Pistoleros en el colegio ¿mejor quedarse en casa?

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

“No gun, no respect”, Grand Canyon, 1991

 

Corresponde la cita reproducida sobre estas líneas a una conversación de la película de Lawrence Kasdan, la cual refleja una extendida filosofía estadounidense de poseer y acaparar armas. Ello incluye a los temibles fusiles de asalto y rifles automáticos (AR-15), como ha sido el caso de la matanza de Uvalde (Texas), a consecuencia de la cual fueron asesinados 19 niños, entre 8 y 11 años y dos profesoras en una escuela de primaria.

 

El autor de la balacera, Salvador Ramos, disparó indiscriminadamente fuera y dentro del recinto educativo. Se sabía que había amenazado a sus compañeros, pero poca atención se prestó a tales advertencias. Ramos había subido en las redes mensajes inquietantes, pero se prefirió mirar hacia otro lado.

 

Como se sabe, en Estados Unidos la Segunda Enmienda a la Constitución de 1787 amparó el derecho de los individuos a tener armas. Fue implementada en 1791 cuando existía en el país norteamericano un extendido resquemor a que las autoridades confiscasen las armas, como lo habían hecho los representantes de la administración colonial británica en el inicio de la Guerra de Independencia.

 

Desde entonces han sido varios los intentos en el Congreso estadounidense por regular la producción, ventas y propiedad de armas, facultad que la propia Segunda Enmienda otorga al gobierno federal estadounidense. En tiempos recientes la poderosa NRA (National Rifle Association) ha neutralizado mediante su activo lobbying cualquier intento de los congresistas para limitar el uso de las armas. La NRA ha seguido creciendo hasta sobrepasar el número de 5 millones de miembros.

 

A los pocos días, esta asociación celebró su convención anual en Houston, ciudad apenas a 400 kilómetros del lugar de la matanza. Se repudió la masacre a la que se calificó como un acto del mal, eximiendo a las armas y su falta de regulación de cualquier responsabilidad.

 

Precisamente es Texas uno de los estados con regulaciones de armas menos restrictivas de EEUU, y en donde se practica la política exhibicionista del open carry, o sea, que las personas mayores de 21 años pueden portar armas por la calle sin mayores prevenciones. Como si estuviésemos en el Wild West glorificado por Hollywood.

 

Han causado un considerable impacto mediático la declaraciones de la leyenda del baloncesto, Steve Kerr, ahora entrenador del equipo de los Golden State Warriors que disputa las finales del campeonato de la NBA estadounidense. En un emotivo arranque de rabia, Kerr, nacido en Beirut y a cuyo padre asesinaron terroristas islamistas en un centro universitario de la ciudad libanesa, denuncio que los senadores republicanos llevan dos años rechazando refrendar una medida ya aprobada en la cámara baja (House of Representatives) y que pretende un mayor control en la adquisición y uso de armas. "Hay una razón por la que no votan: para mantenerse en el poder", destacó Kerr, indignándose por el filibusterismo parlamentario y el apopo de la ideología trumpista contra la ratificación de medidas que frenarían la venta indiscriminada de armamento.

 

Entre los diversos ángulos de análisis e implicaciones de los sucesos del colegio de Uvalde, es oportuno reflexionar sobre algunas medidas extemporáneas que proponen quienes se niegan a reglar la venta de armas. Se trataría de ‘fortificar’ la entrada a los centros educativos con más barreras de sensores anti armamentísticos, además de con mayor número personal de seguridad.

 

En la convención de la NRA, el inefable senador Ted Cruz propuso que las escuelas tuviesen una sola puerta de entrada y salida para los niños. Acto seguido, el propio Trump apoyó la iniciativa y avanzó la idea de que los propios profesores fuesen armados a los colegios. Los datos aportados por Cruz y Trump han sido desmentidos en un artículo del New York Times.

 

Quizá podría argüirse que dado al aumento de las matanzas en los centros educativos, y con la viabilidad de la instrucción telemática que ha hecho posible el seguimiento escolástico desde los hogares durante la pandemia del COVID-19, la ‘nueva normalidad’ podría eximir a los jóvenes de ir al cole. Más allá de las implicaciones que ello conllevaría para la organización de la vida social, cabría reflexionar sobre los efectos comunitarios de una vida escolástica sin contacto presencial con otros alumnos.

 

Debe entenderse, en la línea argumental ya expuesta por el ex Ministro de Educación Manuel Castells, que el aula invertida (flipped classroom) mejorará en gran medida la calidad de la enseñanza. Recuérdese que “flip the class” es una expresión que implica que las lecciones se realicen online de forma remota y que el alumno tenga una tutoría personal para discutir y aprender telemáticamente de forma individualizada. El modelo pedagógico del “aula invertida” permite, en primera instancia, la transferencia del aprendizaje fuera del aula, pero no elimina la conveniencia del tiempo de enseñanza presencial para favorecer el denominado aprendizaje significativo; es decir, la posibilidad de que un estudiante asocie la información nueva con la que ya tiene, a fin de reajustar y mejorar su conocimiento y destrezas cognitivas junto a sus compañeros de clase.

 

En tiempos de aislamiento y distanciamiento social como los que hemos vivido, ha sido evidente constatar que los humanos somos seres sociales con una necesidad indispensable de interacción con otras personas. La escuela, junto al entorno primario del hogar, son las dos principales fuentes de socialización de nuestros niños. ¿Cómo podemos preservar el ágora escolástico sin arriesgar banalmente sus vidas biológicas? ¿Optaremos por sacrificar su vida social en aras de una supervivencia ‘desde fuera hacia dentro’ en las casas?

 

Las ideas de Trump siguen acechando y las elecciones de medio mandato en Estados Unidos están a la vuelta de la esquina. 

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