Depresión endógena

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Depresinendgena


Un amigo psiquiatra opina que la psiquiatría biomédica está empeñada en no querer enterarse de lo que le pasa al paciente.


Tradicionalmente, los psiquiatras que han creído que la biología era la única explicación del malestar psíquico han mandado callar a sus pacientes. Lo hicieron con lobotomías, con shocks de insulina y cardiazol, con electroshocks y, ahora, con psicofármacos. Aunque cada vez más maquillado, el asunto sigue siendo el mismo casi dos siglos después del nacimiento de la psiquiatría médica: acallar a cañonazos la queja que insiste y molesta, la irracionalidad humana en cualquiera de sus infinitas e inaprensibles formas. Pero nunca comprender.


Cuando ninguno de sus experimentos funciona, lo cual es habitual, cuando ninguna combinación de fármacos resulta exitosa, estos psiquiatras, alérgicos a la autocrítica, recurren al mantra "lo suyo es endógeno". Endógeno quiere decir que la supuesta enfermedad, por ejemplo, la depresión se genera en el interior del organismo. La persona no tiene nada que hacer al respecto, es víctima pasiva de una enfermedad genética.


Sin embargo, a diferencia de cualquier enfermedad endógena, no hay ninguna prueba científica sólida del origen genético de la depresión ni de cualquier otro trastorno psíquico. A pesar de ello, los psiquiatras, supuestos científicos, siguen creyendo y actuando en consecuencia caiga quien caiga (menos ellos mismos, claro, que están bien sostenidos por el Big Pharma).


En términos de rigor científico la cosa es de risa, pero los efectos de esa creencia sobre la vida de las personas dan miedo: en virtud de esa sentencia sin pruebas y la consecuente medicalización de por vida, el paciente se convierte en crónico. Afirmaciones psiquiátricas como "depresión endógena" son una aberración lógica, científica y moral.


Los psiquiatras endogénicos no tienen tiempo que perder, ni siquiera en pensar. Por eso nunca le dicen al paciente "cuénteme quién es usted, sin prisas". Si lo hicieran, el paciente se pondría a hablar por los codos y eso no es serio ni científico. Además, cuando uno se pone a hablar ocurren cosas. Y esas cosas, a veces, producen desasosiego en quien escucha y, ay, pueden poner en cuestión sus más férreas creencias.


Por tanto, se trata de no escuchar e ir al grano, de convencer al paciente de que lo suyo es endógeno y se someta para siempre a la farmacología. No hay más que hablar. Si el paciente, en su ignorancia y su desesperación, acepta el trato se hará crónico. Así, psiquiatra y paciente quedarán satisfechos con una situación completamente insatisfactoria desde un punto de vista profesional y humano.


Pero las cosas pueden ser de otro modo. Y lo son para un número cada vez mayor de psiquiatras que consideran los trastornos mentales como el resultado de un conjunto indeterminado de circunstancias biológicas, psicológicas y sociales. Utilizan la medicación sólo como una ayuda puntual, en dosis muy ajustadas, fiando el grueso del asunto a la psicoterapia y otros recursos psicosociales. Clínicos que toman la vía incómoda, críticos consigo mismos y con su disciplina, profesionales que quieren comprender, que empiezan cada caso, cada sesión, desde cero, que escuchan a cada paciente sin prejuicios ni creencias. Que preguntan y se preguntan, que se implican y se comprometen a intentar que sus pacientessean más autónomos yvivan mejor, no peor cada vez.


La diferencia entre unos y otros queda marcada desde el principio: o tratas el caso desde la orilla ("lo suyo es endógeno") o te mojas el culo ("aún no tengo ni idea, cuénteme"). No es una cuestión técnica sino puramente ética.


No tengo motivos para dudar de que la genética debe de tener algo que ver con los trastornos mentales. Lo que sé como clínico es que no puedo hacer nada con un gen, que la medicación consigue poco más que mantener temporalmente a raya a los síntomas y que en la mayoría de casos son más los perjuicios que las ventajas. Sé que un exceso de medicación acaba anulando el deseo de las personas y les impide conducirse en la vida autónomamente. Y sé que hablar, escuchar y comprometerse ayuda al paciente depresivo a reconocerse y a recuperar su deseo de vivir, a volver a coger al toro por los cuernos. Al menos así ha ocurrido con todos los pacientes que han venido con una etiqueta de depresión endógena y se han atrevido a imaginar, por primera vez, que ese cartel podría ser falso.

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