“Les dones sàvies”: una sátira de Moliere con óptica del siglo XXI
La crítica que el dramaturgo francés hizo de las “bachilleras” se transforma en una sátira de las tertulias actuales en las que todos sus intervinientes pontifican con cierta frecuencia desde la ignorancia (Goya)
“Mujer que sabe latín no puede tener buen fin” sentenciaba un viejo profesor en tiempos en que el papel de la mujer en la vida social era vicario del hombre, lo que daba por supuesto que su formación intelectual no debía ir más allá de lo indispensable. La copernicana transformación operada no hace tanto tiempo sobre su papel en la sociedad humana ha revelado que aquella tesis era una sandez y en consecuencia toda una numerosa literatura basada en tal presupuesto ha quedado obsoleta. ¿Cómo transformarla de modo que sus valores literarios y dramatúrgicos respondan a lo esquemas mentales y sociales actuales? Muy fácil, cambiando el objetivo de la crítica. De este modo Enric Cambray y Ricard Farré pudieron transformar con suma habilidad una de las obras más conocidas de Molière y hacerla aceptable para el público contemporáneo. Donde el dramaturgo francés apuntaba contra las “bachilleras”, los citados actores dirigieron los dardos contra los tertulianos, un grupo social muy extendido y capaz de pontificar con alguna frecuencia desde la ignorancia. El resultado es “Les dones sàvies”, un juguete cómico que ha tenido afortunado itinerario teatral porque, estrenado hace más de diez años, regresa una y otra vez con gran éxito de público.
Esta nueva, original y desternillante versión de la comedia de Molière es, en realidad, un juego escénico basado ciertamente en la obra del francés, pero reacondicionándola en su totalidad de forma que, además de variar el objetivo de la sátira implícita en el texto, permite su montaje con parvedad de medios, tanto humanos como técnicos y/o escenográficos. La dramaturgia de Lluis Hansen permite montar “Les dones sàvies” con tan solo dos actores que alternan sucesiva y alternativamente hasta ocho papeles diferentes, lo que constituye todo un reto interpretativo, que Cambray Farré bordan con maestría: hablan de una u otra forma, cambian de vestuario -en muchas ocasiones frente al público- en un ejercicio de sorprendente fregolismo-, interaccionan con los espectadores y mantienen un ritmo endiablado cuyo resultado es fruto de un esfuerzo indiscutible, al punto de que casi siempre el gesto es más importante que la palabra. Cuentan para ello con pocos elementos escenográficos, el más importante de todos un sencillo biombo que permite rápidos cambios de ambientación, y poco más.
Todo ello hace de “Les dones sàvies” un espectáculo de fácil montaje que puede ser llevado a cualquier escenario y que, en caso del Goya, que es donde ahora mismo acaba de reponerse, permite su compatibilidad con la función principal del teatro, puesto que la escenografía de la obra principal queda oculta tras un telón corrido y así puede ponerse en pie el juguete cómico con toda facilidad los días en que libran los protagonistas de aquella.
No tengo muy seguro lo que Molière hubiera pensado de esta manipulación del texto que había escrito hace más de dos siglos, pero en cambio sí lo estoy del acierto de semejante “herejía”, porque la función resulta muy divertida. Y, sobre todo y además, muy útil porque pone a la picota al os nuevos “sabios” de hoy. Es decir, a quienes “avui en dia s’omplen la boca d’erudició, de frases vàcues que tot el seu entorn aplaudeix com si fosin cortesans, però que en realitat és més foc d’artifici de lluïment que res més”.
Escribe tu comentario