Una serie de detenciones y condenas sucesivas acabaron dando con él en algunas de las peores penitenciarías, entre ellas la conocida con el nombre de Angola que, según recuerda, “se gestionaba igual a una plantación esclavista de antes de la guerra de secesión”.


Woodfox describe las miserias de la vida carcelaria, el maltrato recibido no solo de los funcionarios, sino también de los “freemen”, presos blancos que ejercían de guardias auxiliares, los castigos, la explotación laboral, la pésima alimentación, el aislamiento, la circulación de droga, las violaciones de los reclusos jóvenes, la insuficiencia de atención médica, las humillaciones e insultos, la falta de asistencia jurídica, los testimonios falsos y la eternización de los procedimientos judiciales mientras los inculpados se veían obligados a soportar interminables períodos de prisión preventiva. Para sobrevivir en este ambiente había que ser más fuerte que los demás para hacerse respetar. “Una vez que tienes prestigio tienes que hacer lo que haga falta para conservarlo, haces cosas que no quieres porque eso es lo que se espera de ti… yo sabía que mi supervivencia dependía de mi capacidad de reaccionar violentamente si lo necesitaba”. 


Woodfox resistió y se hizo un hombre fuerte pero no se degradó gracias a su entrada como militante en el movimiento de los Panteras Negras que lucharon por la conquista del respeto debido como ciudadanos a las gentes de color. “Adoraba y admiraba la amistad de mis camaradas. No sabía que pudiera existir tanta lealtad y devoción entre tres hombres (se refiere a sus compañeros de cautiverio King y Herman) Habíamos pasado por tanta brutalidad, por tanto dolor y sufrimiento, que teníamos todo el derecho a estar insensibilizados, amargados y llenos de odio por casi todos y casi todo en la vida. Por el contrario, no permitimos que nos moldeara a su antojo. Nosotros nos definimos a nosotros mismos”.


Acusado injustamente del asesinato del guardia Brent Miller, ocurrido en 1972, hubo de esperar más de cuarenta años para que se sustanciara el juicio, buena parte de los cuales en un severo régimen de aislamiento, cuyos padecimientos describe pormenorizadamente. Al final halla comprensión y justicia en un hombre bueno, el juez Brady, que no solo ordena su puesta en libertad, sino también prohíbe que se le pueda juzgar de nuevo. Una peripecia interminable y trágica que tuvo al menos en este caso un final digamos moderadamente feliz. Como decía Cela, “resistir es vencer”.

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