El exilio

Pascual Ortuño
Magistrado de la Audiencia de Barcelona

En el almacén de las palabras olvidadas que el académico francés Érik Orsenna evoca en sus libros hay una sección para las palabras que están en proceso de reparación. Algunas de ellas tienen un significado jurídico originario, pero se han ido apartando por el uso de su sentido primitivo. Por ejemplo, el “destierro”, que fue durante siglos una condena penal clásica, ha desaparecido de los textos jurídicos y se utiliza con frecuencia hoy para expresar el rechazo subjetivo frente a ideas o personas que se consideran nocivas. En su lugar hay otras palabras que expresan la misma idea, pero con distintos matices, como son la “devolución en caliente”, la expulsión o el internamiento en un CIE de los extranjeros que han entrado ilegalmente en un país. El “confinamiento” es otra de esas palabras que se están transformando desde el concepto primitivo de castigo judicial a la reclusión por prescripción médica o por decisión de las autoridades políticas.


Refugiados de Venezuela en Colombia


Personas regugiadas de Venezuela (EP)


Sin embargo, la palabra exilio siempre ha sido polivalente. El diccionario de la RAE la define como la separación de una persona de la tierra en la que vive, pero reviste múltiples modalidades puesto que puede ser voluntario, forzoso, por motivos políticos, religiosos, por la necesidad de protegerse contra la persecución de la justicia, o contra la repulsa social de determinadas conductas.


En España, desde principios del siglo XIX contamos con una larga tradición de exilios de las más diversas formas imaginables. Los políticos liberales se exiliaban cuando sus vidas corrían peligro por los golpes de estado militares, los reyes y clérigos también lo hacían en los periodos revolucionarios. Con Latinoamérica se han hecho muchos viajes de ida i vuelta, y también ha habido muchos argentinos, chilenos, cubanos, uruguayos, etc…, que han imitado estas antiguas costumbres de la “madre patria”. Durante la guerra civil hubo exilios cruzados, según el territorio en el que se viviera después del golpe de estado, pero tal vez el exilio más trágico por su magnitud, crueldad y duración fue el de la guerra civil. Por esa razón, cuando los políticos catalanes del contradictorio pronunciamiento independentista se han refugiado en países extranjeros para escapar de la acción de la justicia española, se han escuchado opiniones que les negaban su condición de exiliados, aun cuando desde el rigor lingüístico también lo son.


Curiosamente no se habla de los muchos exiliados que han venido a nuestro país desde Siria, Marruecos, el Líbano, Filipinas o de algunas repúblicas africanas regidas por dictaduras de sangre. La España democrática se ha ganado a pulso ser considerada una de las naciones menos sensibles a otorgar el asilo político a muchas de las personas que realmente han huido de sus países por la necesidad de salvar su propia vida y la de sus familiares. No se tiene un trato recíproco con países que en otras épocas acogieron a los españoles que lo necesitaron.


Pero, en cuanto a los españoles que hoy habitamos en “nuestra tierra”, el fenómeno que se está percibiendo en los últimos años es la importancia de una acepción de la palabra exilio diferente. Es lo que también el RAE cita como “exilio interior”. La radicalización de la política que en otros países se está dando también entre la llamada, para entendernos, izquierda y derecha, aquí se incrementa con otros factores alienantes como el extremismo religioso, los nacionalismos exacerbados y los regionalismos secesionistas. Según las mayorías relativas de los parlamentos regionales, según el territorio en el que se viva, el ámbito social en el que se desenvuelva la actividad profesional, la confesión religiosa e, incluso, la condición social o económica, hay personas que se encuentran extrañas en su propia tierra. Estos factores propician que se adopte la opción por una reclusión hacia el espacio interior, que se acentúa últimamente por las instrucciones que se dictan desde los poderes públicos para que se viva confinado en los domicilios, con el mínimo contacto con otras personas que no sean del propio círculo de convivencia.


Personalmente he optado por salir a la calle lo imprescindible, pero lo suficiente para observar que se están imponiendo los hábitos de apartarse de la acera cuando vienen de frente personas de otro color de piel, de ojos rasgados, de aspecto desaliñado, o se pasa cerca de las colas que se forman ante los comedores sociales o frente a los bancos de alimentos.


 ¡Menos mal que nos queda la conexión con los medios de comunicación: la televisión, la radio, los periódicos digitales! Pero cuando vas de unos a otros buscando información o debates serenos, y percibes que cada uno de ellos se dedica a hacer alarde de las “banderas victoriosas” que los financian, la única opción que queda es optar por ese exilio interior que se ha vivido por muchas personas en épocas de guerras y convulsiones sociales. Pienso en los grandes maestros de la pintura como Goya, Monet o Gauguin, o en músicos como Beethoven, Chopin o Mahler que vivieron en medio de las guerras europeas de los siglos XIX y XX.


Pero, realmente, esta no es la solución pensando en las generaciones futuras. Hace unos días un político reclamaba en el parlamento que se potenciaran los servicios de atención psicológica a la población. Fue objeto de burlas y risas. Yo me acordé de la época de la transición. Entonces estábamos mucho peor, los estados de excepción y la represión policial eran de verdad, pero no se necesitaban psiquiatras: la diferencia estriba en que entonces se tenía colectivamente la ilusión de construir una sociedad más justa y solidaria, y ahora no se ve ninguna luz que ilumine la salida del túnel.


Siempre nos quedará el exilio, pero la diferencia con los protagonistas de “Casablanca” es que París está cerrado para los turistas.

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