miércoles, 20 de enero de 2021

¿Tienen alma las ruinas?

Miquel Escudero

¿Es posible hablar del encanto deslumbrante de unas ruinas y no ser un idiota o un miserable psicópata? El arquitecto italiano Roberto Peregalli -un hombre con formación filosófica- lo hace y argumenta con emoción y talento sobre el hilo que vincula las ruinas con la fugacidad del tiempo, y con la belleza que perdura en lo que fue.


Ruinas romanas de Baelo Claudia en Bolonia, Tarifa



En su libro ‘Los lugares y el polvo’ (Elba), Peregalli reivindica que “estamos hechos de polvo y saliva. Nada más”. Y habla de las huellas que nos acercan a un mundo perdido, a la humilde vejez de las cosas que sobreviven; visiones que permiten una vivencia personal y nos dejan envueltos de nostalgia.


Se puede hablar de las arrugas del tiempo que evidencia una casa. O del tiempo que nos lleva a aquello que ya no está o que nos hace soñar con lo que todavía debe venir.


Roberto Peregalli despliega una rica intimidad y escribe:


Los niños que corrieron bajo sus pórticos, en el patio, las personas que han hecho el amor escondidas tras un muro para no ser vistas, las disputas, los muertos, todo esto está escrito en esos muros. Y cuando lo miramos, aun sin darnos cuenta, la luz que emana procede de todo esto”.


El valor de la sombra. En un espacio lleno de sombra se revelan de pronto fragmentos de un mundo del que somos espectadores imaginarios o acaso fuimos de algún modo actores.


Toda la historia del arte, dice el arquitecto milanés, está repleta de demoliciones y reconstrucciones. Al igual que el polvo, recalca, la sombra es nuestro fondo oculto. ¿Hay que borrarlo?


En este juego de luces y sombras, “la arquitectura está estrechamente vinculada con la luz de un lugar. Debe obedecerla”. La luz que ya no tiene sombra no puede albergar nuestra casa.


Así, hemos llegado a un mundo en el que ya no podemos sentirnos en casa. Rascacielos y edificios sin memoria que no envejecen ni se relacionan con el tiempo:


Son las huellas de acero, cristal y cemento de un mundo que ha perdido las ganas de existir en paz sobre esta Tierra”.


¿Todo se puede reconstruir, todo se debe reconstruir?


Peregalli destaca que hoy se fabrica con la intención de que las cosas sean efímeras y no tarden en quedar obsoletas. Y de modo precioso apunta:


“Ante la ruina, la gente exclama maravillada y piensa en lo hermoso que sería si fuera restaurada, sin comprender que la belleza de ese lugar se debe precisamente a que está en ruinas. No siempre el pasado resplandeciente constituye su encanto. Hay lugares anónimos que se vuelven luminosos precisamente por su estado de abandono”.


En estas páginas transita asimismo la magia profunda del Templo de la Sagrada Familia, de Gaudí. Afirma Roberto Peregalli que esta magia desaparecerá cuando quede ‘acabado’: “Se convertirá en un objeto gigantesco, completo en todas sus partes, pero sin alma”.


Ahí queda la opinión de alguien que vive entre Milán y Tánger. No trascenderá. En cualquier caso, ¿no les parece que nos arruinamos a base de bien en Catalunya cuando ‘patrióticamente’ se castiga la libre expresión de ideas, interpretadas con una inefable manía persecutoria si no obedecen al dogma nacionalista, siquiera sea guardando silencio o mordiéndose la lengua? Yo creo que tampoco por esto debemos someternos a la inquisición.


Al hilo de George Simmel, Ortega se refirió hace un siglo a la voluntad de vivir y escribió que en las ruinas, quien propiamente vive y pervive es la muerte. Quizá por eso, Julián Marías dijera tras visitar Alemania, acabada la Segunda Guerra Mundial, que era un país con ruinas, pero no en ruinas. La voluntad de revitalizarse y recuperarse para sobrevivir, la que nos urge para impedir hoy que España se cierre y permitir así el flujo continuo y variado de su realidad y belleza.

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