“Els fills”, una reflexión sobre el mundo que legaremos a nuestros hijos
Lucy Kirkwood invita a plantearse el futuro de las nuevas generaciones a la luz de la memoria de los errores cometidos por sus padres.
Parece que fue el accidente ocurrido en la central nuclear japonesa de Fukushima el que inspiró a la dramaturga inglesa a escribir un texto teatral que se estrenó hace ahora diez años y ha tenido un exitosa singladura por diversos escenarios y países. Traducido al catalán por Cristina Genebat, lo ha dirigido David Selvas para su estreno en el teatro Villarroel con el título de “Els fills”.
Ha querido el albur que dicho estreno coincidiese con una norma ejecutiva dictada por el presidente Trump que abroga las limitaciones sobre las acciones responsables del cambio climático impuestas en presidencias anteriores, normas que ha calificado como fruto de leyendas apriorísticas y sin base científica, algo que todo invita a pensar que choca sin lugar a dudas con la realidad. Ante semejante decisión cualquier persona con una cierta sensibilidad habrá estado tentada en pensar sobre las consecuencias que puede tener sobre el inmediato futuro de nuestro planeta, es decir, sobre la herencia medioambiental que vamos a dejar a nuestro hijos.
Ese mismo interrogante es el que se formuló la dramaturga inglesa y que expresó a través de este drama triangular en el que tres personajes se ven abocados a plantearse a sí mismos. En este caso, como consecuencia de la visita de una vieja amiga a la pareja que reside un lugar alejado del mundanal ruido en una vivienda precaria, con la consiguiente evocación de un pasado en el compartieron un incidente nuclear. Aunque la autora ha entreverado el encuentro con numerosos hechos anecdóticos y algunas frases humorísticas, lo cierto es que en el fondo late una tragedia a la que los tres tratan de encontrar una respuesta dentro de una situación de la que ellos mismos fueron víctimas.
Selvas ha apostado fuerte con la incorporación a este montaje de dos grandes actrices, Emma Vilarasau y Mercè Aránega, a las que añade como único referente masculino a Jordi Boixaderas. Innecesario es decir que con estos mimbres es fácil conseguir un excelente resultado. Vilarasau y Arànega son capaces de pasar sin solución de continuidad y con suma facilidad de un tono amigable y superficial a momentos con notable intensidad dramática y se desenvuelven con soltura en el espacio escénico de una sala como la Villarroel en la que han de hacer inteligible su palabra a los espectadores situados en cada uno de sus dos frentes.
Que el tema y/o los intérpretes han despertado expectación lo acredita que un buen número de las funciones programadas aparecen ya con el veterano cartel de “agotadas las localidades”. ¡Qué más se puede pedir!
Escribe tu comentario