miércoles, 18 de septiembre de 2019

Blancura cegadora

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Bata blanca A Luisa le impacta la blancura impecable de sus batas.


Luisa, médica de familia, recibió ayer una llamada de su prima Nieves que vive en Ámsterdam. El marido de ésta, un hombre joven y sano, sintió súbitamente anoche dificultades para respirar y se ahogaba. Salió a la calle despavorido y se desplomó delante de ella y sus dos hijos. La ambulancia lo recogió en parada cardio-respiratoria. El pronóstico es muy malo.


Luisa se encuentra ya con Nieves en el hospital holandés. Al entrar, llama su atención la belleza del centro y sus magníficas instalaciones, especialmente una preciosa estancia dedicada a los niños enfermos, llena de juegos y atendida por psicólogos y educadores. Todo aquí es bonito, todo parece funcionar bien, piensa.


Nieves está serena pero muy preocupada por la gravedad del estado de su marido. Inevitablemente, se ha puesto en lo peor y piensa, sobre todo, en sus hijos de doce y nueve años. Imagina un triste y difícil futuro inmediato.


Entran en la sala tres médicos. A Luisa le impacta la blancura impecable de sus batas. Se siente un poco mal por haberse fijado en ello, qué frivolidad. Se dirigen a Nieves por turnos bien medidos, con exquisitas formas y manteniendo la justa distancia corporal. Como si siguieran un guión. Le informan de que su marido está en muerte cerebral. Nieves, desconcertada, mira a Luisa y le pregunta ¿qué hago? Uno de los médicos interrumpe amablemente: disculpe, no es su decisión, vamos a desconectarlo. Luisa sabe que, por desgracia, es la mejor opción. No hay nada más que hacer. Los médicos hacen un breve gesto de respeto y se marchan.


Entonces, se presentan los psicólogos con una amplia batería de indicaciones y consejos que algún sabio habrá dejado escrito en el manual del buen despedirse. Los niños son conducidos a la deslumbrante sala de juegos para que se entretengan y desfoguen, para que no piensen. Después, el hijo mayor debe tocar la guitarra mientras que el pequeño entrega a su padre un peluche previamente adquirido en la tienda de regalos del hospital. La madre se limita a seguir unas órdenes que no lo parecen, pues le son susurradas al oído con un dulce tono: ahora aquí, ahora allá, haga esto, haga aquello. Finalmente, el hombre, el marido, el padre, muere.


El tiempo dirá si aquello sirvió a Nieves y a sus hijos para digerir mejor un trago tan amargo. Lo que sé, por lo que me cuenta Luisa, es que ningún profesional, a pesar de su indudable buena intención y formación, se apartó ni un instante del artificioso protocolo. Nadie acompañó a la madre a dar un paseo mientras le transmitían la mala noticia. Nadie la abrazó, ni siquiera la tocó. Nadie preguntó a los niños cómo se sentían y qué querían hacer (o no hacer). Nadie les cogió la mano intentando apaciguar con ese gesto la inmensa angustia.


Ante historias como ésta, no puedo evitar preguntarme si los protocolos, cuando se trata de lidiar con emociones tan dolorosas, están concebidos para proteger a los profesionales antes que a las personas que atienden. En cualquier caso, Luisa tiene la impresión de que aquello no se manejó bien y que se escamoteó el dolor siguiendo estrictamente un ritual efectista y políticamente correcto. Todo fue muy limpio, nadie se manchó. Quizás por eso ella guarda, sobre todo, la imagen cegadora de aquellas relucientes batas blancas.

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