El círculo vicioso de la industria de la moda: consumir y producir enloquecidamente

Javier Cigüela

Que la ropa que compramos en Occidente la cosen y la tejen personas a lo largo y ancho de la Asia menos desarrollada no es ninguna sorpresa. Tampoco lo es que esas personas, en muchos casos menores de edad, trabajan en condiciones que aquí estarían prohibidas, bien por lo excesivo de los horarios, por las condiciones insalubres, por la falta de derechos laborales, o bien por todas ellas concurriendo simultáneamente. 


Y sin embargo el programa de Salvados de la semana pasada, dedicado a visitar las fábricas camboyanas y entrevistar a trabajadoras y empresarios, no dejó de sorprender a sus espectadores. Esta reacción certifica, en primer lugar, el poder de la imagen y del buen periodismo: ése que es capaz de despertarnos del letargo consumista y ponernos delante la realidad tal como es, sin filtros. Sorpresa y en algún sentido malestar, pues el programa mostraba una realidad, la de que consumimos la ropa que otros hacen en condiciones miserables, que se ha formado con nuestra total participación y entusiasmo (esa imagen de las hordas zombies cuando se inauguran rebajas…). 


Que participemos de ello no quiere decir que nos alegremos de dicha situación. Se trata de algo mucho más complejo, que el filósofo Günther Anders describió como el “desnivel prometeico” de nuestras acciones: el hecho de que con acciones casi insignificantes, a menudo no del todo conscientes, colaboramos con injusticias o desastres de magnitudes inimaginables. Ese desnivel hace que el propio consumidor se libere de responsabilidad: “con que yo deje de comprar ropa no se soluciona nada”. Como también el propio empresario: “el mundo de la moda es así, yo no puedo cambiarlo sino sólo adaptarme”, vino a decir uno de los entrevistados. 


El desnivel también conduce a que las cosas se queden como estén: como el desastre es tan grande y se ha institucionalizado, y casi todos los que contribuyen a él lo hacen de modo casi insignificante, la cuestión es que nadie se ve a sí mismo con capacidad para cambiarlo, pero entonces nadie lo cambia y la injusticia se reproduce.


Pues bien, ese desnivel es pronunciado para el consumidor (aunque no sea excusa), pero no tanto para otros elementos de la ecuación, especialmente las empresas vendedoras (Zara, Mango, Adidas, etc.), que por cierto no quisieron explicarse en el programa, y también los Estados donde esas empresas venden o producen. Para las multinacionales la solución es sencilla, aunque improbable: renunciar a un porcentaje de beneficio, seguramente pequeño atendiendo al global, para elevar el nivel de vida de sus trabajadores. 


En lo que a los Estados respecta, la solución pasa por dejar de pensar un asunto global con el viejo paradigma nacional, porque el problema de que Zara y otras empresas exploten a las empresas productoras y a sus trabajadores no se soluciona trasladando la explotación (de Galicia a Marruecos, y luego a Asia), como si fuera de nuestras fronteras lo injusto se convirtiera en un trabajo digno, sino penalizándola independientemente de quien la sufra.


Javier Cigüela
Profesor de Derecho penal de la Universitat Abat Oliba CEU

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