Contorsionismo chino, neutralidad no imparcial

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

China no ha votado en contra de una condena a la invasión de Ucrania. Tampoco lo ha hecho a favor. Dice el adagio popular que quien calla otorga. Si así fuese, los dirigentes chinos justificarían su pretendida neutralidad. Pero han hablado, y no poco.


El embajador chino en Washington, por ejemplo, ha manifestado que Ucrania es un estado soberano. Son palabras mayores si se considera que la invasión rusa es una acción militar contra la soberanía de un país independiente. Ello soslaya implícitamente la conocida posición de la República Popular de China respecto de Taiwán, como un “asunto interno” chino. El contencioso sobre la isla nada tendría que ver con una entidad soberana, sino con el territorio que, tras 1949, Chang-Kai-shek y sus nacionalistas pasaron a ocupar tras ser derrotados por la fuerzas comunistas de Mao Zedong en la China continental.


Por eso, Xi Jinping y las autoridades chinas en Beijing reiteran una y otra vez que el principio fundamental de su política exterior sigue siendo el de la “sacrosanta soberanía”. ¿También lo es en Ucrania? Al fin y al cabo semejante aseveración quizá sea más profana y no de carácter universal. Así, las autoridades chinas precisan que la invasión rusa de Ucrania no es tal, sino una “operación” respecto a la cual el contorsionismo interesado chino trata de salvar sus ambiciones “operativas” de futuro sobre Taiwán. Al mismo tiempo, pretende asumir un rol de supuesta neutralidad en el conflicto entre el occidente noratlántico y el oriente putinesco. Pero un funambulismo tal en las relaciones internacionales puede conllevar un considerable coste si un inesperado traspiés echa por tierra las ambiciones del superpoder chino.


Quienes no se cohíben en hablar desde que se inició la invasión de Ucrania son Putin y sus  adláteres, entre los que destaca su ministro de asuntos exteriores. Para Sergéi Lavrov, en su reciente encuentro en Huangshan con su homólogo chino, los dos Gobiernos ruso y chino hablan con una sola voz en cuestiones globales y desarrollan una política exterior coordinada. O sea que China reitera su “comprensión” por los motivos de Rusia para “operar en” (léase invadir) Ucrania. Semejante enfoque se corresponde con el mostrado por Rusia ante la gradual e inexorable deglución de Hong-Kong por parte del régimen de Xi Jinping. Poco queda del mantenimiento de un sistema democrático propio, en línea con la idea formulada en 1984 por Deng Xiaoping (“liberal” carnicero de la Plaza de Tiananmén) para la reunificación de China tras la retirada del poder colonial británico (“un país, dos sistemas”).


Según el sociólogo Julio (Rodríguez) Aramberri, la actitud de los comunistas chinos está arropada por sus colegas imperialistas y paneslavistas en Moscú. Las declaraciones conjuntas deben ser interpretadas como muestras de que unos y otros están convencidos de que las disputas ideológicas, económicas y políticas en el seno de los países occidentales democráticos son el signo de una irremisible decadencia que incluso podría acelerarse a voluntad. Para Aramberri el problema de China, como el de todos los regímenes dictatoriales, radica en esa estructura política piramidal donde Xi-Jinping --un fogoso microgestor-- adopta personalmente hasta las más nimias decisiones,  como antaño hacía Mao Zedong.


Y es que la novísima alianza entre Rusia y China puede analizarse como una prolongación de la iniciada por Stalin y Mao Zedong en el turbulento periodo de la guerra civil china, con su correlato en los conflictos de Manchuria y la Segunda Guerra Mundial. Es innegable la fuerte conexión entre ambos países en la historia contemporánea. Al respecto es muy recomendable la lectura del libro de la historia del Partido Comunista Chino en conjunción con las infinitas conspiraciones iniciales de Mao Zedong y la Comintern estalinista: Mao: la historia desconocida, de Jung Chang y Jon Hallyday.


Siguiendo la estela de Mao, y observando el modelo de Putin, Xi Jinping pretende perpetuarse en el poder. Es algo característico de déspotas, autócratas y dictadores. A finales de este año Xi Jinping acudirá al XX Congreso del Partido Comunista Chino quizá pensando en cambiar los estatutos del partido, a fin de abrogar el límite de los mandatos del secretario general a dos quinquenios. Ello le permitiría seguir al frente el PCC y en el poder sine die. Y con ello proseguir con su “ingeniería social cibernética”, con una férrea censura de la libertad de expresión y el control oficial de los medios y las redes sociales.


El encuentro entre los ministros de exteriores ruso y chino se ha producido 48 horas antes de la cumbre virtual entre Beijing y la Unión Europea, una reunión en la que la guerra de Ucrania centrará la atención de los interlocutores. Los países europeos especulan con la posibilidad de que Xi Jinping influya en Putin a fin de preservar una relación comercial favorable (recuérdese que la UE es el segundo socio comercial de China, muy por encima de Rusia). ¿Habrá dejado Bruselas palmariamente claro que cualquier tentación de apoyar por la vía militar o económica a Moscú en esta guerra sería considerada hostil por el Viejo Continente?


La caída del alambre para el avezado funambulista chino podría ser fatal para la suerte futura de una globalización en paz, aunque estuviese regionalmente estructurada como apuntábamos en un anterior artículo utilizando la ficción de George Orwell en su celebre novela, 1984. En los aledaños de la gran disputa desencadenada por la guerra de Ucrania observan expectantes potencias emergentes como India, ya el país más populoso de la Tierra. No sería descabellado vaticinar movimientos geoestratégicos similares a los que alumbraron la Conferencia de Bandung de 1955 y el movimiento de países no alineados. ¿Habrá que alinearse para quienes no quieran hacerlo, o quizá será mejor recrear viejas posiciones de justicia y libertad?

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