martes, 1 de diciembre de 2020

Washington y Londres posibilitaron, aún en contra de su voluntad, la supervivencia del régimen de Franco tras la Segunda Guerra Mundial (Collado Seidel)

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Las serias discrepancias entre británicos y norteamericanos en su política en relación con el franquismo durante la segunda guerra mundial fueron la mejor garantía de la continuidad del régimen según se colige del libro “El telegrama que salvó a Franco” (Crítica) del profesor de la Universidad alemana de Marburg, Carlos Collado Seidel, autor de un riguroso estudio sobre las relaciones entre estas dos potencias aliadas y España en el transcurso del conflicto.


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Cuando parece que casi todo ha sido encontrado, estudiado y publicado sobre aquella época turbulenta resulta que todavía quedan documentos inéditos a disposición de los investigadores, como ha sido el caso de los que ha manejado Collado Seidel que tuvo la oportunidad de conocer, entre otros materiales importantes, la correspondencia particular de sir Samuel Hoare, embajador de Gran Bretaña en Madrid en la primera mitad de los años cuarenta, destino al que se le envió como recurso para sacárselo de encima en Londres ya que a lo que había aspirado en realidad el político conservador era a ser virrey de la India.


Collado considera un grave error “la convicción existente, sobre todo en círculos diplomáticos británicos, de que el régimen de Franco compartiría inevitablemente el destino final de las potencias del Eje y eso a pesar de que esta convicción se encontraba en una creciente discrepancia con las observaciones hechas acerca de la progresiva estabilidad del régimen y de la debilidad de la oposición… así fueron víctimas de una imagen preconcebida e incapaces de poner en cuestión el modelo sobre el cual operaban”.


Este desenfoque dio lugar a una política de los respectivos gobiernos aliados que fue además divergente, tanto por lo que respecta a sus organismos centrales, como por parte de sus representantes en Madrid: el citado Hoare y Carlton J. Hayes, embajador de Estados Unidos. “La relación entre ambos estuvo marcada por rivalidades, envidias y rencillas y llegó a quebrantarse por completo y a dificultar seriamente la puesta en práctica de una política anglo-estadounidense concertada”.


Hubo muchos temas conflictivos entre los aliados y el franquismo. Desde aspectos más superficiales, como la desbordante propaganda nazi en la prensa española o la actitud del partido único, a otros mucho más sustanciales, tales el apoyo a los submarinos alemanes en bases españolas, la actividad del consulado alemán en Tánger, la División Azul o la venta de wolframio y otros suministros de valor estratégico al Eje, aspectos todos ellos y sobre todo este último, que fueron contrarrestados por los primeros con el retraso o retención del suministro de materias primas que España necesitaba apremiantemente (sobre todo carburantes, caucho y algodón) Fue precisamente una discusión sobre el monto de la venta de wolframio a Alemania lo que estuvo a punto de provocar una serio diferendo entre Londres y Washington con la redacción de un amenazante telegrama de Churchill que sólo pudo ser evitado gracias a una última cesión en lo que parecía inamovible obstrucción de Estados Unidos. “La diplomacia española había logrado lo que se había propuesto, que era llegar a la firma de un acuerdo consensuado con los aliados y lograr mantener al mismo tiempo las relaciones amistosas con Alemania”.


Por otra parte, Hoare se obsesionó en conspirar contra la continuidad del franquismo tratando de favorecer una salida monárquica, actitud que disgustó a las autoridades españolas y que, en cualquier caso, no tuvo en cuenta las disensiones existentes en el seno de este sector y la falta de decisión de muchos de sus componentes a comprometerse en nada que supusiese una quiebra violenta del propio régimen; Hoare tuyo que ser frenado por el propio Eden, nada condescendiente con el franquismo, por cierto. Hayes, por el contrario, fue mucho más favorable al caudillo, con quien llegó a establecer una relación estable al punto de que, cuando ambos cesaron en sus cargos, el primero se marchó amargado y el segundo, cargado de honores.


Collado Seidel resalta el asombro de ambos diplomáticos cuando, en sus audiencias con Franco (autor de la curiosa teoría de las “tres guerras”), lejos de verle preocupado, le encontraban satisfecho, tranquilo y autocomplaciente, convencido de que ningún peligro le acechaba tras la derrota de Alemania. El autor concluye que “la supervivencia del régimen de Franco al final de la segunda guerra mundial no se debió en ningún momento a sus actuaciones en política exterior sino, a fin de cuentas, a un profundo desacuerdo entre británicos y estadounidenses en la forma de someterlo”. Y añade: “de hecho, Washington y Londres se habían convertido en defensores del régimen aún en contra de su voluntad”.


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