Un satélite de la NASA de 600 kilos caerá sobre la Tierra en las próximas horas
La nave científica Van Allen A, lanzada para estudiar el escudo magnético del planeta, reingresará antes de lo previsto y algunas piezas podrían sobrevivir a la caída
La cuenta atrás ya está en marcha. Una antigua sonda científica de la NASA, con un peso cercano a los 600 kilos, se prepara para volver a la Tierra casi catorce años después de su lanzamiento. Se trata de Van Allen Probe A, un satélite dedicado al estudio del entorno magnético terrestre que está a punto de reentrar en la atmósfera.
Las previsiones de la United States Space Force apuntan a que el reingreso se producirá poco antes de la una de la madrugada del miércoles, aunque existe un margen de error de aproximadamente un día. Durante el descenso, la mayor parte del artefacto se desintegrará por el intenso calor generado por la fricción con la atmósfera, aunque los expertos no descartan que algunos fragmentos logren alcanzar la superficie.
La misión comenzó el 30 de agosto de 2012, cuando la sonda fue lanzada junto a su gemela, Van Allen Probe B. Ambas tenían como objetivo estudiar los llamados Cinturones de Van Allen, gigantescos anillos de partículas cargadas situados a miles de kilómetros de la Tierra que actúan como un escudo natural frente a la radiación cósmica, las tormentas solares y el viento solar.
Aunque la misión estaba prevista inicialmente para dos años, su éxito llevó a prolongarla hasta 2019. Fue entonces cuando las dos sondas agotaron su combustible y dejaron de poder orientarse correctamente hacia el Sol.
Piezas que podrían sobrevivir
Debido a sus dimensiones —comparables a las de un pequeño vehículo— algunos componentes del satélite podrían resistir el proceso de reentrada. Sin embargo, los especialistas insisten en que el riesgo para la población es extremadamente bajo.
Las estimaciones sitúan la probabilidad de que alguien resulte herido en aproximadamente 1 entre 4.200, algo más del 0,02 %. El motivo principal es que cerca del 70 % de la superficie del planeta está cubierta por océanos, por lo que cualquier fragmento superviviente tiene muchas más probabilidades de caer en el mar que en una zona habitada.
El astrofísico José María Madiedo, del Instituto de Astrofísica de Andalucía, señala además que incluso si algunos restos alcanzan el suelo, lo más probable es que sean piezas pequeñas incapaces de provocar daños graves.
Mientras tanto, la NASA y la Fuerza Espacial seguirán monitorizando el descenso del satélite para actualizar las predicciones sobre el momento exacto y la posible zona de caída.
El Sol adelantó su regreso
Lo más sorprendente de esta reentrada es que se produce mucho antes de lo previsto. Cuando la misión terminó en 2019, los cálculos indicaban que la nave no regresaría a la atmósfera terrestre hasta 2034.
Sin embargo, el actual ciclo solar ha sido más intenso de lo esperado. En 2024 los científicos confirmaron que el Sol había alcanzado su máximo de actividad, generando fenómenos de clima espacial especialmente potentes.
Esta actividad solar provoca que la atmósfera terrestre se expanda ligeramente. Como consecuencia, aumenta el rozamiento sobre los objetos en órbita baja, lo que acelera su caída hacia el planeta.
Según los investigadores, este mismo fenómeno podría estar afectando también a otros fragmentos de basura espacial. En cambio, la sonda gemela Van Allen B no se espera que reingrese antes de 2030.
A pesar de que su misión terminó hace años, los datos recopilados por las sondas siguen siendo esenciales para estudiar el clima espacial y comprender cómo la actividad del Sol puede afectar a satélites, astronautas e infraestructuras terrestres como sistemas de navegación, comunicaciones o redes eléctricas.
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