Narrativas tramposas

Lilia Cisneros Luján

El president dels Estats Units, Donald Trump.


Desde Aristóteles, pasando entre otros muchos por Winston Churchill, se ha afirmado que el peor de los gobiernos son las democracias. Narrativas como la del señor, Chávez, Maduro, Evo, Erdogan (Turquía), Berlusconi, Víctor Orlan (Hungría) Trump o Bolsonaro, son las que permiten a los expertos afirmar que, en tales conducciones gubernamentales, no existe el diálogo entre ciudadanos y gobernantes, además de reconocer de manera clara dos grupos, a los que se atiza para que peleen: las elites explotadoras y el pueblo victimizado. La narrativa de los populistas –sean de derecha, izquierda o cualquier otra variable- dañan las instituciones casi siempre difundiendo noticias falaces, con lo cual degradan a la misma democracia que les permitió llegar al sitio que ocupan. El discurso de este tipo de líderes, empieza por hacer poco funcional a la democracia en la cual están insertos, produciendo desastres económicos, sociales, políticos y ruindades morales[1][1] como el justificar candidaturas de delincuentes –que deberían ser juzgados por violación o corrupción- o gobernantes que arruinan la credibilidad en tales procesos y hasta la legitimidad del triunfo de quienes les derrotaron, como en el caso del señor Donald Trump.


Ejemplo en distintas épocas de quienes pervirtieron instituciones democráticas, lo han sido Hitler y Chávez. Después de llegar al poder por métodos democráticos- usaron al pueblo que les eligió y terminaron conduciendo a Alemania y Venezuela, al desastre económico, la marginación del contexto mundial y lo más ruin al genocidio. Este tipo de personajes pseudo demócratas, mienten sin recato, construyen narrativas de complot, maldad de los contrarios y toda una cauda de discurso radicales, que llevan a los menos inteligentes emocionales, a aberraciones como la que recientemente vimos en la capital de los Estados Unidos; pues lo que pasan por alto tales dirigentes es que, si la democracia se relaja, termina pervirtiéndose y en el peor de los casos muriendo.


Destrozar el liberalismo, es factible con la influencia de las redes sociales, que se han constituido en un poder paralelo a los actores de la democracia misma, cuyos términos de funcionamiento casi no son conocidos por “el pueblo” a los cuales todos se adhieren en una sustitución digital de las formas básicas de comunicación de la que gozamos los seres humanos. Los jóvenes pueden engañar a padres y abuelos, adoptando identidades falsas, en Face, Instagram, telegram o WhatsApp sin darse cuenta que esos medios son usados por los defraudadores, asesinos, secuestradores y toda una cola de criminales, que aprovechan esta forma comunicativa donde lo que más valoran es la cantidad de seguidores que tengan, pues la verdadera competencia se gana con la atención y la aprobación de tales entusiastas admiradores[1][2] cuyo lenguaje por cierto suele ser ruidoso y vulgar; casi nunca reflexivo, preciso o matizado. ¿Cuántos políticos conoces que en vez de acatar las reglas y reconocer su derrota en las urnas, llenan su emotividad de rencor para engendrar el odio, fomentar la polarización y justificar su falta de respeto a las instituciones? ¿se podrá cambiar la sentencia de que el presidente 45 ha sido el peor en Norteamérica, en una enseñanza acerca de la importancia de las instituciones? ¿Será verdad que prevalecerá su grotesco legado? ¿Una organización privada como twitter puede aplicar censura? ¿Es censura impedir que se use su propiedad y espacio para delinquir?


Una consultora privada del reino Unido[1][3], ha investigado, que países en el mundo están exentos de polarización política que excluye casi cualquier acuerdo mínimo, entre las partes –usando como regla general la reclamación de fraude electoral frecuentemente sin evidencia, así como una obsesión inhumana de eliminar al rival, ensalzar la intolerancia y reducir el diálogo- lo cual por la incitación a la violencia y el caos dificulta la posibilidad de economías estables y prósperas, llegando a la conclusión de que solo 22 países tienen una democracia plena, 54 son defectuosas, 37 tienen regímenes híbridos –entre democracia y autoritarismo- y 54 más son definitivamente autoritarios; destacando que en México en el 2006, tenía una calificación de 6.67 bajando para el 2019 a 6.09, en tanto que Estados Unidos, apenas fue considerada como una democracia defectuosa con 7.96 Las legislaciones oportunistas o sus normas obtusas para perpetuar en el poder a diversos grupos ¿han limitado la capacidad de los individuos para resolver su propio destino? ¿de que poder gozan los pueblos sometidos al populismo o las democracias defectuosas para defenderse?


Con un poder judicial confinado –dicen algunos que sometido- y con un proceso electoral en medio de la pandemia, los líderes de los diversos partidos, deben estar conscientes del valor de los contrapesos; de ahí la necesidad de impedir que, justo ahora, se concrete la criminal idea de desbaratar a los órganos autónomos. No solo al INE, sino a todos aquellos que nos permiten conocer lo que realmente está haciendo el poder en turno como el INAI, cuyo costo de operación, se ha dicho ya, es menor al apoyo de un campo de béisbol. Evitemos todos, caer en narrativas tramposas, que pretenden apagar las luces de una democracia ya de suyo defectuosa, pero no por ello rescatable. ¿Seremos capaces de poner coto, a la espiral del odio, a la corrupción disfrazada, a la administración incompetente? Piense en todo eso antes de acudir a las urnas.


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