viernes, 4 de diciembre de 2020

“Carrer de Txernòbil”: adiós al teatro (durante quince días), con una premio Nobel que evocó una catástrofe nuclear

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Hay albures imprevisibles. La última función de teatro que vi antes de que se decretase el primer confinamiento general, a mediados de marzo, fue un espectáculo musical protagonizado por Joan Vázquez. Se presentaba en el Espai Brossa. Y en ese mismo espacio escénico he participado de la última función teatral antes del nuevo confinamiento que ha supuesto la segunda clausura de todas las actividades culturales, ahora durante un período inicial de quince días. La función dio comienzo ante la silenciosa presencia de ocho espectadores cuatro horas antes de las cero del día treinta, es decir, con el tiempo suficiente para ver “Carrer de Txernòbil” y regresar a casa dentro de la legalidad. 


Teatro   Carrer de Txernou0300bil



Frente a nosotros, Evelyn Arévalo, sin más aditamentos que una pantalla al fondo de la escena con imágenes de tiempos felices en la colonia de trabajadores de la ciudad ucraniana y una silla en la que permanece sentada durante poco más de una hora, el tiempo que dura el monólogo basado en “La pregària de Txernòbil”, un texto de la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexsievitx, en el que trae a colación el testimonio real de la Ludmila Ignatenko. Ludmila es la viuda de uno de los bomberos que fue requerido para intervenir en el incendio que se había producido en la central nuclear situada en el término municipal citado, un gigantesco centro de producción construido con tecnología obsoleta en tiempos de la Unión Soviética. El accidente, inicialmente silenciado y luego manipulado, fue, con el posterior ocurrido en la localidad japonesa de Fukushima, uno de los más graves habidos en tiempos de paz. Ludmila/Evelyn narra su vivencia de aquella tragedia sentada frente a la ventana de su casa y explica cómo su marido salió por la mañana a cumplir un servicio propio de su profesión para no regresar jamás. 


Dice Joaquim Armengol, que ha dirigido la dramaturgia y puesta en escena del texto, que “Aleksiévitx enfatiza las consecuencias de Txernòbil sobre gente que vive en una nueva realidad que aún no ha sido entendida. Aquellos que vivieron Txernòbil son los supervivientes de la Tercera Guerra Mundial. En este mundo hostil todo parece completamente normal, el mal se esconde tras una nueva máscara, no se puede verlo, sentirlo, tocarlo u olerlo. Cualquier cosa puede matarte - el agua, el suelo, una manzana, la lluvia- nuestro diccionario está desfasado. No hay todavía palabras ni sentimientos para describirlo”. Y es que, en efecto, las consecuencias de aquel desastre llegaron mucho más lejos del lugar en el que ocurrió y afectó a miles de personas, muchas de las cuales murieron.


Con los mimbres que hemos citado es fácil comprender que la versión teatral del texto de Aleksiévitx exige un riguroso trabajo actoral que ha asumido con esfuerzo Evelyn Arévalo. Nunca es fácil interpretar un monólogo, a nuestro modo de ver el género teatral más exigente, pero más aún si la intérprete debe hacerlo sin levantarse de la silla más que ocasionalmente en el transcurso de más de una hora. Para ello es necesario poner en juego los escasos recursos que tiene a su disposición: en primerísimo lugar la voz, que cambia de intensidad y va del simple murmullo hasta el grito indignado y rebelde (a nuestro modo de ver quizá siempre en tono excesivamente bajo al punto de que, como en muchos momentos habla con acusada rapidez, resulta poco inteligible), y las manos. Un reto francamente formidable que, sin embargo, supera satisfactoriamente, aunque insistimos en la conveniencia de que hable un poco más alto, el susurro no tiene por qué resultar inaudible…


Ver “Carrer de Txernòbil” cuando estamos a punto de despeñarnos, ahora ya no una ciudad, ni un país, sino todo un continente e incluso casi todo el planeta, por el precipicio de una pandemia es todo un presagio que esperamos no vaya mucho más allá de esta experiencia teatral.

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