El principio del fin o el fin del principio

Genís Carrasco
Médico y escritor

La pasada semana se eliminaron la mayoría de las medidas anti-Covid como el uso de mascarilla en exteriores o la suspensión del ocio nocturno. De este modo, nuestro país seguía la estela de países como Dinamarca que hace días ya eliminó todas las restricciones al considerar que ahora el riesgo de infección es bajo y que estamos en endemia. Pero el futuro inmediato no está tan claro como quieren hacernos creer los daneses que, de momento, se enfrentan un ascenso continuado de contagios con incidencias a siete días de más de 5.000 infectados por 100.000 habitantes. Por ahora, parece más prudente y sensata la actitud de la consejería del Dr. Argimon de retirar muy lentamente las restricciones que todavía quedan (mascarilla en interiores y en aglomeraciones). Prudencia frente la incertidumbre.


En este entorno, cabe preguntarse si estamos ante el principio del fin o el fin del principio de la pandemia (y la distinción no es baladí). Creo que estamos ante ambas cosas a la vez: el principio del fin sanitario de la pandemia (hacia una endemia estacional) y también el fin del principio de un nuevo tiempo que se caracterizará a largo plazo por las graves consecuencias sociales y económicas de la pandemia.


Archivo - Consumidores de terrazas, bares y cafeterías de Málaga portan sus mascarillas ante la obligatoriedad  por parte de la Junta de Andalucía de ponérselas  mientras no se esté consumiendo. Málaga a 26 de octubre 2020

Un hombre en un bar con una mascarilla /@EP


El principio del fin de la pandemia sanitaria


Por lo que respecta a la salud, las previsiones de futuro son algo más optimistas, aunque con algunas incertidumbres. Pero antes de lanzar las campanas al vuelo hay que rezar para que no aparezcan variantes más contagiosas y letales que el Ómicron. No olvidemos que ya nos hemos equivocado antes. Desde julio de 2020, la pandemia se ha dado por derrotada más de una vez y después hemos tenido que enfrentarnos a seis oleadas. Sin embargo, la alta tasa de vacunación (81,3%) y la menor gravedad clínica de la nueva variante Ómicron sugieren que ésta sí podría ser la desescalada definitiva. Pero no el fin del SARS-CoV-2 que va a seguir viviendo en nosotros.


Los epidemiólogos más optimistas auguran que habrá un período tranquilo antes de que a finales de año vuelva la Covid-19, aunque no necesariamente en forma de oleadas pandémicas sino de brotes endémicos como la gripe. Desde el punto de vista sanitario, podemos estar viviendo el principio del fin de la pandemia que se va a transformar en una endemia como la gripe.


El fin del principio de una nueva realidad social más injusta todavía


Muy distintas son las previsiones sobre las consecuencias socioeconómicas de la pandemia. Son muy malas. Podríamos decir que socialmente se trata del fin del principio de un nuevo tiempo caracterizado por secuelas pandémicas que perdurarán décadas. Porque la Covid-19 es en realidad una sindemia, neologismo acuñado por Merrill Singer, que procede de la suma de los términos “sinergia” y “epidemia“. Es decir, una infección de alcance mundial en la que han impactado tanto la pobreza, la desnutrición y la incultura como el propio virus.


Ésta es una perspectiva más realista. Subraya los factores sociales que favorecen la progresión de la infección como la vulnerabilidad de las personas mayores, de las comunidades étnicas minoritarias, de los pobres, de los parados y de los trabajadores que tienen los salarios más bajos y menor protección social. Una solución puramente biomédica dejando de ayudar a los colectivos y países más pobres fracasará a medio plazo. De nada servirá que los europeos llevemos 3 o 4 dosis de vacuna si en África sólo el 10% de la población ha recibido una dosis.


Una sindemia que ha aumentado las desigualdades


Como decía, las principales amenazas que ensombrecen el futuro global inmediato no son sanitarias sino sociales y económicas. Ver la Covid-19 únicamente como una pandemia sanitaria es una visión miope y estrecha de la realidad.


La realidad es que mientras la enfermedad ha afectado al 10-20% de la población, la situación social surgida nos ha afectado a todos, al 100% de los ciudadanos. Esto con independencia de si hemos estado enfermos de Covid-19 o “enfermos” sin trabajos dignos, con servicios públicos precarios, o con restricción de derechos como el de la vivienda digna o libertades como la de la libre circulación.


La pandemia ha profundizado las desigualdades económicas, sociales y sanitarias hasta límites muy dolorosos. Esto en un país como España que ya era el sexto país más desigual de la UE. Una tendencia que no ha hecho más que empeorar con la pandemia, entre otras cosas, debido al incremento de precio de la electricidad y de la cesta de la compra.


En este sentido, mientras que 23 mil millonarios españoles han visto crecer su riqueza un 29% durante la pandemia, más de un millón de personas han descendido bajo el umbral de la pobreza y en otros 51.000 hogares españoles no entra ningún ingreso económico.


Está visto que en nuestro país cuando las cosas van mal la pobreza y la desigualdad aumentan mucho y cuando las cosas van bien disminuyen muy poco. Llueve sobre mojado: la austeridad durante la anterior crisis supuso un descenso continuado de la inversión en gasto público que hirió de gravedad la Sanidad, la Educación y los Servicios Sociales. Y los políticos no han hecho nada por revertir esta situación.


Si ha habido poco análisis crítico sobre la efectividad de las medidas sanitarias, todavía ha habido menos sobres los efectos económicos y sociales de la pandemia. No es suficiente recibir una lluvia de millones de Europa (en gran parte a devolver) sino que es necesario establecer un plan transparente y consensuado con todos los actores sociales para administrar estos fondos y que sirvan para reducir las desigualdades.


Seguridad y justicia social


La pandemia dejará secuelas que afectarán a la economía, los valores, el sentimiento humano de omnipotencia, la confianza en el sistema político, la solidaridad entre generaciones e incluso que pueden alterar la paz social. Secuelas que no nos dejarán vivir seguros.


La única manera de que un país sea completamente seguro frente a futuras pandemias es que se establezcan programas y políticas para revertir las profundas desigualdades sociales y económicas.


La crisis económica agresiva provocada por la Covid-19 no puede solucionarse con un tratamiento o con una vacuna. Son necesarias políticas sociales que mejoren la educación, el empleo, la vivienda y la alimentación de los más vulnerables.


Todos nosotros debemos trabajar por el futuro porque de todos depende que salgamos de ese mal trago en un mundo más solidario y justo.

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